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“Blusa” de Mario Verdugo y el nosocomio donde vive la episteme CULTURA|OPINIÓN Crédito: Universidad de Chile

“Blusa” de Mario Verdugo y el nosocomio donde vive la episteme

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La muerte de la madre constituye el núcleo biográfico del libro, pero su alcance excede el acontecimiento familiar: la enfermedad y el hospital funcionan como escenarios alegóricos de una sociedad que administra, clasifica y acompaña los cuerpos en su deterioro.


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Es probable que la literatura de nuestro país tenga un espacio de problematización semántica que bien podría denominarse tanática o patológica. Me refiero a libros que exploran el tránsito hacia la muerte, el viaje que implica la agonía o el declive de la carne. Pienso en libros como Diario de muerte, de Enrique Lihn (1989); El arte de morir, de Óscar Hahn (1977); El cumpleaños de mi sombra, de Luis Vulliamy (1988), y Poemas renales, de Jorge Torres (1992). Algo de eso ocurre con Blusa (Overol, 2026) de Mario Verdugo, aunque, en este caso, hablamos de una vuelta de tuerca y de un ensanchamiento de esa tradición. La relevancia literaria de esta propuesta de Verdugo radica, en primer lugar, en su capacidad para dialogar con una tradición chilena de escritura tanática y corporal, pero sin quedar subordinado a ella.

Verdugo introduce una variación decisiva: la muerte no aparece solamente como acontecimiento individual o como experiencia límite del sujeto, sino como un espacio de observación, registro y elaboración de la memoria. El hospital, el cuerpo enfermo y la muerte de la madre configuran así una escena desde la cual el autor interroga no solo la mortalidad, sino también las formas mediante las cuales la literatura puede representar el duelo.

Blusa amplía la literatura de la muerte al desplazar el centro de gravedad desde la experiencia exclusivamente subjetiva hacia una dimensión más amplia, donde se cruzan lo íntimo, lo documental y lo alegórico. El nosocomio puede leerse, entonces, no solo como un espacio concreto asociado a la enfermedad, sino como una metáfora de la condición humana: un lugar de tránsito en el que todos los cuerpos quedan expuestos a su vulnerabilidad y a su eventual desaparición. La «blusa» del título adquiere, bajo esta perspectiva, una potencia simbólica: remite al mundo hospitalario, al cuerpo intervenido, a la institucionalización de la enfermedad, pero también a la materialidad cotidiana que rodea la muerte y el duelo.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es, precisamente, esa tensión entre lo aparentemente cotidiano y la profundidad de la experiencia que registra. Las anotaciones de duelo, escritas entre 2018 y 2019 a raíz de la muerte de la madre, convierten la escritura en una suerte de archivo de la pérdida. La idea de «bitácora» resulta particularmente productiva porque sugiere un registro fragmentario y temporal, una escritura que acompaña el proceso de la muerte sin pretender necesariamente clausurarlo mediante una explicación definitiva. El diario deja de ser únicamente una forma autobiográfica y se convierte en un dispositivo de observación de la fragilidad, capaz de registrar aquello que ocurre en las inmediaciones de la muerte y que muchas veces permanece fuera de la representación literaria.

La dimensión alegórica de Blusa emerge justamente de esta transformación de una experiencia singular en una experiencia que puede ser leída como figura de una condición colectiva. La muerte de la madre constituye el núcleo biográfico del libro, pero su alcance excede el acontecimiento familiar: la enfermedad y el hospital funcionan como escenarios alegóricos de una sociedad que administra, clasifica y acompaña los cuerpos en su deterioro. De este modo, el cuerpo materno puede adquirir una dimensión que va más allá de lo individual y convertirse en una representación de la vulnerabilidad, la dependencia, la pérdida y la imposibilidad de sustraerse al tiempo.

El diario, la poesía, la prosa reflexiva, el documento y la escritura autobiográfica parecen contaminarse mutuamente. Esta indeterminación genérica no constituye solamente un procedimiento formal: es también una manera de representar una experiencia —el duelo— que difícilmente puede ser contenida por una única forma discursiva. La fractura del género reproduce, en cierto modo, la fractura que provoca la muerte en la experiencia del sujeto.

Por ello, la importancia literaria de Blusa (Overol) puede situarse en esa doble operación: recupera una tradición chilena de escritura sobre la muerte y, simultáneamente, la desestabiliza mediante una escritura híbrida, documental y alegórica. Verdugo transforma el duelo por la muerte de la madre en una reflexión sobre el cuerpo, el lenguaje y la memoria, haciendo del hospital no solo un lugar físico, sino una imagen de nuestra condición mortal. Así, el libro adquiere una dimensión que excede lo testimonial: la experiencia privada del duelo se convierte en una alegoría de la fragilidad humana, y la escritura se presenta como uno de los pocos modos posibles de registrar aquello que inevitablemente se pierde.

Estamos ante un libro sorprendente, llevadero y, a la vez, profundo, enraizado en el ejercicio reflexivo: un asalto inusitado a la episteme que recorre la pretérita y remota tradición del diario, una bitácora capaz de documentar las inmediaciones del martirio clínico que nos habita.

Verdugo recurre a una sencilla prenda de vestir para proyectar, en el universo de su tela, un amplio abanico de referencias y cavilaciones, así como los espejismos que generan las ilusiones marchitas. Su amplia red de referencias textuales e intertextuales se forja a partir de neologismos, anotaciones similares a instantáneas fotográficas y relaciones insospechadas, pero fértiles, con la experiencia que conlleva la enfermedad. Puede hablar del día y año en que Prokófiev y Stalin coincidieron en morir —5 de marzo de 1953—, de una película de Woody Allen o de la escena de Deadpool llorando a su amada en el bar de la comadreja.

Una lectura recomendable por el lado que se la mire.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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