CULTURA|OPINIÓN
Crédito: EFE
Patricio Guzmán y su memoria dialógica
Su poética nos hereda dos trilogías formidables en dos espacio tiempo distintos. Los septiembres que le tocó vivir a este cineasta, abrieron y cerraron ciclos de la historia política, social y cultural de Chile en el siglo XX y siglo XXI.
El año 2014 inicié mi investigación posdoctoral sobre la construcción de la imagen de la ciudad latinoamericana en cine (documental y ficción), literatura (poesía y narrativa) y artes visuales (pintura y fotografía) en los últimos 40 años (1973 – 2013), incluyendo el film Nostalgia de la luz de Patricio Guzmán. En este proyecto desarrollé estrategias de vínculo con el medio y presenté en 3 funciones esta película de Guzmán para público general en el Planetario de Cuenca, Ecuador con su autorización. Fue notable la recepción del público y, sobre todo, ver el film proyectado en un planetario.
En el año 2015 escribí un artículo que incluía Nostalgia de la luz de Guzmán, para dar cuenta de su memoria artística, radicada espacialmente por efecto de la mirada de sus personajes en ciudades desérticas, desde una ética de la errancia, evidenciando diferentes niveles de politicidad de esas imágenes captadas.
El documental Nostalgia de la luz de Guzmán produce memorias dialógicas, donde desierto y espacio sideral encuentran en el calcio de las estrellas y de las víctimas de la caravana de la muerte, destino y origen de la vida en voces diversas que empatizan con el sentido de búsqueda en el pasado. La película presenta el hábitat desértico que cobija ciudades superpuestas en las voces y miradas de sus personajes, poniendo luz donde el olvido se vuelve estrategia política.
Guzmán comienza su rodaje en Santiago de Chile, una capital de antaño, la del viejo barrio, tan añoso como el lustroso telescopio alemán que atraía al joven aficionado a la astronomía, y culmina con imágenes nocturnas, con las luces de la cuidad, que de lejos se asemejan a un cosmos oscuro, iluminado por cuerpos celestes. Ese entre paréntesis fílmico tiene por intención contrastar pasado con presente, luz diurna con luz nocturna, situada en el epicentro capitalino donde ocurrió un golpe de Estado que trastocó la vida provinciana de la polis.
En medio de esas dos imágenes, el lente sube hasta el firmamento para luego, desde una toma satelital hacia abajo captar el planeta azul y su única mancha marrón, la zona más árida de la Tierra, el desierto de Atacama. En ese lugar, Guzmán juega su narrativa poética en diálogos cruzados sobre un mismo objeto de estudio -el pasado- un espacio y un tiempo que atrae la mirada y la acción de sus protagonistas. Ahí, la memoria se torna dialógica y empática en sujetos de las más diversas procedencias, pero que conviven sin necesariamente encontrarse frente a la cámara del documentalista.
Nostalgia de la luz se vuelve un film dialógico, no solo entre imágenes ciudadanas que dialogan, entre ellas: Santiago de día – Santiago de noche / Santiago pasado-Santiago presente, así como las ciudades o ciudadelas superpuestas o yuxtapuestas en el desierto de Atacama: campos de concentración y oficinas salitreras fantasmales / ciudadelas de astrónomos, centros de investigación arqueológicos y la vastedad del desierto con transeúntes errantes explorando las entrañas de la sequedad de la tierra. Astrónomos, arqueólogos y víctimas de la represión política ejercen ciudadanía, generando diálogos provocadores y reflexiones más allá del lugar común de sus protagonistas.
La obsesión de Guzmán por la memoria y su afición por la astronomía sacan de sus hábitats confortables e inconfortables a sus entrevistados, para poner en diálogo circulante ciencia y sociedad, astronomía con drama social, arqueología con historia ausente, astronomía con herencia y familia, comunidad científica internacional con sentido de la búsqueda y materialidad local, el origen del universo con el origen de la vida humana. La constante del film de Guzmán es el diálogo, reflexivo y proyectivo.
El documental Nostalgia de la Luz, es la primera parte de una trilogía que se completa y complementa con El botón de Nacar y con La cordillera de los sueños, saltando el lente desde el desierto al océano y del mar a la cordillera. Así, su nostalgia luminosa pone en escena desierto y espacio sideral en el norte de Chile. Entre desierto y espacio se generan diálogos sobre el pasado.
Por una parte, el pasado astronómico sobre el origen del universo y el pasado político de Chile y las víctimas de la represión política producto de la dictadura de Pinochet. Los cuerpos de los detenidos desaparecidos son calcio al igual que las estrellas del firmamento. De esa materialidad están hechas las preguntas que producen diálogos cruzados entre científicos que trabajan en los observatorios astronómicos y las víctimas de la violencia dictatorial en Chile.
La poética de Guzmán pone luz donde el olvido se vuelve estrategia política. Se dedica a filmar en tiempo presente los ecos de una historia que vuelve una y otra vez a rebotar como la luz en los cuerpos, independiente de la generación a la cual pertenezcan sus protagonistas, es decir, lo que queda o se encuadra en el lente de Guzmán es el presente en permanente construcción.
Los protagonistas de Nostalgia de la luz resignifican las ciudades superpuestas en el desierto de Atacama, al ser visitadas por la cámara y revisitadas por testigos que cobran vida en sus propios testimonios presentes como haz de luz milimétrico, fugaz, cobrando derecho de ser ciudadanos en los vestigios de sus hábitats pasados.
Es así como el ejercicio de nueva ciudadanía de los protagonistas del film se manifiesta en un desierto de cuatro ciudades entramadas en tiempo y espacio. Los ex presos políticos de Chacabuco vuelven a mirar hacia arriba, al cielo infinito (lugar de esperanza y libertad) o hacia las paredes en ruinas de un campo de concentración, leyendo de memoria lo que el tiempo borró en la física de su paso.
El mismo ejercicio de nueva ciudadanía realiza el arquitecto memorioso, encarnado en el Miguel Lawner del presente. Son sus dibujos, sus mapas y planos mentales tridimensionales los que le ganan también a la física del tiempo y del espacio para devolverle la memoria política a la ciudad despolitizada del presente. No solo reconstruye la arquitectura del lugar, sino que la voz, estrategias y políticas de sus verdugos.
Las voces y miradas que capta Guzmán son y se sienten acompañadas por objetivos compartidos. Uno principal tiene que ver con el sentido de la búsqueda, que refleja las motivaciones profundas del propio autor y sus obsesiones con el tejido compartido/colectivo de la memoria al nivel incluso del hallazgo, pero también a la luz de los objetivos científicos compartidos entre astrónomos y arqueólogos que indagan en la búsqueda de evidencias explicativas del pasado y sus resonancias.
El nivel de congruencias y conjunciones que alcanza el film al captar a víctimas de la represión, que aprendieron astronomía en un campo de concentración o de hijos e hijas de detenidos desaparecidos que se convirtieron en científicos al servicio de la exploración del universo y abiertos a la memoria y al futuro, proyectando nuevas posibilidades de convivencia, de relación con la memoria constructora de futuro, cuando las luces de una nueva ciudad, de otra ciudad, dan cuenta del silencio de la noche contemplativa de su propio amanecer, donde la luz de la nostalgia nos devuelve al origen de las cosas y al sentido de la búsqueda.
La poética de Patricio Guzmán nos hereda dos trilogías formidables en dos espacio tiempo distintos. Los septiembres que le tocó vivir a este cineasta, abrieron y cerraron ciclos de la historia política, social y cultural de Chile en el siglo XX y siglo XXI. Se despide de esta vida a la mitad de este septiembre en la ciudad luz. Su nostalgia no es tristeza o añoranza, sino sentido de búsqueda desde una mirada dialógica, que nos invita a relacionarlos con la memoria como construcción de futuro.
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