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Beauchef 850: la memoria como forma de resistencia CULTURA|OPINIÓN

Beauchef 850: la memoria como forma de resistencia

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Marcelo Mendoza Prado
Por : Marcelo Mendoza Prado Periodista, editor y escritor
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El libro “Beauchef 850. Movimiento estudiantil de los 80”, de Marcelo Mendoza y Hugo Dimter (Mandrágora Ediciones), se presentará el domingo 11 de octubre, a las 19:00 horas, en la Estación Mapocho, en la Feria Primavera del Libro.


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Lo primero que existió allí fue una cárcel.

Con esa imagen comenzamos este libro. No solo para dar un dato histórico sobre Beauchef 850, la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile, sino también como una metáfora poderosa: durante la dictadura, las universidades fueron convertidas en un espacio cercado. Se persiguieron personas e ideas, se cerraron carreras e institutos, se asesinó y expulsó a estudiantes y académicos, se quemaron libros y se reemplazó el debate y la deliberación razonada por la vigilancia armada. Minerva, la diosa de la inteligencia y la razón –instalada en el vestíbulo de la Escuela de Ingeniería–, también quedó prisionera.

Este libro cuenta cómo empezó a ser liberada, desde los últimos años de los 70 –con actividades de resistencia cultural–hasta fines los 80 –con una ininterrumpida resistencia política–, democratizando carreras y la Federación Estudiantes (en la universidad) y derrotando a la dictadura (en el país).

Estimo que su mayor mérito es rescatar una historia democrática que no nació en los salones del poder ni fue protagonizada solo por las figuras que después ocuparon cargos públicos. La democracia comenzó a recuperarse mucho antes del plebiscito de 1988, en lugares aparentemente modestos: un grupo folclórico, un taller literario, una revista hecha con materiales prestados, una reunión clandestina, un boletín mimeografiado, una asamblea sin permiso convocada bajo amenaza de expulsión.

Antes de que fuera posible decir abiertamente “dictadura”, hubo que aprender a reconocerse. La Agrupación Cultural Universitaria (la ACU) permitió que estudiantes aislados por el miedo volvieran a encontrarse a través de la música (el canto nuevo), el teatro, la poesía y el humor. La cultura no fue un adorno de la resistencia: fue una de sus primeras formas de organización. Cuando la política estaba prohibida, cantar, escribir y reunirse eran ya actos políticos. Poetas como Rodrigo Lira o Armando Rubio, teatristas como el grupo Teniente Bello o el de la Escuela de Medicina, músicos como Santiago del Nuevo Extremo, Ortiga, Abril, Eduardo Peralta o Aquelarre, daban rienda suelta a la creatividad para combatir la represión. “Nunca he sido más libre que ahora”, dijo entonces alguien, en una feroz paradoja.

Después vinieron los Comités de Participación Democrática, la disputa contra la FECECH impuesta por la Rectoría, la recuperación del Centro de Estudiantes de Ingeniería y, finalmente, la reconstrucción de la histórica Federación de Estudiantes: la FECH. El libro muestra que ese proceso no fue espontáneo ni inevitable. Exigió organización, inteligencia, coraje y una disciplina democrática extraordinaria. Hubo padrones, plebiscitos, quórums, acuerdos y elecciones legítimas cuando el país carecía de todos ellos. Todo conquistado a pulso y audacia, con los costos que acarreaba abrir espacios de libertad cuando todo estaba prohibido y se vivía en toque de queda.

Esa es una de las enseñanzas más valiosas de lo que se relata: la democracia se aprendió practicándola en dictadura.

También se aprendió a convivir con diferencias profundas. Democratacristianos, comunistas, socialistas, humanistas, cristianos de izquierda, radicales y, sobre todo, independientes debatieron duramente sobre la violencia, la movilización y las estrategias para terminar con el régimen. No formaban un bloque homogéneo. Sin embargo, consiguieron construir reglas comunes y reconocer que ninguna corriente podía apropiarse por sí sola del movimiento estudiantil. Esa cultura pluralista hizo posible que la FECH renaciera en 1984 con una legitimidad capaz de resistir la persecución de sus dirigentes.

En sus más conmovedoras páginas, el libro devuelve rostro y cuerpo a esa historia. Allí están Patricio Manzano, muerto bajo custodia policial después de los primeros trabajos voluntarios de la FECH en dictadura; los estudiantes golpeados, encarcelados y relegados; los profesores que defendieron a sus alumnos; las revistas precarias; las asambleas multitudinarias; las bombas lacrimógenas cayendo en Beauchef; los detenidos pasando días en una cárcel; las mediaguas construidas después del terremoto de 1985. La democracia deja de ser una palabra abstracta y aparece como lo que realmente fue: una conquista pagada con miedo, dolor, constancia y, en demasiados casos, con la vida.

Esta historia también corrige una versión demasiado cómoda de la Transición. El triunfo del “No” no surgió solo de una eficaz campaña televisiva ni de los acuerdos de las élites. Detrás existía una sociedad que llevaba años reconstruyendo sus organizaciones, donde las revistas opositoras tuvieron un rol central, hasta ahora poco reconocido. Y hubo una dimensión técnica decisiva: el Sistema de Recuento Paralelo diseñado, precisamente, por jóvenes ingenieros egresados de Beauchef. Quienes habían organizado centros de estudiantes y resistido la intervención universitaria utilizaron después sus conocimientos para impedir que la dictadura desconociera el resultado del plebiscito.

Así se completa el arco narrativo del libro: primero Poblete, luego Federici y finalmente Pinochet. No como una secuencia providencial, sino como resultado de años de aprendizaje y lucha colectiva.

Rescatar esta historia resulta especialmente urgente hoy, cuando gobierna José Antonio Kast, formado en el mundo gremialista y representante de una tradición política que reconoce en Jaime Guzmán como una de sus principales referencias. No es irrelevante recordar quién fue Guzmán, el hábil ideólogo del orden institucional construido por la dictadura, mentor del gremialismo universitario y arquitecto político de una democracia “protegida”.

La señal más preocupante apareció este 11 de septiembre: por primera vez desde la recuperación democrática, el gobierno no realizó un acto oficial de conmemoración del golpe de Estado. Como si en Chile nada hubiera pasado, como si esa fecha trágica no fuera el quiebre más grande en nuestra historia republicana. No fue una omisión administrativa. En política, los silencios también gobiernan. Suprimir la conmemoración oficial contribuye a desplazar del centro a las víctimas y a convertir la feroz ruptura democrática en una materia prescindible o sujeta a preferencias partidarias.

Por eso este libro no debe leerse como un álbum nostálgico de una generación, la “de los 80”. Es una intervención en el presente. Frente a los intentos de relativizar el Golpe, normalizar la dictadura o reducirla a sus resultados económicos, sus páginas recuerdan la experiencia concreta del autoritarismo: rectores militares, dirigentes designados, censura, infiltración, expulsiones, tortura, asesinatos y fuerzas policiales entrando armadas a la universidad.

También recuerdan algo que suele olvidarse: la dictadura no solo violó derechos humanos. Buscó transformar la sociedad, disciplinar la universidad y reemplazar al ciudadano por el consumidor, al estudiante por el cliente y al conocimiento público por el servicio transable. La intervención política y la mercantilización de la educación fueron partes de un mismo proyecto, como se relata con la imposición de la LGU, la contrarreforma universitaria, en 1981, y vigente hasta el día de hoy.

La memoria democrática no consiste en obligar a todos a compartir una interpretación partidaria del pasado. Consiste en establecer un suelo común: el Golpe destruyó una democracia; la dictadura ejerció el terrorismo de Estado; sus víctimas merecen verdad, justicia y reparación; y ninguna diferencia política justifica volver a clausurar las instituciones democráticas.

Este libro intenta aportar a ese piso desde una historia localizada, coral y profundamente humana. No idealiza a sus protagonistas. Muestra sus discrepancias, errores, temores y contradicciones. Por eso el relato parece convincente: la democracia no fue recuperada por héroes inmaculados, sino por personas comunes que aprendieron a actuar juntas en circunstancias extraordinarias.

En tiempos de revisionismo y restauración, recordar es poner límites. Es impedir que los victimarios y sus herederos políticos reescriban el pasado como una gesta modernizadora. Es decirles a las nuevas generaciones que las libertades, en este caso universitarias, el derecho a organizarse y la posibilidad de elegir autoridades no cayeron del cielo. Alguien se arriesgó antes para conquistarlas.

La historia de Beauchef 850 demuestra que una universidad no se defiende encerrándose en sus laboratorios ni declarándose neutral frente a la tiranía. Se defiende produciendo conocimiento, formando ciudadanos, protegiendo la diversidad y poniéndose del lado de la dignidad humana cuando ésta es amenazada.

Minerva salió de su cárcel porque hubo estudiantes, académicos y funcionarios que se negaron a aceptar el silencio como destino. Rescatar sus nombres y sus acciones es mucho más que un homenaje. Es una advertencia democrática: aquello que costó tantos años y tantas vidas conquistar también puede perderse cuando una sociedad deja de recordar y de valorar años de lucha por la justicia y libertad. Sobre todo hoy, en momentos en que la ultraderecha, chilena y mundial, actúa irracionalmente con escalofriante impunidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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