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Carlos Rivera: un doble opuesto, entre lo espectral y lo traslúcido CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

Carlos Rivera: un doble opuesto, entre lo espectral y lo traslúcido

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Ricardo Rojas Behm
Por : Ricardo Rojas Behm Escritor y crítico, ha publicado “Análisis preliminar”, “Huevo de medusa”, “Color sanguíneo”, además de estar publicado en diversas antologías en Chile y el extranjero.
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En los últimos años este artista se ha concentrado en investigar seres mágicos: a través de ellos, este artista configura una proyección metafórica, de nuestros miedos, de nuestros deseos, de lo que persiste como un espectro


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“Toda claridad esconde una sombra; todo mirar lleva en sí una ceguera”. Roland Barthes, “La cámara lúcida”, 1980.

Dar por sentado que la expresión artística se corrobora en un quehacer diferente puede parecer una tautología que se explica por si sola, pero no es menos cierto que no basta con la diversificación y uso de los materiales, el concepto, o incluso argüir un argumento que responda a un asidero lo suficientemente lógico que sostenga una obra donde el imaginario se exprese a sus anchas, socorrido por ese inmenso reservorio de información que vamos atesorando, y que en definitiva constituye el “rasgo diferenciador” que identifica a cada creador.

En estricto rigor, toda práctica artística trae implícitamente el ver más allá, y por fortuna existen artistas como Carlos Rivera, chileno nacido en Luxemburgo (1985) que hacen de la (in)visibilidad un recurso perceptible, mediante un “retruécano visual” con el cual, a través de la duplicación o repetición de ciertos componentes residuales que resignifica, desarrolla un correlato que incentiva todo un diálogo de opuestos donde intercala, un mismo objeto o una iteración de objetos con los que recorre aquellos lugares donde habita. Un inagotable peregrinaje con el que entrega protagonismo a dos de sus principales materias primas: Luz y sombra, ambos soportes ineludibles con los que crea un constructo metafórico que no sólo le permite huir de lo convencional, y proyectar una perspectiva estética que por sobre la observación, denota una perenne comunión entre el objeto y un sujeto que va mutando parte su función.

Así sin más, este artista visual forja un universo de claroscuros con los que excede el concepto primario; donde tanto la presencia de la sombra, como la de la luz, se complementan, reconfigurando un juego de contrastes, en el cual no existe una disputa entre ambos, sino todo lo contrario, ya que oscila entre la pequeñez o grandeza de la penumbra y la estridencia o escasez lumínica, conformando un permanente juego de opuesto donde conviven distintos accesorios (infraleves o infraordinarios) que van de lo espectral a lo traslúcido.

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Si bien existe una luz que enceguece y otra que apenas titila. La obra de Carlos Rivera surge de esa diferencia, con una práctica artística situada que, frente a la saturación visual contemporánea, aprende a mirar lo que la mirada habituada deja pasar; ampliando el campo de acción que incluso cada materialidad puede ofrecer, dándole una función mucho más trascendente, por el sólo hecho de convertirse en otra cosa, pero sin dejar de ser lo que es, como sucede con el masking tape, esa cita adhesiva de papel ahuesado, que este artista ilumina por el reverso, sumando varias capas de cinta, y generando distintos niveles de opacidad y volumen. Un accionar que viene proyectando desde el 2010, con imágenes adheridas sobre superficies asistidas por luz, en las que el cuchillo cartonero es otro pincel que recorta figuras y crea escenas que visibilizan diversos relatos asociados a “sombras sociales” que de por sí son desafiantes, y eso que apenas están esbozadas por la luz. Pero, no por eso dejan de estar profundamente enraízas con un contexto social, cultural y geográfico, el que se materializa en objetos recogidos o fragmentos casi invisibles hallados en el espacio urbano de Temuco: ciudad asentada en territorio mapuche, cuyo conflicto histórico sigue latente.

En este ejercicio plástico, donde tanto la aparición como la desaparición se entretejen con una técnica de collage residual en la que la recolección de objetos invisibles, que sólo vemos mediante su sombra, y que constituyen una parte importantísima del “locus imaginarius” de un artista que aspira recuperar lo desaparecido, creando un lugar de transición en cuyo paralelismo confluyen diversos guiños metafóricos en los que como decía David Bowie: “No existe ningún viaje. Estamos aterrizando y despegando al mismo tiempo”.

Ese transcurrir inconsciente de alguna manera nos traslada a ese pasado fantasma, que nos confirma que todo puede volverse visible, hasta lo residual, entendido como la capacidad de percibir hasta lo mínimo, e incluso muchas veces sólo basta una extrañeza sobre el asfalto o una vibración de color para orientar la intuición, o una posible iteración con múltiples objetos translúcidos pegados sobre una superficie de vidrio, para aventurarse en hacer un maridaje entre arte y ciencia, asumiendo que ambas disciplinas también se complementan por el simple hecho de estar presentes en todo. Porque, todos los seres vivos emitimos flujos de fotones; esa luminosidad tenue e imperceptible a nuestros ojos, y que acompaña silenciosamente cada proceso de nuestra vida.

Por eso Carlos Rivera, en los últimos años se ha concentrado en investigar seres mágicos, que según su genealogía entomológica, resplandecen o se desvanecen, como son las Efímeras (Ephemeroptera), que viven por meses invisibles bajo el agua y luego emergen traslúcidas unas horas y desaparecen, o las Luciérnagas (Phanophorus perpicax), que aparecen sólo en la oscuridad, y desaparecen con la luminosidad las apaga.

A través de ellas, este artista configura una proyección metafórica, de nuestros miedos, de nuestros deseos, de lo que persiste como un espectro. Ciertamente, una interpretación que él mismo explica: “Las luciérnagas me señalaron otra dirección, la luz de la oscuridad, lo que destella donde nadie mira, lo que escuchamos en el silencio. Las luciérnagas resplandecieron primero. La indagación llegó después”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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