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“Digger”: una pálida sátira del poder

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Alejandro González Iñárritu regresa con una sátira política ambiciosa en sus pretensiones, aunque más contenida que “Bardo, crónica de unas cuantas verdades”. El resultado es irregular, pero posee una potencia avasalladora y cuenta con un Tom Cruise que demuestra por qué es una superestrella.


El Mostrador Fuente Preferida

El gran cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu tuvo un paso fugaz, pero contundente, por el cine de su país cuando descolocó e impactó con su maravillosa Amores perros, que hasta el día de hoy me parece la mejor película latinoamericana de este siglo. Después llegó a Hollywood con su estupenda 21 gramos, conformando una dupla con el guionista Guillermo Arriaga que terminaría después de Babel debido a conflictos entre ambos. Tras varias nominaciones a los premios Oscar, Iñárritu finalmente ganó mejor película en 2015 por Birdman, una decisión polémica para cierta parte de la crítica.

Ahora llega con una película de dimensiones distintas, que conserva parte de su sello autoral y, sobre todo, esa necesidad constante de llevar su estilo hasta el límite. En una industria que cada vez arriesga menos y donde muchas historias parecen pensadas para complacer al espectador, por suerte existen cineastas como Iñárritu, capaces de escapar de las normas  y utilizar la expresión artística para realizar la película que quieren hacer, no lo que dicta un estudio.

Esta última película del cineasta mexicano es, probablemente, una de las obras más ambiciosas de su carrera. No creo que sea una de sus mejores películas, pero sí una experiencia descomunal e inesperada que merece ser vivida en una sala de cine. Hay pretensión, ganas de contar algo disruptivo y esa pasión por el cine tan propia de Iñárritu, que consigue construir un espectáculo que divide opiniones, pero que difícilmente dejará a alguien indiferente.

Crédito: Cedida

Desde la sátira, la película nos presenta a Digger Rockwell, una referencia indirecta a una especie de Rockefeller, un magnate del petróleo y uno de los hombres más poderosos del mundo. Cuando un enorme iceberg se desprende y comienza a desplazarse directamente hacia Europa, amenazando la vida de millones de personas, Rockwell se embarca en una misión frenética para demostrar que es el salvador de la humanidad, justo antes de que el desastre ecológico que él mismo ha ayudado a desatar termine por destruirlo todo.

La película tiene una clara intención irónica: burlarse del poder militar, político, religioso y empresarial. Cualquier manifestación de poderío en el mundo parece convertirse en blanco de la película. Desde los chistes relacionados con Groenlandia (el iceberg proviene de ese territorio), con claras alusiones a las intenciones coloniales de Donald Trump respecto de la isla, hasta la burla hacia la poca importancia que se le concede a la vida humana frente a las pérdidas económicas provocadas por el desastre. Incluso hay espacio para reírse de algo tan simple como una mesa llena de hombres discutiendo sobre el futuro del mundo sin una sola mujer presente.

Son parte del humor que propone lo nuevo de Iñárritu. Personajes como Elon Musk, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg pueden sentirse representados indirectamente en esta crítica hacia los grandes multimillonarios. Sin embargo, también existe cierto grado de superficialidad: al caricaturizar demasiado, la crítica pierde en algunos momentos parte de su eficacia y termina convirtiéndose en una sátira de la propia sátira. Aun así, Iñárritu tiene suficiente ingenio para resolverlo, y sale bastante bien parado de su farsa.

Los poderosos son capaces de manipular las redes sociales, la opinión pública y el Congreso, y existe un monólogo que me parece espectacular por la profundidad y el contenido crítico que desarrolla. En él, Digger se presenta de manera descarada como el supuesto “salvador de la humanidad”, mientras expone la hipocresía de los líderes y de la sociedad moderna frente a las catástrofes ambientales.

Todo esto ocurre en el contexto de una especie de asamblea de la Unión Europea, lo que refuerza aún más la crítica política y social del discurso. Al mismo tiempo, la película muestra cómo la negligencia puede maquillarse hasta convertir el discurso político en un espectáculo vacío, histriónico, absurdo y completamente desconectado de la realidad.

Iñárritu no busca entregarnos soluciones frente a la crisis climática, ni convertir la película en un panfleto político. Más bien, plantea un escenario en el que solo queda esperar a que ocurra el desastre y confiar en que quienes concentran el poder sean capaces de salvarnos, mientras el resto del mundo observa cómo todo se encamina hacia la extinción. Como alguien dijo, es más fácil imaginar el fin del mundo, que el fin del capitalismo. Y en esta comedia absurda funciona el refrán: hay que reír para no llorar.

Sin embargo, en este intento de satirizar un escenario político grotesco y vulgar, a Iñárritu a veces se le escapan de las manos sus propias pretensiones de artista “inclasificable”, “único” e “inigualable”. Por momentos parece perder el control del universo que él mismo construye, cayendo en lugares comunes, obviedades y cierta tosquedad que puede resultar algo insoportable.

Esto termina afectando buena parte de la trama, porque la película contiene momentos fantásticos e hilarantes, pero también otros en los que sus diferentes tonos no terminan de funcionar. El resultado es una película algo irregular, desmedida y polarizante que, aunque no convence en todas sus partes por igual, merece ser valorada por intentar innovar dentro de una industria que cada vez parece más reacia a correr riesgos.

Uno de los grandes puntos fuertes de la película es su estética. Iñárritu trabajó en sus primeras películas con Rodrigo Prieto en la dirección de fotografía, donde predominaba un grano más sucio, una textura más agresiva y un caos mucho más visceral. En cambio, en sus trabajos junto a Emmanuel Lubezki (Birdman, El renacido y ahora Digger) existe una estilización mucho más evidente.

Hay un trabajo casi poético del espacio, una especie de sensorialidad rigurosa y un uso de la luz mucho más limpio. La estetización de Digger es parte fundamental del notable trabajo de Lubezki en la fotografía y, dentro de esta exageración hiperbólica y dramatización de los acontecimientos, funciona particularmente bien.

Si en Bardo Iñárritu estaba más cercano al universo de Fellini, aquí existen elementos que recuerdan inevitablemente a la obra maestra de Stanley Kubrick, Dr. Strangelove. Ambas comparten un ADN basado en la sátira política y la farsa construida desde el humor negro.

Al igual que Kubrick utilizaba el delirio militar y la amenaza nuclear para exponer la estupidez humana mediante la sátira, la película de Iñárritu aborda el colapso ecológico y la explotación petrolera desde el esperpento y la comedia corrosiva. Ambas presentan a líderes y figuras de poder enfrentándose a amenazas enormes con una irresponsabilidad ridícula. De esta manera, las dos funcionan como una advertencia política, recurren a la farsa porque la propia realidad parece tan irracional que el drama más serio ya no basta para representarla.

Sin embargo, la película de Kubrick tenía muchos más matices y una profundidad política mayor. Dr. Strangelove diseccionaba los engranajes sistémicos del poder global mediante una ironía fría e intelectual, mientras que Digger apuesta principalmente por lo estridente y el exceso visual.

Aunque la comparación con Kubrick se ha mencionado bastante, hay otro cineasta al que me recordó esta película y que no he visto demasiadas comparaciones al respecto: el sueco Roy Andersson. En las películas de Andersson, los personajes suelen presentar rostros pálidos y apagados, rodeados de escenarios con colores desaturados, dominados por grises. Esta estética refuerza una atmósfera de asfixia, melancolía y decadencia existencial. Algo de esa palidez patética está muy presente en Digger, especialmente a través de su paleta cromática grisácea (en algunas escenas) y su particular representación de los personajes.

Y es imposible no hablar de la gran estrella de Hollywood: Tom Cruise.

Aquí la rompe y, personalmente, creo que este es el mejor papel que ha hecho durante este siglo. No considero que sea su mejor actuación, porque para mí su trabajo en Magnolia sigue estando por encima, pero como Digger Rockwell está excéntrico, grandilocuente, teatral y posee una fisicidad absolutamente camaleónica.

Gracias a un excelente trabajo de maquillaje, Cruise experimenta una transformación total. Se ve desaliñado, gordo, arrugado y ridículo, completamente alejado del atleta que no necesita dobles de riesgo en Misión: Imposible. Aquí se distancia de los roles de acción por los que más se le conoce y de esa imagen de superestrella y galán de Hollywood. Digger Rockwell funciona, además, como una especie de espejo deformado del propio Cruise: un personaje con un ego gigantesco, obsesivo y rodeado de elementos que inevitablemente pueden recordar algunos aspectos públicos de la figura de Cruise, incluida su relación con la Cienciología.

Es una interpretación que vuelve a poner su nombre en la conversación de la temporada de premios. Aunque tendrá competencia, con figuras como John Malkovich y Andrew Scott también sonando fuerte, Cruise vuelve a demostrar por qué continúa siendo una de las mayores estrellas de Hollywood.

Digger es, de verdad, una cinta impredecible. Juega entre Bardo y Birdman, pero con un estilo propio, inyectado en esteroides y serotonina. Es una película metanarrativa que no quiere limitarse a ser una sátira convencional. Iñárritu quiere ir más allá y demostrar que puede construir algo mucho más ambicioso. Y se las ingenia, de manera laberíntica, para crear una narrativa capaz de sacarte de las casillas. Es una película en la que resulta muy fácil caer en spoilers, así que mientras menos información se conozca antes de verla, mejor.

A pesar de no haber quedado completamente satisfecho con la propuesta, sí valoro que Iñárritu se haya atrevido a hacer algo diferente, especialmente en un momento en que el cine comercial parece quedarse sin ideas y recurrir constantemente a la nostalgia como si fuera una mina de oro inagotable. Por eso, hay que reconocerle a Iñárritu el mérito de haber apostado por un proyecto mucho más arriesgado y alejado de las fórmulas convencionales que suelen vender en taquilla.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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