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“El poder de la red”: secuela fallida

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El director y guionista Aaron Sorkin decepciona con esta plana y fallida secuela de La red social. Lejos está de alcanzar lo que alguna vez consiguió junto a Fincher. El resultado es una obra muy inferior, incapaz de capturar la complejidad de la original.


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Nunca he considerado a Aaron Sorkin un gran director. Películas como la sobrevalorada El juicio de los 7 de Chicago o Being the Ricardos me parecen ejercicios cinematográficos superficiales, sin una intención demasiado clara, que recurren a fórmulas narrativas convencionales para sostenerse. Son películas que carecen de riesgo y personalidad. El poder de la red no es la excepción: vuelve a utilizar las mismas estructuras clásicas de Hollywood, pero esta vez ni siquiera consigue que funcionen adecuadamente.

En esta ocasión, Sorkin, quien también escribió el guion de La red social de Fincher, apuesta por una aproximación diferente a la era digital, abordándola desde las convenciones del thriller judicial. Mientras la película de Fincher retrataba el nacimiento de una idea revolucionaria y la figura de Mark Zuckemberg, un personaje que transformaría el mundo, esta secuela se concentra en las consecuencias de aquel monstruo que terminó escapando de las manos de sus propios creadores. ¿Cómo un imperio tecnológico llegó a optimizar el conflicto, la desinformación y el deterioro de la salud mental en favor de sus beneficios económicos? Sobre el papel, la premisa resulta interesante.

Sin embargo, Sorkin desarrolla una dirección floja, poco inspirada y extrañamente desinteresada en su propia historia. Su puesta en escena está muy lejos de la precisión, la energía y el dinamismo con que Fincher construía sus relatos. En comparación con la original, esta nueva entrega queda muy por debajo en prácticamente todos los aspectos cinematográficos.

La película cuenta la historia de Frances Haugen, una joven ingeniera de Facebook que se une al periodista Jeff Horwitz para revelar los secretos de la compañía. Juntos investigan y exponen cómo la empresa conocía los efectos negativos de su plataforma en los adolescentes y permitía la propagación de desinformación, cuyos efectos incluso contribuyeron a episodios de violencia política. La historia se inspira en la investigación periodística The Facebook Files, publicada en 2021, y funciona como una continuación temática de la obra de Fincher.

El problema es que la película pretende construir una advertencia política sobre los peligros de las redes sociales y su capacidad para convertirse en fábricas de monstruos ideológicos, pero todo termina siendo demasiado obvio y superficial. Su tibieza narrativa le impide atravesar la conciencia del espectador y conseguir que nos tomemos en serio aquello que intenta denunciar, pese a la contingencia y relevancia del tema. Al final, la película se queda en un amarillismo moralista, como si las redes sociales fueran las principales responsables de todos los pensamientos extremistas que circulan en la sociedad. Es cierto que tienen una responsabilidad importante, pero el problema es mucho más estructural y complejo que eso.

La mirada de Sorkin parece quedarse en la superficie, como si estuviéramos frente a una lectura apresurada de Wikipedia o a un trabajo universitario que resume un problema sin profundizar realmente en él. Todo desemboca en una secuela facilista y simplona, cuya moralina se hace evidente a través de una exposición didáctica torpe, incapaz de transformar sus ideas en una experiencia cinematográfica estimulante.

La cinta se construye sobre una estructura clásica de thriller judicial, con un desarrollo predecible en el que resulta fácil anticipar hacia dónde se dirige la historia. No hay demasiadas sorpresas ni descubrimientos que permitan renovar el interés. Pero el problema no es únicamente su previsibilidad, sino también su incapacidad para ofrecer una lectura novedosa sobre un fenómeno que sigue inquietándonos hasta el día de hoy. En lugar de explorar sus contradicciones con mayor profundidad, Sorkin parece conformarse con reafirmar aquello que ya sabemos.

Por momentos, la película se siente como la obra de un boomer demócrata que, desde una posición ideológica cómoda, pretende impartir lecciones de moral sin atreverse a ir mucho más allá de sus propias convicciones. Todo está diseñado para que el espectador comprenda de inmediato qué debe sentir y qué debe pensar. Desde la escena inicial, en la que una militante de extrema derecha realiza comentarios racistas frente a unos policías, hasta el episodio en una cafetería donde la protagonista escucha a una niña hablar del bullying que sufre por culpa de Instagram, cada situación parece construida para provocar una reacción emocional específica. La sutileza brilla por su ausencia.

Paradójicamente, una película que critica la manipulación algorítmica termina sintiéndose algorítmica en su propia construcción. Todo parece calculado para generar una respuesta determinada, como si cada escena estuviera armada para confirmar una tesis previamente establecida. Los personajes y las situaciones se convierten en instrumentos de un discurso que no confía en la inteligencia del espectador y el resultado termina rozando la pantomima.

El mensaje central gira en torno a las consecuencias éticas, políticas y sociales de la manipulación algorítmica y la falta de rendición de cuentas de las grandes corporaciones tecnológicas. Sorkin cuestiona el diseño de plataformas orientadas a maximizar el tiempo de permanencia de los usuarios mediante algoritmos que priorizan contenidos capaces de generar polarización y desinformación. La película plantea que estas consecuencias no son simples fallas del sistema, sino que responden a una lógica de incentivos económicos. Asimismo, aborda el dilema de defender la libertad de expresión a cualquier costo y cómo, bajo ese argumento, las plataformas pueden facilitar la difusión de discursos de odio y contenidos que contribuyen a la desestabilización democrática, sin asumir plenamente la responsabilidad por sus consecuencias en el mundo real.

Todo este discurso resulta interesante a simple vista. Son cuestiones importantes que merecen ser discutidas y exploradas desde múltiples perspectivas. Sin embargo, una cosa es tener una tesis interesante y otra muy distinta es saber cómo traducirla al lenguaje cinematográfico. Sorkin parece convencido de la importancia de aquello que quiere contar, pero no encuentra una forma convincente de desarrollarlo. Sus ideas terminan expuestas de manera demasiado evidente, sin matices ni una verdadera profundidad dramática. Lo que podría haber sido una reflexión incisiva sobre el poder de las plataformas digitales acaba convertido en un discurso pobre, ingenuo y sin una dirección clara. Una vez más, las buenas intenciones no son suficientes para sostener una película.

Habrá que esperar si es que finalmente se estrena Artificial, la nueva película de Luca Guadagnino basada en la historia de Sam Altman, creador de OpenAI. Al menos por lo que se ha visto en su tráiler y por la recepción crítica que ha generado, parece perfilarse como una posible heredera espiritual de La red social de Fincher.

Porque este espanto de Sorkin deja muchísimo que desear. Una secuela fallida, que desperdicia una premisa interesante para terminar convertida en una experiencia tediosa, incapaz de acercarse siquiera a la grandeza de su antecesora. Comparada con la original, El poder de la red no solo sale perdiendo: evidencia todo aquello que le falta para estar a su altura. Una verdadera fomedad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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