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Nadie está libre: sobrina de Cecilia Morel fue víctima de mobbing laboral

por 28 julio, 2018

Nadie está libre: sobrina de Cecilia Morel fue víctima de mobbing laboral
María Paz Edwards Morel vivió una pesadilla el último año y terminó saliendo de su trabajo y con tratamiento psiquiátrico luego de una traumática experiencia de acoso laboral. Actualmente en nuestro país el mobbing es un tema que está regulado pero que no se toma en serio, pese a que el 80% de trabajadores dice haberlo vivido.
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En noviembre de 2016, María Paz Edwards Morel (34) entró a trabajar a una productora de eventos, recomendada por su hermana a una antigua compañera de universidad.

Era la segunda vez que la contactaban para entrar ahí. La joven, que estudió Producción de Eventos en la Universidad del Pacífico, acumulaba varios años de experiencia en el rubro trabajando en distintas empresas.

El desafío le pareció interesante, porque era la primera vez que le ofrecían un horario fijo y condiciones laborales que le parecían adecuadas. Le dijeron que sería “una productora pulpo”, porque vería tanto cosas administrativas como de la gestión de eventos con los clientes de la empresa.

“Mi jefa me dijo que no necesitaba a alguien para contabilidad, porque para eso ya habían dos personas, pero que tendría que ver cosas de esa área como transferencias, pagos, facturas y cosas de ese tipo”, explica.

Sus funciones comprendían además ir a la notaría para todos los contratos de eventos y clientes, comprar pasajes y “todo lo que se hace en el back office de una empresa”. Y agrega: “Con el tiempo me fueron metiendo más en producción porque se fue dando la necesidad y porque yo lo hacía bien”.

María Paz entonces se movía entre la oficina administrativa, ubicada en Providencia, donde pasaba la mayor parte del tiempo, y la bodega de producción en Huechuraba.

Sin embargo, este “experimento” -como lo define ella misma-, terminó de la peor manera, con crisis de angustia y ansiedad provocadas por el acoso laboral que sufrió tanto de una compañera como de su jefa.

“Dentro del perfil del acosador, además, generalmente hay una figura que tiene poder dentro del ámbito laboral, por eso siente que puede hostigar a la persona que es víctima del acoso”, señala. Y agrega: “En esa posición de poder se empieza a generar todo un boicot al quehacer del otro, con malas evaluaciones y descalificaciones, y al repercutir en la víctima le da argumentos al acosador para reafirmarse. La persona hostigada finalmente termina absolutamente sobrepasada y colapsada y termina renunciando”.

El acoso laboral o mobbing -que proviene del inglés “to mob” (asediar, acosar)- se refiere al hostigamiento que un trabajador puede sufrir debido al comportamiento ya sea de una persona o de un grupo producto en acciones, comentarios o gestos que terminan afectando y deteriorando su clima laboral y menoscabando su integridad personal.

Un problema que crece y que cada vez está más presente en las consultas terapéuticas, como cuenta la sicóloga clínica Lorena del Río. “Se empieza a generar todo un boicot al quehacer del trabajador y empiezan las malas evaluaciones, las descalificaciones frente al grupo de trabajo y finalmente eso repercute tanto en la víctima que termina fuera del lugar”, explica la especialista.

El mobbing está regulado en nuestro país.De acuerdo con lo establecido en el inciso segundo del art. 2º del Código del Trabajo, modificado por la ley Nº 20.607 de agosto del 2012, el acoso laboral “es toda conducta que constituya agresión u hostigamiento reiterados, ejercida por el empleador o por uno o más trabajadores, en contra de otro u otros trabajadores, por cualquier medio, y que tenga como resultado para el o los afectados su menoscabo, maltrato o humillación, o bien que amenace o perjudique su situación laboral o sus oportunidades en el empleo”.

En ese sentido, la norma señala además que el acoso laboral es contrario a la dignidad de la persona.

La Dirección del Trabajo establece además mediante Ord. 3519/034 que el acoso laboral no implica solo la agresión física, sino “las molestias o burlas insistentes en su contra, además de la incitación a hacer algo, siempre que todas dichas conductas se practiquen en forma reiterada, cualquiera sea el medio por el cual se someta a los afectados a tales agresiones u hostigamientos y siempre que de ello resulte mengua o descrédito en su honra o fama, o atenten contra su dignidad, ocasionen malos tratos de palabra u obra, o bien, se traduzcan en una amenaza o perjuicio de la situación laboral u oportunidades de empleo de dichos afectados”.

María Paz vivió un constante hostigamiento en su trabajo, producto de las funciones que le fueron asignadas. “El mundo de la producción de eventos es lidiar con un montón de gente y hay problemas. Yo tengo carácter y a mí se me nota en la cara las cosas o cuando no estoy de acuerdo. Eso te puede generar conflictos, pero nunca de maltrato laboral. Hay mucha competitividad y mucho enfrentamiento, pero no al nivel que yo sufrí”, afirma.

Los problemas para ella comenzaron con una funcionaria del área de contabilidad a mediados del 2017. Aunque en un principio tenía una relación cordial, diferencias en el trabajo comenzaron a distanciarlas.

“Yo estaba en un área que no es mi fuerte y mi jefa lo sabía, porque yo no soy contadora. Entonces yo era distinta a la gente con la que trabajaba, yo era creativa, por lo tanto, era más ‘dispersa’ para ellos”, dice.

“Es verdad que yo acepté en un principio, pero nadie sabía como iba a resultar este experimento de que yo hiciera varias funciones. Había tanta pega y había que tapar tantos hoyos, que de a poco se fueron dando cuenta que la idea no estaba resultando. Incluso después llegó otra persona para ayudar, pero ya era tarde y ya se había producido todo el maltrato”, agrega.

La relación con su compañera se hizo tan insostenible, que en octubre María Paz fue trasladada definitivamente a la oficina de Huechuraba. Esa fue la única solución que le brindó su jefa, quien nunca realizó una investigación seria del tema.

“Mi jefa me decía que por qué me llevaba mal si hasta me cambió de lugar, pero no entendía que yo no necesitaba ver a mi compañera para que pasara algo, porque estábamos siempre en contacto por mail o por teléfono. Ella era muy infantil y escribía cosas para molestarme. Constantemente mandaba mails o hacía comentarios sobre algún error que yo cometía al escribir códigos o rendiciones. Como había tanto trabajo, todos cometíamos errores pequeños que después se corregían al revisarlo, ella también los cometía”, afirma.

“Yo al principio lo dejé pasar para no tener problemas, pero ella empezó a mandar mails informando cada vez que yo y solo yo cometía un error, porque con el resto normalmente era un sol, muy amorosa y dispuesta”, agrega.

Y aunque reconoce que existía una mala relación evidente entre ambas y que las pesadeces iban de un lado a otro, “había un hostigamiento constante con comentarios mal intencionados hacia mí”.

Los conflictos con su compañera terminaron afectándola en su estado de ánimo y en su desempeño laboral. “El impacto en mí fue una irritabilidad que me influía en la pega y me creó una fama de descontrolada. Tenía insomnio, angustia, desesperación, lloraba, me sentía ahogada. Y me produjo obviamente desconcentración y una baja de rendimiento absoluto”, reconoce.

Lo que le pasó a María Paz es usual entre quienes sufren mobbing. “Lamentablemente lo que se genera en las víctimas de acoso laboral es una disminución en la autovaloración en términos a sus mismas competencias laborales, o sea la persona efectivamente se empieza a cuestionar si está haciendo bien su trabajo y también empieza a cuestionarse desde sus características de personalidad y los valores”, explica la sicóloga.

“Eso provoca síntomas súper claros como el estrés laboral, mucha crisis de angustia, de pánico y depresión. Y se genera un círculo bastante malvado porque la persona que sigue dentro de ese contexto laboral, con todo estos síntomas, comienza una desmotivación, la persona ya no quiere ir al trabajo, se produce mucha ansiedad previa o camino al trabajo, entonces eso hace que haya faltas concretas y el acosador laboral se toma de esas faltas para decir, que es un mal trabajador y empieza a jugar en contra de la misma víctima”, añade.

Un problema del que no se habla

El acoso laboral es un problema frecuente, pero del que poco se habla. Un trabajador de Fruna se suicidó en la empresa el 29 de abril de 2017, luego de años de problemas laborales.

En la carta que dejó a su pareja, escribió que se había cansado de una fábrica que no “valoró su trabajo” y responsabilizó directamente a su superior, quien lo habría hostigado y humillado en reiteradas ocasiones, y a un compañero que lo reemplazó tras una licencia médica.

No es el único caso que se ha hecho conocido. Galia Díaz, funcionaria del Consejo Nacional de la Cultura que murió en el accidente aéreo de Juan Fernández, denunció el 26 de julio del 2011 el acoso laboral que vivía en una carta dirigida al subdirector de entonces, Gonzalo Martin.

En la misiva, explicaba cómo una de sus jefas empezó a hostigarla con las funciones que tendría que hacer luego de su pre y postnatal, ya que su reemplazante asumiría definitivamente su cargo, pese al buen desempeño que había mostrado antes. La situación se hizo peor cuando regresó de su derecho maternal, donde se vio expuesta a diversos cambios de opinión sobre las funciones que debía realizar.

“He sido constantemente maltratada desde mi retorno en marzo, y sin conocer causa objetiva, ni argumento de discordia, he sido hostigada y coartada en mis potencialidades y oportunidades, e incluso se ha puesto en duda mi reputación laboral de manera gratuita, en base a lo establecido como mal trato laboral”, señaló en su carta.

Para describir los hechos mencionó “amenazas de quedar sin responsabilidades ni tareas concretas”, recibir “un trato vejatorio y discriminatorio” al decir que su “estado de ánimo estaba afectado por problemas hormonales producto del embarazo y regreso al trabajo”, estigmatización  ante sus compañeros de trabajo por “supuestos problemas de trato y de entorpecimiento de clima laboral”, difamación de su imagen personal, bloqueo de sus “posibilidades de desarrollo profesional”, invasión de su privacidad “provocando depresión, preocupación y tensión”, asignación de siete tipos de funciones distintas que luego se eliminaban, además de invisibilizar su trabajo y restarla de reuniones importantes “sin explicación alguna”.

Lorena del Río explica que “el acoso laboral se da en todo ámbito, privado y público. En el sistema público es un tipo de estrategia al punto que una persona en la máxima desesperación por el hostigamiento, desista y termine renunciando, porque en nuestro país es muy difícil que te saquen del área pública, sobre todo si puedes demostrar que cumpliste con lo que se te pidió en relación al trabajo”, sostiene.

Distintas son las razones en el sector privado. “Está pasando muchísimo en esa área y ahí se da más por el ‘celo profesional’, porque el acosador busca opacar las competencias de la víctima, por lo que empieza a generar un montón de acciones para ocultar así las debilidades propias”, asegura.

“Dentro del perfil del acosador, además, generalmente hay una figura que tiene poder dentro del ámbito laboral, por eso siente que puede hostigar a la persona que es víctima del acoso”, señala. Y agrega: “En esa posición de poder se empieza a generar todo un boicot al quehacer del otro, con malas evaluaciones y descalificaciones, y al repercutir en la víctima le da argumentos al acosador para reafirmarse. La persona hostigada finalmente termina absolutamente sobrepasada y colapsada y termina renunciando”.

Según un estudio de la Universidad de Guadalajara, Chile es el segundo país con más mobbing en Latinoamérica, superado solo por Costa Rica. El trabajo se realizó entre 2013 y 2014 y consideró una encuesta que se aplicó en tres regiones -con técnicas cualitativas y cuantitativas- a 577 trabajadores de empresas socias de la Asociación Chilena de Seguridad, pertenecientes a los sectores del comercio, la salud y la educación.

Otra investigación realizada en 2016 por la Universidad Diego Portales, el Ministerio de Salud y la Asociación Chilena de Seguridad, evidenció que cerca del 80% de los trabajadores han sufrido un alto nivel de violencia laboral, aunque no físico.

Si bien el procedimiento a seguir en caso de mobbing está regulado, el principal problema es acreditar los hechos y conductas que constituyen el acoso, ya que suele ocurrir sin testigos o bajo apariencia de normailidad.

Hay tribunales que han otorgado validez al registro de conversaciones o audios de mensajería instantánea, principalmente whatsapp, siempre y cuando dichas pruebas sean utilizadas únicamente por el trabajador acosado para defenderse en un procedimiento judicial.

Ante problemas de acoso laboral, el trabajador puede presentar un reclamo por escrito a la dirección de la empresa en la que trabaja o directamente a la Inspección de Trabajo para que se inicie una investigación de forma directa y personal de los hechos denunciados mediante la visita de un inspector.

El empleador puede poner fin al contrato de trabajo de un trabajador que realiza hostigamiento recurrente a otro, sin derecho a indemnización e invocando la causal por conductas de mobbing.

Cuando es el empleador quien comete el acoso, el trabajador afectado puede poner término al contrato mediante un autodespido exigiendo indemnización por término de contrato (Art. 171 del Código del Trabajo) y por no cumplir sus términos debido a los abusos.

Respecto al acoso laboral, se sugiere explicitar en el Reglamento Interno de Orden, Higiene y Seguridad de la empresa cuál es el procedimiento a seguir y las sanciones a aplicar.

El empleador tiene la obligación de investigar ante una denuncia, así como debe aplicar medidas de resguardo para la acosada o acosado y sanciones para el acosador o acosadora, ya que el acoso laboral es un problema que afecta a la dignidad de los trabajadores, perjudicando el clima laboral de la organización o empresa.

Problemas de poder

El problema de María Paz fue empeorando cuando a los problemas con su compañera se sumó el deterioro de la relación con su empleadora.

“Mi jefa no manejó bien la situación, porque se dejó llevar por el tema de los números. Lo único que le dijo a mi compañera es que no fuera tan cuadrada, porque en las productoras de eventos el tema financiero nunca va a ser cuadrado”, afirma.

“Tampoco entendía cuando yo le decía que me estaban hostigando y humillando. Para ella, yo era una exagerada, porque era solo un tema de roces y de llevarse mal, y que a una le caía más mal que a la otra, y que a una le daba pena y a la otra no”, agrega.

Mientras María Paz trabajaba, hubo más gente que tuvo problemas y que incluso renunció por la actitud de su compañera. “Teníamos tanta pega que contrataron a una asistente de contabilidad para que yo pudiera concentrarme en una sola cosa y no en todo. Pero desde el principio yo supe que esa niña se iba a ir porque no iba a aguantar, porque estaba a cargo de esta contadora. Y si bien no la trataba como a mí, siempre salía con la misma tónica y creyéndose muy superior, que era la mejor y que nunca cometía errores. Hasta que un día la niña nueva pescó sus cosas y le dijo que estaba aburrida de ella y se fue”, sostiene.

Pese a dejar el trabajo en forma abrupta, en la oficina le bajaron el perfil a la situación y responsabilizaron a la joven renunciada por “no aguantar la presión”.

“Después de que se fue yo le hablé para saber cómo estaba y por qué se había ido de un momento a otro y me dijo que nadie en un trabajo se va porque sí, sobre todo si necesita la plata, pero que nadie puede aguantar a alguien como mi compañera”, agrega.

A pesar de los conflictos, la relación entre su compañera y su jefa se afiataba, por lo que a María Paz se le hacía cada vez más insostenible seguir trabajando ahí.

“Yo llegaba a la bodega llorando y todos me veían mal. Siempre me preguntaban qué me había pasado, porque entre mi jefa y mi compañera me tenían colapsada. Y me decían: ‘Qué esperas si son iguales’. Por eso yo nunca me pude complementar ahí porque yo no trabajo como ellas, yo no soy así”, asegura.

María Paz fue poniéndose cada vez más insegura en su trabajo. “Mi jefa me decía que teníamos capacidades distintas, que ella trabajaba para tres empresas y qué y que yo no podía hacer nada. Y yo sé que tengo otras capacidades y buenas, pero lo decía para tirarme para abajo”, sostiene.

Pese a hablar varias veces sobre lo que estaba viviendo con su empleadora, nunca recibió apoyo y poco a poco la joven se vio atrapada. “Pensé que no tenía salida, porque para mí renunciar significaba no tener sueldo y tener que volver a la casa a mis papás y eso no era algo que yo quería hacer”, explica.

La irritabilidad y sobre carga laboral que la estaban afectando sirvió de excusa además para responsabilizarla.

“Mi jefa se excusaba en que había personas que se quejaban de mí, pero era de cuando ella me mandaba al choque en la bodega. Yo tuve problemas puntuales con algunas personas, algo que a todo nos pasa en el trabajo o en la familia y que uno puede discutir y seguir hablando después. A mí me obligaban desde arriba, por ejemplo, a decir que si no entregaba las rendiciones le iban a descontar el sueldo, entonces eso generaba que yo me peleara con mis compañeros, pero después seguíamos hablando y seguíamos una relación de trabajo normal”, cuenta.

“Yo también discutí con otras personas e incluso quedé llorando, pero no es lo mismo, no lo considero eso como acoso laboral. Sí considero que mi jefa tuvo un trato malo conmigo y yo sé que gran parte tiene que ver con este experimento que hizo conmigo y que nunca pudo resultar bien. Su trato fue muy dañino para mí, pero por sobre todo fue avalar el maltrato que recibía de mi compañera. Cuando ya empecé a bajar mi rendimiento por lo que estaba viviendo, mi jefa me trataba más mal y me preguntaba que qué hacía todo el día. Yo ya no tenía respuestas e incluso me cuestionaba a mí misma con que a lo mejor no hacía nada bien”, afirma.

En marzo de este año la situación colapsó. María Paz lloraba todo el tiempo y su siquiatra le dio unos días de licencia. “Yo estaba muy desesperada por que no sabía qué iba a hacer sin el trabajo, pero también sabía que no podía seguir”, sostiene.

Cuando le iban a extender la licencia, se reunió con su jefa para volver a plantearle lo que estaba viviendo. Finalmente la despidieron luego de tildarla de “problemática” y de cuestionar su rendimiento.

“Cuando yo le dije que iba a ir a la Inspección del Trabajo se asustó mucho. Al final, no los demandé, aunque ganas no me faltaron, pero necesitaba mi finiquito en ese momento”, explica.

Además, se contactó con la Red de Apoyo Galia Díaz Riffo, Ong formada por un grupo de profesionales del ámbito social, psicológico, jurídico y prevención de riesgos laborales que desde el 2011 están trabajando en el tema del acoso laboral en nuestro país. Su nombre está inspirado justamente en la trabajadora que murió en el accidente de Juan Fernández tras denunciar mobbing.

“Encontrar respaldo en otro lado es una luz de esperanza. Yo sabía lo que estaba viviendo antes de irme del trabajo y empecé a entender por qué me había pasado. He conocido casos de personas que le ha pasado esto por 15 años, personas a las que le ha dado fibromialgia u otras enfermedades y gente que lo está viviendo en este momento pero que necesita el trabajo para mantener a sus hijos y por eso se queda callada”, dice María Paz.

Desde la Ong, explican que en nuestro país faltan recursos para hacer estudios concretos sobre cuántas personas están siendo víctimas de acoso laboral, además de planes de prevención.

“En el tema de los estudios sobre el acoso y en general violencias y problemas de tipo laborales, no existe ningún tipo de financiamiento, por lo tanto, lo poco o nada que se ha hecho son muestras pequeñísimas para gente que ha podido financiar, por lo tanto, tienen muy poca relevancia en términos de saber más del tema”, dice María Cristina Díaz, directora de la institución.

Incluso, a través de gobierno transparente solicitaron información a diez instituciones para saber la tasa de denuncias y de datos que existía respecto al tema. Solo encontraron un porcentaje del 1% de denuncias.

“Nosotros sabemos que cuando hay pocas denuncias, no es porque no exista el tema del acoso laboral, sino que precisamente la gente tiene tanto miedo de denunciar que en el caso de los empleados públicos, cuando reclaman, hay que hacer una investigación sumaria y aproximadamente un 70% no encuentra el acoso. Entonces, la verdad es que estamos absolutamente atados de manos porque no hay ninguna línea de financiamiento que pueda dar recursos para este tipo de cosas”, explica Díaz.

“Incluso de la Dirección del Trabajo hay algunos datos, pero tampoco son muy exactos ni nada, porque como el acoso está dentro de lo que son los derechos y la tutela, no tienen datos tan exactos y diferenciados de los otros problemas laborales que pueda tener la gente”, afirma.

La mitad de los reclamos también son descartados porque no cumplen con los requisitos que establece la ley o por falta de pruebas.

“El tema del acoso es mucho más difícil de probar y, en ese caso, si se gana una demanda puede significar una indemnización por daño moral o daño físico o a la salud que le puede provocar a las personas y que depende de lo que diga el juez, del sueldo que tenía la persona, pero la verdad es que los empleadores y los acosadores no tienen mayor castigo. Estamos bien en pañales”, finaliza.

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