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¿Es válido que Roberto Izikson de Cadem ayude al Gobierno a desplegar su agenda?

por 11 febrero, 2019

¿Es válido que Roberto Izikson de Cadem ayude al Gobierno a desplegar su agenda?
¿Es legítimo que Cadem, a través de Izikson, sea uno de los brazos más importante del despliegue de la estrategia comunicacional de La Moneda? Una primera respuesta sería sí. Es decir, un Gobierno puede usar todos los recursos para cumplir con sus objetivos y justificarlo como una simple compra de servicios. Pero por supuesto que éticamente es cuestionable, especialmente en esta época de transparencia que no perdona a nadie y, menos aún, las prácticas que dejan un manto de dudas respecto del uso de información para construir realidades.
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Hace poco más de un año, dos de las principales empresas de estudios de opinión pública anunciaban su retiro de los sondeos políticos hasta nuevo aviso. ¿La razón? Las fuertes críticas recibidas por sus erróneas predicciones para las elecciones presidenciales de noviembre de 2017.

Recordemos. La encuesta CEP proyectó un 44% para Sebastián Piñera, 20% para Guillier y un 8.5% para Beatriz Sánchez. Por su parte, el sondeo de Adimark, a dos semanas de la primera vuelta, pronosticaba un 33% para el actual Mandatario, 16% para el senador y 11% para Sánchez. Pero Cadem se mandaba un verdadero “piscinazo”: Piñera 45%, Guillier 23% y Bea Sánchez 14%. Un desastre total para las encuestadoras tradicionales. Lejos, muy lejos, de lo que ocurrió en la realidad: Sebastián Piñera 36.8%; 22,6% del abanderado de Fuerza de Mayoría; y 20% de la líder del Frente Amplio. ¿El más certero? Criteria: 39%, 24% y 15%, respectivamente.

Luego del bochorno, tanto Cadem como Adimark anunciaban un tiempo de reflexión para analizar sus metodologías. Y desaparecieron silenciosamente, de la misma forma en que, sin previo aviso, volvieron a mostrarnos sus cifras, datos y gráficos. Ningún mea culpa. Ninguna pista del proceso de autocrítica realizado en el corto verano en que estuvieron ausentes. El regreso coincidió con el inicio del mandato del Presidente Piñera y, por supuesto, lo hacían para evaluar la percepción sobre el Gobierno recién instalado.

No cabe duda que somos un país con una pésima memoria, incluso la de corto plazo. ¿Cómo es posible que quienes se equivocaran rotundamente volvieran a decirnos cómo les está yendo al Presidente Piñera y su Gobierno como si no hubieran dañado su credibilidad? La respuesta tiene más de una explicación.

Los chilenos tenemos una curiosa manía de compararnos en todo. Miren lo que ocurre con algunos medios que además nos refuerzan el rasgo obsesivo. Sin ir más lejos, el diario La Tercera incluye, al menos una vez a la semana, un ranking en que nos medimos con los otros países miembros de la OCDE, ese club de países ricos en que Chile participa. Para nuestra desgracia, solemos estar en los últimos tres lugares de todas las variables que se evalúan. Pero da lo mismo que estemos en el fondo de la tabla, lo importante parece ser medirnos.

También es cierto que las encuestas les sirven a un Gobierno, empresa o institución para calibrar sus acciones o proyectos en función de la percepción pública que despiertan dichas iniciativas. Pero el área más gris está referida al impacto político que tiene una encuesta de carácter semanal. Cadem lo que ha hecho es constituirse en noticia en sí, crear opinión, instalar temas de la agenda y sustentarlo en un relato.

Lo que sí está claro es que, cuando una encuesta no tiene competencia, es muy cercana a La Moneda y es difundida por casi todos los medios los lunes a primera hora, pasa a tomar un protagonismo peligroso: el de la creación de realidades y conducción de la agenda temática de la semana. Y, paradójicamente, es la empresa que resultó ser la más cuestionada de todas y la que presenta mayores debilidades metodológicas, partiendo por el hecho de que utilizan una muestra telefónica de números fijos y portátiles –responde el que quiere, por tanto, no es ni aleatoria, ni probabilística, ni menos representativa–.

Y, claro, cuando quedas como único punto de referencia, es inevitable que todos –me incluyo– terminemos utilizando sus números como fuente. Después de todo, “es lo que hay”. Si bien es cierto también están las encuestas mensuales –metodológicamente más sólidas–, en particular Adimark, aunque aún esperamos sus descargos del bochorno 2017, y Criteria –un aire nuevo en el sector–, el hecho es que Cadem tomó un protagonismo mediático insospechado.

Pero además de las críticas metodológicas hacia Cadem –comentadas con dureza en la industria–, su alta facturación a la Segegob, los lazos políticos de Roberto Izikson, así como su rol en el primer Gobierno del Presidente Piñera, han sembrado muchas dudas acerca de los objetivos que la encuesta semanal, Plaza Pública, cumple en función de la estrategia política y comunicacional de La Moneda. Es cosa de ver las preguntas “coyunturales” que incorpora y sus resultados, para dejar clara esta situación.

Por ejemplo, para Cadem, la migración y el caso de Venezuela parecieron ser los únicos temas en que los chilenos podían tener opinión durante largos meses. Luego incluirían a Admisión Justa. Curiosamente, los ejes de la estrategia comunicacional de La Moneda. Nada o muy poco de La Araucanía, desempleo, delincuencia, cambio de ministros, nepotismo y otros temas cotidianos.

Y por supuesto que es gravitante que Roberto Izikson sea el responsable de este sondeo semanal.

El cientista político, que dirigió el área de estudios de Adimark, llegó incluso a ser parte del grupo selecto al que Sebastián Piñera, en su primer mandato, escuchaba con atención. Eso le facilitó no solo emigrar al área de estudio de La Moneda, sino también mantener esa posición de privilegio frente a un Presidente que suele escuchar poco y a pocos.

Izikson se ha ido convirtiendo en un referente de los sondeos de opinión para la derecha. Sin tener la capacidad de análisis e interpretación de Roberto Méndez –el gurú de ese sector hasta hace poco–, tiene un manejo de su imagen bastante agresivo. Panelista en casi todos los medios más tradicionales y conservadores, suele polemizar con cierta vehemencia y sus proyecciones son evidentemente sesgadas, en contraste con un Méndez que, siendo un hombre declaradamente de derecha, mantenía un grado importante de equilibrio a la hora de sus interpretaciones, las cuales muchas veces molestaron a su sector.

Izikson es, por sobre todo, un personaje ambicioso. Incluso ha llegado a decir que le gustaría llegar a ser “el más influyente en los estudios de opinión pública de los próximos 25 años”, tal cual, con toda humildad. Y, por lo mismo, es muy posible que haya convencido al Gobierno de que con su encuesta no solo le entregaría información para ayudar en la toma de decisiones, sino que podría ir más allá y colaborar con la estrategia de comunicaciones gubernamental.

Pero hay elemento que, al parecer, La Moneda no ha ponderado adecuadamente como un riesgo en estos tiempos de transparencia: la relación de Izikson con Cadem. De hecho, cuando trabajó en la Secom, durante el primer Gobierno del actual Mandatario, les contrataba los estudios a esa empresa. A solo un mes de abandonar el Gobierno en 2013, debutaba como ejecutivo estrella en la compañía que hasta ese momento era su contraparte. Durante 2018, es decir, en solo 10 meses, facturó 956 millones al Ejecutivo por distintos tipos de estudios, incluidos 12 contratos por “vía directa”, es decir, sin licitación alguna.

¿Es entonces válido o legítimo que Cadem sea uno de los brazos más importante del despliegue de la estrategia comunicacional del Gobierno, pese a todos los cuestionamientos metodológicos y los lazos políticos y de dinero que hay de por medio? Una primera respuesta sería sí. Es decir, un Gobierno puede usar todos los recursos para cumplir con sus objetivos y justificarlo como una simple compra de servicios. Pero por supuesto que éticamente es cuestionable, especialmente en esta época de transparencia que no perdona a nadie y, menos aún, las prácticas que dejan un manto de dudas respecto del uso de información para construir realidades.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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