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Chile y Japón en el nuevo Indo-Pacífico ANÁLISIS Archivo

Chile y Japón en el nuevo Indo-Pacífico

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Alberto Rojas
Por : Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Escuela de Periodismo y Comunicación de la U. Finis Terrae. @arojas_inter
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Durante años, el vínculo con Asia estuvo dominado por una lógica principalmente exportadora, pero el nuevo escenario parece exigir algo más ambicioso: entender que Chile puede transformarse en un actor relevante dentro de la arquitectura estratégica del nuevo Indo-Pacífico.


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Durante décadas, la relación entre Chile y Japón estuvo asociada principalmente a comercio, inversiones y cobre. Tokio era visto como uno de los grandes compradores de recursos naturales chilenos, mientras Santiago observaba a Japón como un socio económico estable y tecnológicamente avanzado.

Sin embargo, el escenario internacional está transformando profundamente esa relación. La reciente actualización de la estrategia japonesa del “Indo-Pacífico Libre y Abierto” (FOIP, por sus siglas en inglés) revela que Chile comienza a adquirir un valor distinto para Tokio: ya no solo como proveedor de materias primas, sino también como un socio estratégico dentro de la nueva arquitectura tecnológica y geopolítica del Indo-Pacífico.

Pero esta aproximación entre ambos países no surge desde cero. Chile y Japón mantienen una de las relaciones más antiguas y estables de Asia con América Latina. De hecho, las relaciones diplomáticas entre ambos se remontan a 1897 y, desde entonces, han logrado construir un vínculo caracterizado por estabilidad política, cooperación económica y confianza mutua.

Japón fue durante décadas uno de los principales inversionistas asiáticos en Chile y el primer país de esa región en firmar un acuerdo de asociación económica con Santiago, en 2007. A ello se suma una coincidencia política relevante: ambas naciones son democracias que han defendido históricamente el libre comercio, el derecho internacional y la estabilidad del sistema internacional basado en reglas.

Esa coincidencia explica por qué Chile ha observado con creciente interés la evolución del FOIP impulsado inicialmente por el exprimer ministro Shinzo Abe, en 2016. La idea de un Indo-Pacífico “libre y abierto” no apunta únicamente a proteger rutas marítimas, sino también a defender principios como libertad de navegación, conectividad, cooperación y respeto al derecho internacional. en una región donde se concentra buena parte del crecimiento económico y de las tensiones geopolíticas del siglo XXI.

El nuevo FOIP japonés pone hoy el foco en inteligencia artificial, infraestructura digital, cadenas de suministro resilientes, minerales críticos, cables submarinos y seguridad tecnológica. En otras palabras, Tokio entiende que la competencia global del siglo XXI se jugará tanto en los mares como en los flujos de datos, la energía y el acceso a tecnologías estratégicas. Y, en ese escenario, Chile aparece mencionado explícitamente.

El documento japonés incluye a Chile en proyectos ligados a redes avanzadas all-photonics networks (APN), consideradas parte de la futura infraestructura crítica para la economía de datos y la inteligencia artificial. También menciona financiamiento para la empresa estatal de cobre chilena, en un contexto donde minerales como cobre y litio dejaron de ser simples commodities para transformarse en activos estratégicos.

La razón es evidente. La transición energética, la expansión de los vehículos eléctricos, los centros de datos y la inteligencia artificial dependen enormemente de minerales críticos y de redes eléctricas cada vez más sofisticadas. El cobre, por ejemplo, es esencial para electrificación, transmisión energética y desarrollo tecnológico avanzado. Para Japón, asegurar cadenas de suministro confiables se ha transformado en un asunto de seguridad nacional.

El discurso pronunciado recientemente por la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, en Vietnam, confirma esta visión estratégica. Allí sostuvo que el Indo-Pacífico enfrenta una nueva competencia marcada por inteligencia artificial, semiconductores, resiliencia energética e infraestructura digital. También planteó el desarrollo de una red regional basada en cables submarinos, centros de datos y sistemas avanzados de comunicación.

En ese contexto, Chile posee ventajas que comienzan a adquirir un peso geopolítico creciente, porque además de sus recursos minerales, el país cuenta con estabilidad institucional, una extensa red de tratados comerciales y una ubicación privilegiada sobre el Pacífico Sur. A eso se suma su condición tricontinental y el desarrollo de infraestructura digital y energética vinculada a Asia-Pacífico.

El punto de fondo es que Japón está redefiniendo el concepto mismo de seguridad. Hoy, proteger cadenas de suministros, asegurar acceso a minerales críticos o construir infraestructura digital resiliente resulta tan importante como resguardar rutas marítimas. En otras palabras, economía, tecnología y geopolítica ya forman parte de un mismo tablero estratégico.

Eso también obliga a Chile a repensar su política exterior. Durante años, el vínculo con Asia estuvo dominado por una lógica principalmente exportadora, pero el nuevo escenario parece exigir algo más ambicioso: entender que Chile puede transformarse en un actor relevante dentro de la arquitectura estratégica del nuevo Indo-Pacífico.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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