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Esperando...

por 28 marzo, 2020

Esperando...
Los que estamos en cuarentena por distintos motivos, entendemos que es una espera, estamos esperando que no estemos contagiados, esperando que el tiempo vaya rápido para que pase luego, esperando que a nuestros seres queridos no les pase nada, esperando que las consecuencias económicas no sean totalmente destructivas de nuestro sustento. Estamos esperando, porque no sabemos, la incertidumbre sobre el futuro nunca había sido tan cierta, tan homogénea y universal como ahora. El mundo entero tiene la misma incertidumbre, es decir se acabaron las fronteras que nos diferenciaban, se acabó oriente y occidente, los ricos y los pobres, los blancos, los negros, los indios, los chinos, los japoneses, los mestizos. Las razas se acabaron, estamos todos esperando. Seguro que han muerto más mujeres que hombres, porque las mujeres tienen más esperanza de vida, pero fuera de ellos somos todos iguales.
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El planeta tierra no está combatiendo el virus, sino más bien esperando que pase. Un tercio de la humanidad ha sido sometido a cuarentena y más de mil millones de niños sin escuela.

El mundo se ha puesto en espera, se ha congelado la economía, se ha congelado la interacción entre la gente, para que el virus pueda pasar e irse lo más pronto posible. Está visto que si uno mira la gráfica de comportamiento del virus en los distintos países, su aumento hace colapsar incluso el sistema de salud alemán y, con eso, se dice todo. Es cierto que China logra contener el virus, ahora sabremos si habrá sido en un tiempo record o si será ese el tiempo de espera del resto del mundo. Pero el resto del mundo no tiene la dictadura China que obliga a los ciudadanos obedecer.

Sabemos que en las culturas del sur de Europa, el virus ha penetrado más rápido y más brutalmente, teniendo que lamentar un numero terrorífico de fallecidos. Ahora le sigue detrás Estados Unidos. ¿Es la cultura de esos pueblos que hace la diferencia? En Japón el virus se ha comportado distinto, muchos explican que es por su cultura.

Pareciera que se conjugan dos cosas en esta espera. Por una parte, la ciencia de la medicina que ha declarado una y otra vez que no conocen cómo se comporta/ comportará el virus, que lo que sabemos es poco y, la epidemiología que esta haciendo lo imposible por contenerlo. Por otra parte, la cultura de cada país que influye enormemente en la forma como la población reacciona al virus. La cultura importa quién sabe tanto como la ciencia médica. En unos pueblos da lo mismo lo que se diga, cada cual hace lo que quiere, en otros basta con que digan las cosas para que los ciudadanos acaten y sigan. En unos pueblos la autoridad existe y tiene credibilidad, pero en América Latina -la región más desconfiada de la tierra- la cosa no sucede si no es con amenaza, multa e implementación del castigo.

En cada pueblo según la legitimidad de la autoridad. En Chile, llega en un momento donde la autoridad está en el suelo, junto con el prestigio de la política y la confianza en las instituciones, pero más aún con una de las confianzas interpersonales más bajas del mundo. Peor momento no se podría haber elegido para tener que conducir al pueblo chileno a aunar voluntades en torno a una meta común. ¿Quién lo puede conducir si nadie le cree a nadie? La última vez que tuvimos una meta común como nación fue en 1988 cuando derrotamos al dictador en las urnas, de ahí para adelante la sociedad chilena se ha individualizado a un punto extremo. Cada cual con lo suyo, sin importar el otro. La crisis social y política lleva con la ausencia de liderazgo a una anomia masiva, que no se recupera con la espera del virus. No conocemos aún las consecuencias del virus sobre esa población anómica. ¿Aumentarán los suicidios, las depresiones….? No hemos sabido que se este mirando ese efecto.

Los que estamos en cuarentena por distintos motivos, entendemos que es una espera, estamos esperando que no estemos contagiados, esperando que el tiempo vaya rápido para que pase luego, esperando que a nuestros seres queridos no les pase nada, esperando que las consecuencias económicas no sean totalmente destructivas de nuestro sustento. Estamos esperando, porque no sabemos, la incertidumbre sobre el futuro nunca había sido tan cierta, tan homogénea y universal como ahora. El mundo entero tiene la misma incertidumbre, es decir se acabaron las fronteras que nos diferenciaban, se acabó oriente y occidente, los ricos y los pobres, los blancos, los negros, los indios, los chinos, los japoneses, los mestizos. Las razas se acabaron, estamos todos esperando. Seguro que han muerto más mujeres que hombres, porque las mujeres tienen más esperanza de vida, pero fuera de ellos somos todos iguales.

La muerte nos paraliza. Nosotros estamos esperando la continuación de la vida tratando de evadir la muerte.

Seremos más iguales al final de esta espera, porque el mundo será más pobre, todos y cada uno será más pobre, unos habrán perdido mucho ( los que más tenían) y otros, habrán perdido todo aunque eso sea poco.

Es de toda obviedad que este virus viene a modificar la modernidad, esa modernidad individualista que busca lo que ya se tiene, que corre cuando ya llegó, que compite por lo que no necesita ni le importa, que acumula porque otros lo hacen. No en vano la casa DIOR se pudo a producir alcohol gel en vez de perfumes a pocos días de empezar la pandemia. Ellos comprendieron inmediatamente que la prioridades de la humanidad habían cambiado y seguirían cambiando.

La humanidad nunca había tenido, como en estos momentos del inicio del virus, tanta libertad como ahora. La mayor cantidad de países con democracia, aún considerando el declive y el retroceso actual, la mayor cantidad de ciudadanos con derechos, la mayor cantidad de ciudadanos con uso de sus libertades sociales y políticas. Esas libertades ganadas con sangre en tantas partes del mundo están siendo restringidas en esta espera, hay que esperar en distintos grados de “cautiverio”. Un tercio de la humanidad ha sido puesta en situación de espera, cuarentena de distintos tipos a lo largo de la tierra.

Al mismo tiempo, la humanidad no ha logrado las garantías sociales a las mismas personas que les ha podido garantizar la libertad. El déficit mayor es en las garantías sociales.

Esta espera pone de manifiesto que esas garantías sociales están a cargo de los Estados, los mismos que están proporcionando el dinero para pasar la crisis. Dinamarca lidera esa lucha, congelando la economía y haciéndose cargo de todos los gastos. Otros países lo intentan. Las compañías por su parte corren al Estado para poder seguir existiendo. El capitalismo autor de la modernidad que tenemos,¿saldrá distinto de esta espera?. ¿De quién será la propiedad de las empresas que serán mantenidas con fondos estatales? ¿Devolverán las empresas los montos recibidos como un préstamo? ¿Se harán joint venture público privado? ¿Como será el capitalismo post virus? ¿Se modificarán lo que ganan los CEO´s que son los primeros que han dicho que dejaran de cobrar su sueldo? ¿Aumentarán los sueldos de los empleados en el sector privado? ¿Acaso no deberían pagar todos, todos sus impuestos toda la gente como recompensa al Estado por haber salvado la situación:haber sobrevivido?

¿El apoyo social y económico que recibirán millones de empleados, obreros, trabajadores en todo el mundo hará posible expandir la seguridad social en la época pos virus? Acaso no saldremos más iguales de esta espera? ¿Todos somos iguales ante la muerte, saldremos más iguales ante la vida?. El re-boot de la economía será lento, la ayuda estatal durará su tiempo. ¿Cómo se saldrá el estado de sus situación de transferencias directas, de subsidios, de asumir costos, sin dejar sentado un plan de garantías sociales más amplias que las que existían antes de la crisis?

Si rescatan durante la crisis a los indigentes, ¿los dejaran caer después nuevamente en la indigencia? No parece plausible tal inhumanidad. La presión por mantener ciertas transferencias, ciertos subsidios, ciertos costos será infinita. ¿Pondrá la humanidad a la personas como prioridad después del virus o volveremos a poner la economía como prioridad? ¿Como será ese balance?

Especialmente en América Latina este tema será el central. Los países que ya tenían altas demandas de garantías sociales serán los más fuertes en demandar un nivel distinto después que el Estado ha hecho bailar trillones en la crisis. Nadie creerá que no hay fondos para las personas. Las personas han sido el centro de la acción del Estado en esta crisis, no los intereses de unos pocos, por primera vez en todos los tiempos, se gobierna (¿forzosamente?) para la mayoría, los gobiernos están obligados a dejar todos los otros intereses de lado para atender a la crisis del virus, poniendo en primer lugar a las personas.

Las elecciones nos mostrarán después de esta crisis que la gente aplaudirá la búsqueda del bien común durante este tiempo. El bien común, la mayoría, la soberanía de las personas por sobre todo, son cosas no presentes en nuestra sociedades latinoamericanas de manera inequívoca. Los pueblos aprenderán que es posible buscar el bien común, poner a las personas por encima de todo, sin considerar su condición u origen. Otro shock para la política será esa experiencia del bien común. Hasta el momento la queja sobre nuestras democracias es la escasez de bien común y la abundancia de bienes privados como guía (corrupción falta de transparencia).

La crisis social y política chilena previa al virus es precisamente sobre la escasez/ausencia de bien común, la maximización del bien común es la demanda.

El Estado es el protagonista de esta espera, sin él estamos perdidos. Son nuestros impuestos lo que hace posible la supervivencia de la humanidad. El vilipendiado Estado que ha sido tan atacado por los que proponen un capitalismo radical, donde todo lo regula el mercado. ¿Dónde estaríamos con el mercado hoy día? Los trillones de dólares que vienen del Estado hacia la actividad privada y pública para seguir subsistiendo mientras esperamos, marcarán un punto de quiebre sobre la visión del capitalismo. Este no existe sin consumidores, es el consumidor el rey, el que tiene la palabra. El virus que nos hace volver a lo esencial de la interacción entre los seres humanos. ¿Quién manda? ¿Manda el capital o manda la gente? ¿Acaso no es esa la discusión sobre la democracia y las razones del surgimiento del populismo y los autoritarismos electorales?

Cabe, además, agregar que Chile sufre particularmente de la fiebre de la singularidad, es decir de un rasgo de la modernidad, que consiste en no querer ser parte del montón, sino de lo exclusivo. En el mundo del comercio, los productos exclusivos/de lujo apuntan a ese concepto de la singularidad, la excepcionalidad. En el mundo del poder y del dinero es la fiebre de lo “VIP”. Cuando se masifica, deja de serlo por definición (premium, dorado, platino, diamante, todas palabras que reflejan esa fiebre).

En la cultura chilena está profundamente arraigada la competencia por ser primeros, la singularidad. El propio Presidente lo ratifica en uno de sus discursos diciendo: “Estamos mejor que Italia”. La fiebre de ser primero. Nosotros siempre quisimos ser primeros, al punto que logramos exitosamente “venderle” al mundo la idea que eramos distintos del resto de países de la región, hasta el estallido social, que mostró lo contrario.

Esta espera destruye la posibilidad de ser primeros en una situación que lo que hace es, precisamente, hacernos iguales. Nadie puede tener “más” virus que otro, nadie puede tener menos. Es una situación binaria, si o no. Es por eso que la gente se desorienta y pide soluciones inmediatas, para poder volver a tener la posibilidad de ser los primeros. El grito por cuarentena no es otra cosa que la demanda popular por intentar acortar la espera. En nuestra ideosincracia, todos se meten en los asuntos de todos. Nadie deja de opinar sobre ningún tema y en la ausencia de autoridad y de liderazgo, vale los que gritan más fuerte. Eso aumenta la incertidumbre, el miedo.

En cada pueblo según la legitimidad de la autoridad. En Chile, llega en un momento donde la autoridad está en el suelo, junto con el prestigio de la política y la confianza en las instituciones, pero más aún con una de las confianzas interpersonales más bajas del mundo. Peor momento no se podría haber elegido para tener que conducir al pueblo chileno a aunar voluntades en torno a una meta común. ¿Quién lo puede conducir si nadie le cree a nadie? La última vez que tuvimos una meta común como nación fue en 1988 cuando derrotamos al dictador en las urnas, de ahí para adelante la sociedad chilena se ha individualizado a un punto extremo. Cada cual con lo suyo, sin importar el otro. La crisis social y política lleva con la ausencia de liderazgo a una anomia masiva, que no se recupera con la espera del virus. No conocemos aún las consecuencias del virus sobre esa población anómica. ¿Aumentarán los suicidios, las depresiones….? No hemos sabido que se este mirando ese efecto.

En la espera de una cuarentena cada cual hace lo que sabe hacer. Shakespeare, por ejemplo, escribió una de sus obras en cuarentena, Newton descubrió la gravedad. Lo malo de esta modernidad que tenemos es que el tiempo corre tantas veces sin contenido y los que están acostumbrados a correr, no saben que hacer cuando se quedan parados. Parados sin el estrés de lo pendiente urgente, de no cumplir, de no llegar a tiempo, de no alcanzar a hacer todo lo que se tiene que hacer, muchas personas se quedan mirando la pared, sin que conozcan otra actividad para pasar el tiempo, salvo la recreación o compartir con otros. Como no se pueden practicar esas, el vacío que queda es enorme. Los que estaban esperando tener un horizonte, ven que se aleja creando aún mayor angustia. ¿El tiempo que siempre nos persigue ahora nos sobra? En realidad el tiempo se pierde, se va, esperando.

No esperemos más. Emprendamos desde ya una modernización de la modernidad en la medida que aprendemos no a esperar volver, sino en avanzar hacia un mundo más humano, más horizontal, más accesible y solidario, donde comprendamos que solo todos juntos valemos y nos podemos salvar. De a uno no valemos nada, no podemos sobrevivir. Todo lo contrario de la modernidad individualista que nos enseña que, solos, podemos ser los primeros. ¿Acaso este virus matara también esa modernidad?

Hay que preguntarse cuál es la modernidad que nos sirve como seres humanos para ser más humanos . El tiempo nunca sobra, sino que simplemente se pierde. Para que no lo haga, tenemos que saber para donde vamos y que queremos. Desde luego, ya sabemos que somos nosotros los que desequilibramos la naturaleza del planeta, que al pararse total o parcialmente miles de millones de personas logra ya mostrarnos como sería si no fuera por nosotros. Es la naturaleza la que nos trajo este virus que nos hace esperar, esa misma que estábamos destruyendo. La misma que todavía no deja su veredicto final.

Y como dice Camus en su libro “La peste”, no podemos cantar victoria total cuando termine la espera, porque “esta volverá” como lo ha hecho ahora. Esta espera nos obliga a pensar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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