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De la televisión educativo-cultural a la televisión a secas

por 16 mayo, 2020

De la televisión educativo-cultural a la televisión a secas
La pregunta que debemos hacer -para ocupar la crisis no como excusa que genere un oasis educativo-cultural de la tele, sino como posibilidad para pensar en otra televisión- es entender que toda televisión es cultural. Por ende, sus lógicas deben responder a preguntas centrales de lo cultural, qué somos, qué nos une y qué queremos y a las distintas esferas de la creatividad que pueblan nuestros territorios. De esta manera, pensar en una televisión cultural, implica pensar en intervenir de raíz las lógicas de la televisión. Sería ideal que hoy, cuando queda en evidencia que para brindar contenidos educativo-culturales la televisión debe salirse de lo que hace habitualmente y cuando los aires de un nuevo país corren con viento constitucional, los actores pertinentes den un paso decisivo para disponerse a alterar un modelo que trastoque las lógicas de mercado por lógicas ciudadanas, en pos de un bien común construido.
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Una de las peticiones que han surgido en Chile durante las últimas semanas a raíz de la crisis derivada del COVID-19 es la de una mejor televisión. Esta petición no es nueva. Proviene de años en que nociones de educación, calidad, representación, información, participación y diversidad se vieron trocadas por las de farandulización, entretenimiento, espectacularización del periodismo y, un claro empequeñecimiento en el pluralismo de la televisión masiva. La pregunta por la propiedad de los medios y la agenda de sus dueños también ha sido parte del asunto, de la mano del progresivo abandono de la misión público-universitaria de los principales canales de televisión nacionales por una misión de corte empresarial y comercial.

Pero estas semanas ha surgido un elemento nuevo, tanto por su unanimidad como por su sentido de urgencia. Este elemento ha sido el llamado a contar con una televisión educativo/cultural que sirva para que niños, niñas y adolescentes accedan a ella en virtud de la imposibilidad de asistir a la escuela y, estimo, para la paz mental de madres y padres que al prender la tele a niños, niñas y adolescentes lo hagan sin culpa, sabiendo que hay ahí algo educativo y, por ende, algún tipo de contenido que cubra el vacío de las aulas.

Esta petición se ha visto parcialmente recogida con la creación de TV Educa Chile, una señal infantil que desde fines de abril va por las segundas señales de canales de TV del país y que cuenta con contenidos provistos por el Ministerio de Educación, otros de archivo de los canales y en su mayoría, adquiridos en el extranjero. Es una señal que apunta al viejo anhelo de una televisión que eduque, entretenga e informe, pero que tiene fecha de término: cuando acabe la cuarentena y se vuelva a clases. De ahí en adelante, como anunciase el Presidente, Sebastián Piñera, en el lanzamiento de la propuesta, se retornará a la normalidad, normalidad que se entiende lógicamente como una donde los contenidos educativos, formadores, finalmente culturales, no tienen cabida.

Ahora, ¿podría, en el mejor de los casos, la industria de la televisión en Chile generar programacion educativo-cultural de manera permanente? Eventualmente. ¿Significaría aquello contar con una televisión cultural y educativa más rica? No. Y la razón es porque nos educamos, nos vinculamos, percibimos el mundo, creamos y cuestionamos valores no sólo en relación con programas evidentemente educativos o pretendidamente culturales, léase con programas como "La Tierra en que Vivimos", "Cine y Video", "Teleduc", "El Mirador" o "El Show de los Libros", sino también con "Morandé con Compañía", "Calle 7", "Bienvenidos", "Caso Cerrado", entre otros.

¿Tiene lo anterior problemas? Dos, uno más evidente que el otro. El más evidente es lo incoherente que resulta que una iniciativa bien intencionada, y potencialmente exitosa, sólo dure lo que dura la cuarentena. El menos evidente viene de la mano de asumir que ya tenemos una televisión educativo-cultural. ¿Cómo? Sí, ya la tenemos. Y no me refiero al Canal 13c, a un programa de comida criolla, a la tercera señal de un canal de regiones o a TV Educa Chile. Me refiero a la televisión a la que la mayoría de Chile accede. Esa que está ahí todo el día, como, por ejemplo, en los matinales donde invitan a un predicador antivacunas, en los programas de farándula con el periodista estirando el micrófono por la ventana del auto de un famoso o, en la construcción de noticias que apelan a la pulsión y la emoción como el sentido de su quehacer.

Lo que ocurre en esa televisión, en tanto coreografía de textos, símbolos, mensajes, estéticas y audios, es un fenómeno cultural. Son contenidos aceptados, resistidos, rechazados, pero finalmente son el marco medial que representa un mundo que es nada más ni nada menos que el principal consumo cultural de la población chilena. Un 85% de la población chilena se informa en los medios por la televisión y, el promedio de visionado de televisión por persona es de 3,30 horas por día, llegando a un promedio de 4 horas en el caso de adultos mayores entre 64 y 69 años. No hay mayor consumo cultural en nuestro país que la televisión - curioso es, por decir lo menos, que no haya una línea de televisión en el Ministerio de Cultura, pero este es un tema para profundizar en otra columna.

Ahora, y siguiendo con la petición post Coronavirus por una televisión educativo-cultural ¿quisiéramos que la gente viera otras cosas o dicho de una manera menos paternalista, que existiera un mayor acceso a otros contenidos? o dicho de una manera más intervencionista, ¿qué esos contenidos cambiaran o se normaran respecto a sus temáticas, calidad, diversidad, representatividad? Al menos en mi caso, sí, claro que sí. ¿Está ese anhelo resuelto por una televisión que se dice educativa y que va a durar lo que dura la cuarentena? Por supuesto que no.

Por lo tanto, la pregunta que debemos hacer para ocupar la crisis no como excusa que genere un oasis educativo-cultural de la tele, sino como posibilidad para pensar en otra televisión es entender que toda televisión es cultural. Por ende, sus lógicas deben responder a preguntas centrales de lo cultural, qué somos, qué nos une y qué queremos y a las distintas esferas de la creatividad que pueblan nuestros territorios. De esta manera, pensar en una televisión cultural, implica pensar en intervenir de raíz las lógicas de la televisión o en otras palabras, pasar de pensar el por qué de la televisión cultural al por qué de la televisión, a secas.

Sugiero lo anterior, porque en Chile el sentido de la televisión que maneja grandes recursos, es decir, el por qué está ligado a influir en la agenda política, social, económica y al lucro. Esto cobra especial relevancia en Chile, país que tiene un sistema medial altamente entregado al libre mercado y donde su racionalidad es homogéneamente afín a una manera de entender la vida, que no es más que la de un puñado de personas que pertenecen a grupos étnica, social, económica, ideológica y religiosamente afines, con agendas y racionalidades similares.

Es desde dicha racionalidad, muy bienvenida por los gobiernos chilenos de los últimos 30 años, desde donde hemos escuchado frases del tipo para qué tener un canal estatal, para qué tener un medio escrito estatal si esa función la pueden hacer y le compete a los privados, es decir, el axioma neoliberal con el que hemos vivido por décadas. Dicho axioma, sin embargo, vive hoy un profundo cuestionamiento evidenciado por el estallido social de octubre de 2019 y exacerbado por la crisis derivada del COVID-19. ¿Cuál es dicho cuestionamiento? Que hay aspectos vitales para la vida en común que la racionalidad del lucro y una agenda pro-mercado no son capaces de entregar.

Ocurre con las pensiones, ocurre con la salud, ocurre también con la cultura y la televisión. Ocurre a tal punto que el simple hecho de contar con una programación educativo-cultural, en tiempos de pandemia, requiere que la industria televisiva nacional se vea forzada a hacer algo que está fuera de su repertorio, que construya algo que no existía. Por eso, no lo puede otorgar de manera permanente, por eso sólo lo puede otorgar en tanto excepción, como un albergue “mientras dure la cuarentena”, como dijera Sebastián Piñera.

Ahora, ¿podría, en el mejor de los casos, la industria de la televisión en Chile generar programacion educativo-cultural de manera permanente? Eventualmente. ¿Significaría aquello contar con una televisión cultural y educativa más rica? No. Y la razón es porque nos educamos, nos vinculamos, percibimos el mundo, creamos y cuestionamos valores no sólo en relación con programas evidentemente educativos o pretendidamente culturales, léase con programas como "La Tierra en que Vivimos", "Cine y Video", "Teleduc", "El Mirador" o "El Show de los Libros", sino también con "Morandé con Compañía", "Calle 7", "Bienvenidos", "Caso Cerrado", entre otros.

Finalmente, es toda la televisión – en especial la que la ciudadanía ve mayoritariamente – la que presenta marcos de y para la representación, la que acarrea valores individuales y sociales, la que contribuye de manera importante a formar niños y niñas, y adolescentes. La que se instala como compañía de adultos y retrata el acontecer nacional para adultos mayores. Por eso, es necesario pasar de pensar una televisión con contenidos educativos y culturales a una televisión en tanto dispositivo educativo cultural.

Sería ideal que hoy, cuando queda en evidencia que para brindar contenidos educativo-culturales la televisión debe salirse de lo que hace habitualmente y cuando los aires de un nuevo país corren con viento constitucional, los actores pertinentes den un paso decisivo para disponerse a alterar un modelo de televisión que trastoque las lógicas de mercado por lógicas ciudadanas, en pos de un bien común construido en un diálogo ciudadanía-medios. Lo contrario, será negar una realidad que por menos evidente que se crea, está ahí, y esa no es sino que toda televisión es cultural.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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