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Profesores online al borde del colapso mental

por 24 junio, 2020

Profesores online al borde del colapso mental
10: 30 horas comienza la clase y aún faltan 13 niños que se conecten. Cámaras apagadas, micrófonos apagados, silencio total. Siempre me pregunto si están o no al otro lado, les comparto un Power Point que hice días atrás y, aunque lo revisé miles de veces, igual me doy cuenta de errores. Trato de hacer que los niños participen, los llamo uno a uno, pero es imposible darles a todos la oportunidad. “Juan, ¿estás ahí?"... Silencio... “Juan, ¿puedes encender tu micrófono?”… Silencio… Y así varias veces… Cuesta darle continuidad a la clase. Hago un esfuerzo inmenso por no ser monótona, en hacer inflexiones con mi voz, en poner humor, en hacer preguntas interesantes... Pasan 40 minutos y “Miss, no entendí nada”. Me inunda la frustración.
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07:00 a.m., suena mi alarma despertadora. No es tan temprano en comparación con cuando me despertaba para ir a dar clases presenciales al colegio.

Salto rápido de la cama antes que se despierten los niños. Ducha rápida, me visto con lo que tenga de ropa limpia. Un café bien cargado mientras reviso mi celular: mails de alumnos entregando trabajos después de las 10 de la noche, mensajes, WhatsApps… termino y derecho a mi escritorio. Enciendo el computador, son las 07:30 horas. Bandeja del correo con más de 30 mails sin leer: alumnos, apoderados, profesores, cuentas, banco, invitaciones a webinars (y eso que anoche había dejado la bandeja de entrada limpia como a las 21:30 horas).

Respondo a todos, corrijo entregas de tareas tardías, cito a videoconferencias individuales a alumnos que requieren apoyo. Subo notas al sistema, continúo con las presentaciones en Power Point que había avanzado ayer, me equivoco cien veces cuando les adjunto animaciones. Siento los dedos tiritones, escucho mis palpitaciones.

Empieza la reunión de ciclo o coordinación o seguimiento o lo que sea. Termina a las 18:30 horas, ya no tengo ánimo ni concentración. Me doy cuenta que no he ido al baño en todo el día. Tengo frío, sueño, dolor a los ojos, dolor de cabeza y tengo un cerro de tareas por corregir, presentaciones por hacer, guías por elaborar y se me olvidó escribirle a la mamá de Teresa, porque no está al día con sus trabajos y lo que ha enviado presenta bajo nivel de desempeño.

Abro la plataforma online de mi colegio, subo los links de clases, mando mensajes a los cursos con los que tendré clases en unos momentos más. Subo la presentación, la actividad a realizar, la pauta de corrección, la planificación. Vibra mi teléfono, es mi equipo de trabajo deseándonos un buen día. Ya son las 09:00 horas.

No sé en qué momento despertaron mis hijos. Solo sé que el papá ya les hizo el desayuno. Entra mi hija a mi “oficina” casera y me da un abrazo, de esos abrazos como diciéndome “ánimo, mamá”. Se va, porque empieza ya su clase.

Tengo frío, mucho frío, me voy a poner una parka, mis manos y pies congelados. No hemos querido poner estufas, porque aumenta mucho el gasto en la cuenta de la luz. Vuelvo a sentarme frente a la pantalla. Reviso el correo, doce mails nuevos otra vez: plan de adecuación de un alumno, aviso del estado emocional de otra alumna, petición de material extra por parte de un apoderado, envío de planilla de planificación para los próximos meses. Reviso el celular, lluvia de WhatsApp, cadena de oraciones por conocido con COVID-19, apoderados del curso de mi hija complicados con el ingreso a la clase online, coordinación de reunión de departamento. Ya son las 10 de la mañana.

Ingreso a mi clase online a la que espero a 57 niños de 10 y 11 años. El objetivo: multiplicar con factores de dos o tres cifras utilizando la propiedad distributiva. La clase empieza en media hora, pero ya hay niños conectados, te quieren ver, quieren hablar de sus vidas, contarte algo, preguntarte, compartir lo que sea, así que, aunque no sea el horario aún, los acompaño e intento darles un momento de encuentro y buen ánimo, aunque yo ya no lo tenga.

10: 30 horas, comienza la clase y aún faltan 13 niños que se conecten. Cámaras apagadas, micrófonos apagados, silencio total. Siempre me pregunto si están o no al otro lado, les comparto un Power Point que hice días atrás y aunque lo revisé miles de veces, igual me doy cuenta de errores. Trato de hacer que los niños participen, los llamo uno a uno, pero es imposible darles a todos la oportunidad. “Juan, ¿estás ahí?”… Silencio... “Juan, ¿puedes encender tu micrófono?”… Silencio… Y así varias veces… Cuesta darle continuidad a la clase. Hago un esfuerzo inmenso por no ser monótona, en hacer inflexiones con mi voz, en poner humor, en hacer preguntas interesantes..., pasan 40 minutos y “Miss, no entendí nada”. Me inunda la frustración.

12.00 horas, termina la clase pero aún hay niños que necesitan apoyo. Continúo hasta que las preguntas se agotan.

12.30 horas. Cierro la clase y reviso mail, mensajes y WhatsApp que nuevamente están llenos. Respondo uno a uno, ¡son las 13:oo horas! Vuelo a la cocina y hago almuerzo, por lo general recaliento o Nuggets o algo congelado. 13:15 horas y es el primer momento del día en que me siento a hacer algo distinto que trabajar, tratamos de almorzar en familia para vernos. Mis hijos ya tuvieron sus clases. No sé cómo les fue, qué hicieron, qué tareas tienen, solo sé que siguen en pijama y dudo que se hayan lavado siquiera los dientes. ¿Yo me los lavé?

13.40, estoy frente a las pantallas nuevamente. He recibido más de 20 tareas que debo corregir y retroalimentar personalmente. Las reviso, tres de ellas mal, muy mal, les escribo a esos alumnos y agendo videoconferencias individuales para ayudarlos, debo asegurarme que todos aprendan y debo respetar sus ritmos, sus capacidades y sus habilidades.

Son las 3 de la tarde, entro al link y tengo a dos alumnos esperándome porque tienen dudas con los objetivos trabajados. Empieza la clase particular, 40 minutos, una hora... ¡lo lograron! Vuelo a otro link, hay 5 alumnas a la espera de revisar ejercicios que no entendieron, empieza una segunda clase particular, termino y el mail, WhatsApp... ya saben, repleto.

A las 5 de la tarde mi marido me trae un café. Escucho reír a mis hijos, asumo que ya han hecho sus trabajos y tareas, eso espero.

Empieza la reunión de ciclo o coordinación o seguimiento o lo que sea. Termina a las 18.30 horas, ya no tengo ánimo ni concentración. Me doy cuenta que no he ido al baño en todo el día. Tengo frío, sueño, dolor a los ojos, dolor de cabeza y tengo un cerro de tareas por corregir, presentaciones por hacer, guías por elaborar y se me olvidó escribirle a la mamá de Teresa, porque no está al día con sus trabajos y lo que ha enviado presenta bajo nivel de desempeño.

Son las 19.30 horas y voy a la cocina, pero no doy abasto. Preparo unos sandwiches con yogurt de comida, mañana les haré ensaladas y fruta (todos los días digo lo mismo). Las 9 de la noche ya, me pongo pijama, me acuesto y el celular lleno de mensajes: siguen llegando tareas… los marco con una estrellita y digo: “Lo veo mañana”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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