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¿Y si el Gobierno hubiera comenzado a hacerlo bien? Opinión Archivo (AgenciaUno)

¿Y si el Gobierno hubiera comenzado a hacerlo bien?

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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Chile ha entrado en una zona histórica donde las consignas devienen insuficientes. Lo que se requiere es una política nacional: amplia, generosa, territorialmente consciente y orientada al bien común.


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Tras un inicio accidentado, el gobierno parece estar asentándose y algunos antecedentes al respecto son los siguientes:.

  • Se entregó la vocería, finalmente, al ministro del interior, un político sereno y de trayectoria.
  • Se encargó la seguridad pública a Martín Arrau, probablemente el más capacitado de entre los cercanos al presidente, quien desde las primeras acciones le ha dado tono de Estado al tema de seguridad y prepara cuidadosamente la estrategia para reactivar las policías y una serie de proyectos de ley.
  • Al menos tres de los ministros sectoriales están destacando por sus capacidades, despliegue en terreno y responsabilidad: Produje en vivienda, De Grange en el MOP y Transportes, y Chomali en Salud.
  • Quiroz está encontrando el tono; se está integrando en un equipo en el cual las medidas económicas se complementan con la consideración política.
  • El segundo piso ha hecho un buen trabajo: bajando finalmente el perfil y preparando una cuenta pública destacable.
  • El presidente rindió una cuenta en el Congreso que, tendrá que reconocerse con el tiempo, fue descollante.

Asimismo, el presidente cambió el tono: ascendió desde la trinchera hacia la magistratura, poniendo persistentemente al país como comunidad en el centro, incluyendo su historia y su territorio. Aunque reparó en el estado deficitario en el cual ha quedado el país, no cayó en un festín de revanchas. Todo lo contrario.

Llamó reiteradamente al diálogo, sin ilusiones ni candideces; sin pretender eliminar la disidencia, sin moralizar ni descartar al otro, sino incluyéndolo; reparando con lucidez en que el diálogo es el que permitirá recién acordar reformas, colaborar y salir de la crisis.

Además, puso el énfasis en la política por sobre la mera gestión, en la importancia de fortalecer las instituciones, el respeto a ellas como centro de una vida pacífica, civilizada y decente.

También volvió a levantar la seguridad a tema central del Estado: ninguna legitimidad es posible si el Estado fracasa en proteger a sus ciudadanos. Toda lealtad política descansa, en último término, sobre una promesa elemental de cuidado. Protejo, luego obligo.

Asimismo, colocó la crisis económica en su justa urgencia. Ya no es sólo un problema económico en sentido estrecho, sino de economía política. La viabilidad del Estado, de los servicios sociales y la subsistencia del país tal como lo conocemos, penden hoy de la reactivación.

Probablemente sin quererlo, los sectores más extremos e inmaduros de la izquierda hayan colaborado con el nuevo tono. La violencia desquiciada de los overoles blancos y los grupos de choque que aparecen en todas y cada una de las manifestaciones callejeras; el llamado comunista a tomarse las calles y las invocaciones pertinaces a Lenin el cruel; los hechos de corrupción masiva (como el oscuro caso de las fundaciones bajo el ministerio Jackson); la mala administración económica, expresada en el dramático aumento del desempleo, el deterioro de Codelco, la deficiente gestión presupuestaria; las escandalosas demoras en salud, con pacientes muriendo de cáncer en listas de espera y la tardanza en comprender la magnitud del descalabro en seguridad, fueron generando una situación de crisis tal que terminó por desbordar las antiguas categorías.

Frente a la crueldad y expansión del crimen organizado, la severidad del desempleo de casi dos dígitos, a pacientes que aguardan tratamientos vitales, al riesgo de una recesión honda y prolongada y a la erosión de las instituciones democráticas, pierde parte importante de su sentido la división en derechas e izquierdas.

Chile ha entrado en una zona histórica donde las consignas devienen insuficientes. Lo que se requiere es una política nacional: amplia, generosa, territorialmente consciente y orientada al bien común.

El asunto no es -no puede ser- cómo gobierno y oposición se derrotan mutuamente. La pregunta es si sus sectores más responsables serán capaces de colaborar para evitar una degradación que podría comprometer la viabilidad misma de nuestra democracia constitucional. Hay un tiempo para disputar. Y hay un tiempo, más grave, en que lo que está en cuestión es si la comunidad política conserva todavía la fuerza necesaria para seguir existiendo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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