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OPINIÓN

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La democracia y la política en un mundo complejo: el último libro de Daniel Innerarity

por 7 julio, 2020

La democracia y la política en un mundo complejo: el último libro de Daniel Innerarity

Crédito: Archivo

Como si tuviera su atención centrada en Chile pero en realidad respondiendo a fenómenos globales, Innerarity, filósofo y ensayista vasco, acaba de publicar el libro “Una teoría de la democracia compleja. Gobernar en el siglo XXI” (Galaxia Gutenberg, 2020). Según el autor, se asiste a una democracia irritada, un malestar difuso que carga contra el sistema político en general, donde se constata más frustración que aspiración y agitaciones poco transformadoras de la realidad social.
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Si se tratara de encontrar términos que mejor describan la evolución política, social y económica del país, sin duda nos pondríamos rápidamente de acuerdo con conceptos como volatilidad, imprevisibilidad, desintermediación e indeterminación.

Volatilidad electoral, pues desde hace 15 años el país elige sucesivamente en dos oportunidades alternadas a Bachelet y Piñera; también volatilidad en la aprobación de los liderazgos; se pasa rápidamente de alta popularidad a rechazos rotundos. Imprevisibilidad, pues luego de elegir a Sebastián Piñera con una alta mayoría, tiene lugar el estallido social que pone en cuestión sus orientaciones programáticas principales, cambia radicalmente la agenda política, y coloca al país en un curso constituyente. Desintermediación, pues los partidos no solo no logran sostener vínculos fuertes con su electorado sino que, además, el curso de los acontecimientos transcurre a sus espaldas. No obstante y nuevamente de forma imprevisible, el sistema político es capaz de reaccionar ante la rebelión popular. Pese a la ineptitud presidencial y a la oposición de la derecha recalcitrante, se logra el acuerdo del 15 de noviembre, canalizando la energía movilizada hacia un cambio constitucional que parecía imposible. Al mismo tiempo, indeterminación, pues la fuerza transformadora de la movilización social no termina de traducirse en un proyecto de cambios: en el horizonte no se perfila una fuerza política que conduzca la transición hacia una nueva Constitución y un nuevo pacto social.

Como si tuviera su atención centrada en Chile pero en realidad respondiendo a fenómenos globales, Daniel Innerarity, filósofo y ensayista vasco, acaba de publicar el libro Una teoría de la democracia compleja. Gobernar en el siglo XXI (Galaxia Gutenberg, 2020). El objeto del libro es enriquecer el modo en que las ciencias sociales enfocan el gobierno democrático, al ofrecer una perspectiva sistémica y elaborar una filosofía política acorde con una epistemología de la complejidad. Su punto de partida es la afirmación que la principal amenaza que se cierne sobre la democracia no es la violencia ni la corrupción o la ineficiencia, sino la simplicidad.

En tal sentido, el libro describe la simplicidad como la inadecuación conceptual para adaptarse a las transformaciones del mundo contemporáneo y como práctica política que beneficia a quien mejor se maneja en el combate por la simplificación. En relación con lo primero, el autor constata la inadecuación de los conceptos políticos fundamentales, pues en ellos no hay espacio para la interdependencia, la inabarcabilidad y la aceleración que caracteriza a las actuales democracias. Desde el punto de vista de la práctica política, queda en evidencia que los sistemas políticos no están siendo capaces de gestionar la creciente complejidad del mundo y son impotentes ante quienes ofrecen una simplificación tranquilizadora, aunque sea al precio de una grosera falsificación. Trump, Johnson y Bolsonaro son los ejemplos paradigmáticos.

La democracia desafiada

El hecho de que sea imprevisible cuál será la sorpresa que la ciudadanía está preparando a sus políticos, es lo que convierte a la política en algo inquietante, sostiene Innerarity. Nadie sabe con seguridad cómo funciona esa relación entre ciudadanos y políticos que se ha convertido en una auténtica “caja negra” de la democracia. Reina en todas partes una medida excesiva de azar y arbitrariedad.

Un análisis somero pareciera mostrar que la democracia está atacada por múltiples enemigos; para el autor, sin embargo, lo que hay es debilidad política, falta de confianza y negativismo de los electores, oportunismo de los agentes políticos y desplazamiento de los centros de decisión hacia lugares no controlables democráticamente. Según Innerarity, se asiste a una democracia irritada, un malestar difuso que carga contra el sistema político en general, donde se constata más frustración que aspiración y agitaciones poco transformadoras de la realidad social. Hay desconfianza respecto de que los gobiernos quieran o sean capaces de afrontar los riesgos de la existencia, de manera eficaz e igualitaria.

Para Innerarity, la democracia se degrada cuando se absolutiza el momento plebiscitario o la “lógica del click”, pero también cuando se entrega el poder a los presuntos expertos.

Lo primero que enseña esta conceptualización compleja de la democracia es que se trata de un proceso. Según el autor, las democracias representativas tienen dos enemigos: el mundo acelerado, la predominancia de los mercados globalizados, por un lado, y la hybris (desmesura) de la ciudadanía, por el otro, es decir, la ambivalencia de una sociedad a la que la política debe obedecer pero cuyas exigencias, por estar poco articuladas políticamente, son con frecuencia contradictorias, incoherentes y disfuncionales. Los problemas actuales derivan de una realidad interdependiente y concatenada ante los cuales son ciegos sus componentes individuales: insostenibilidad, riesgos financieros y comportamientos individuales de desordenada agregación.

Desde los años 50 y 60, afirma el autor, se propusieron dos tipos de soluciones para los problemas políticos. La hayeckiana: basada en la convicción que el gobierno político de las sociedades carece de capacidad de acción colectiva y la consecuente esperanza de que el mercado ejerciera esas funciones. Bajo esto subyacía la idea que los consumidores son más inteligentes que los electores, cuestión que no se condice con que la nueva complejidad, que afecta a los ciudadanos tanto como agentes económicos como actores del sistema político. La contrapartida la representa la “autopoiesis” (la cualidad de un sistema capaz de reproducirse y mantenerse por sí mismo) de Luhmann, que pone en cuestión la arrogancia de las concepciones clásicas del Gobierno que da por supuestas la maleabilidad y pasividad de los objetos de gobierno y la eficacia de las intervenciones. Pero la evolución, concluye Innerarity, no basta cuando las sociedades enfrentan o producen amenazas especialmente graves.

La complejidad global

Es cotidiano escuchar que “el mundo cambió”. No obstante, esto no suele ser seguido por una conceptualización de esos cambios. Innerarity busca contribuir a este debate en la primera parte del libro. Se enfrentan, sostiene, emergencias simultáneas producto de múltiples causas que actúan a través del tiempo, donde las representaciones de los sujetos tienen un gran impacto sobre los sistemas de los cuales forman parte. Los problemas son complejos (piénsese en el calentamiento global, las catástrofes naturales, las pandemias y la complejidad de la vida) ya desde el intento de describirlos y definirlos, pues no se diferencian netamente de otros problemas con los que están vinculados, son pluridimensionales, y no se pueden abordar por partes o de acuerdo con determinadas prioridades. Un sistema es complejo cuando no se puede describir completamente el número de sus elementos, su pluralidad, entrelazamientos e interdependencias. En vez de estar determinado, el mundo aparece más bien como incalculable, inestable e indeterminado.

Para denominar esta complejidad, Innerarity recurre al concepto de “emergencia” de Simon, quien lo define como un gran número de partes que interactúan de un modo no simple y en que el todo es más, pero también diferente a la suma de las partes. La interacción entre los componentes de un sistema son sensibles a las condiciones iniciales y a las perturbaciones que tienen lugar en cualquier parte de su desarrollo; una causa microscópica y local puede provocar rápidos procesos de amplificación y producir efectos macroscópicos y globales hasta modificar el comportamiento de todo el sistema (basta señalar cómo un virus surgido en un mercado en Wuhan, ha causado la peor crisis mundial desde la Segunda Guerra Mundial).

En este contexto, la experiencia fundamental que agobia a la sociedad es el desconocimiento y la exigencia de aprender a manejarnos con un conocimiento incompleto, frente a riesgos sociales futuros, a constelaciones de actores, dentro de las cuales demasiados acontecimientos están relacionados con demasiados eventos, de modo que queda desbordada la capacidad de decisión de los actores individuales.

La sociedad es compleja por el aspecto que nos ofrece (heterogeneidad, disenso, caos, desorden, diferencia, ambivalencia, fragmentación, dispersión) y por la sensación que produce (falta de transparencia, incertidumbre, inabarcabilidad). Una sociedad es compleja cuando puede adoptar otras configuraciones, donde coinciden diversas lógicas al mismo tiempo y en el mismo espacio, de manera que surgen dificultades de coordinación y encaje. Configuraciones que no se pueden gestionar mediante un ordenamiento jerárquico que excluye y reprime otras posibilidades y donde se acumulan diversas perspectivas. Esta es la razón fundamental por la cual fallan los expertos y aparece la democracia como el sistema para integrar a estos sistemas de expertos dentro de procedimientos de gobierno más amplios, que incluyen decisiones en ámbitos donde la ignorancia es irreductible.

La política y el gobierno frente a la complejidad

¿Cómo se transforma la política y el gobierno en las sociedades complejas? Para responder esta pregunta, el autor busca precisar que la complejidad debe ser entendida primero como contingencia (cuando una configuración no es ni imposible ni necesaria y cuando las razones que motivan una decisión no son abrumadoras, pero tampoco irrelevantes) o, en los términos de Luhmann, cuando prevalece la ambigüedad (todo podría ser de otra manera y no puede cambiar casi nada). También como diferenciación funcional (cada subsistema se desarrolla según código propio) y como interdependencia, que debe entenderse como que las propiedades de los sistemas complejos no dependen tanto de la naturaleza de sus componentes sino de sus interacciones. Lo cual hace que estos sistemas sean incontrolables, pues surgen efectos indeseados y cascadas que aumentan lo que se puede llamar “producción de lateralidad”, como son las externalidades o los riesgos autogenerados.

Según Innerarity, en la medida que aumenta la contingencia, gobernar se convierte en una acción inverosímil y el horizonte político se puebla de inseguridad e ignorancia. En consecuencia, para el gobierno se trata de identificar las configuraciones contingentes, pensar en su capacidad de modificar la realidad social, y dotarlas de formas institucionales que posibiliten su modificación ulterior y eficacia social.

Del mismo modo, cuando cada subsistema se rige por sus propias lógicas, la sociedad enfrenta contradicciones porque debe articular valores y lógicas opuestas e incluso antagónicas. De esta situación se deriva la exigencia de que el sistema político gobierne y articule los demás sistemas funcionales y justamente en ello está el núcleo de la función de gobernar. La interdependencia de los sistemas complejos pone en cuestión los engranajes jerárquicos tradicionales como modo de lidiar con la complejidad. Por ejemplo, Weber, frente a la complejidad asociada a las máquinas del siglo XIX, consideraba que  la solución de los grandes desafíos se estructuraba sobre la base de descomponer en partes estos problemas. Eso deja de ser posible en un sistema complejo, pues lo nuevo en el mundo globalizado es la interacción casi instantánea de información en una densa red social, económica y política. Es el mundo de los efectos secundarios y los riesgos globales, con alto nivel de contingencias, densas interacciones y una desincronización estructural.

En tal sentido, cualquier estrategia de intervención debe pensarse como una que debe llevarse a cabo no contra sino en medio de sistemas que interactúan entre sí. La sociedad de hoy no tiene vértice ni centro, las relaciones de interdependencia no son jerárquicas sino “heterárquicas”, o sea, estructuradas en forma de red y que modifican dinámicamente sus formas de interacción, lo cual hace imposible controlarlas desde un ordenamiento jerárquico.

Y ¿cómo transforma la sociedad compleja la política? Innerarity propone sustituir la idea de relación por la de interacción, la cual subraya el carácter dinámico del proceso de intercambios que tiene lugar entre sus componentes, entre ellos y su entorno. Desde el punto de vista de la política, el orden emergente de la vida no se explica como producto ni de la libre voluntad de sujetos autónomos (las células de los sujetos autónomos no piensan autónomamente ni tienen la posibilidad de comportarse de un modo independiente) ni de algo linealmente determinado por estructuras, leyes mecánicas o un poder soberano.

Para la política, implica que las sociedades se gobiernan como se cuida la vida, capacitando, empoderando, facilitando. Gobernar a través y no sobre o contra, implica una relación más horizontal entre quien gobierna y quien es gobernado. Gobernar la complejidad adaptándose a la existencia como causalidad emergente supone rechazar la clásica concepción de la vida como inerte, pasiva y controlable desde arriba. Gobernar no es algo que se ejerce sobre o contra, sino a través de la complejidad. No se trata de imponer fines u objetivos a la realidad, sino de encontrarlos a través de los procesos, prácticas y comunicaciones con el mundo mismo, el cual es más inteligente y tiene mayores recursos propios de lo que solemos pensar.

La democracia como el mejor sistema para manejar la complejidad

En este contexto, Innerarity formula una defensa radical de la democracia como el mejor y más adecuado sistema de gobierno para gobernar la complejidad del mundo actual y que, inversamente, la complejidad representa una gran oportunidad de profundización de la democracia. Este horizonte hipotético podría articularse en torno a 3 supuestos según el autor:

1.- el mundo que ahora comprendemos con categorías científicas complejas no solo implica una mejor descripción de la realidad, sino que permite un mayor espacio para la libertad política... la complejidad puede ser así un factor de democratización. El autor sostiene que nos faltan mecanismos y procedimientos para aprovechar la inteligencia distribuida dentro de una sociedad que es cada vez más diferenciada y especializada en diversas esferas de saber experto. La transformación de la democracia está vinculada hoy a la capacidad de introducir en el proceso de formación de la voluntad política toda la riqueza de las ideas, las experiencias, las perspectivas y las innovaciones de una sociedad descentralizada y que no tolera la lógica de los procedimientos jerárquicos de decisión.

2.- Las democracias tramitan más complejidad que cualquier otra forma de organización de la sociedad, precisamente en la medida en que articulan mejor el pluralismo social y posibilitan el aprendizaje colectivo: son el régimen de la complejidad. La democracia es una forma de gobierno que cultiva el disenso, protege la diversidad y la heterogeneidad, y que está más interesada en tramitar la complejidad social que en reprimirla. Se trata de preguntarse por las condiciones de realización de la democracia en tiempos caracterizados por la complejidad, donde hay diferentes niveles de actuación que se interfieren, distintas racionalidades en conflicto, y donde hay que enfrentarse a problemas complejos, entreverados y dinámicos.

3.- Democracia y complejidad no son exigencias contrapuestas, sino dos aspectos de una misma dificultad: la de gobernar teniendo en cuenta la variedad de requerimientos que se plantean en un sistema plural. Y es que para la democracia es tan esencial tanto la obtención de resultados como la implicación de la gente en la toma de decisiones. La principal complejidad del gobierno procede de la obligación de atender y equilibrar exigencias democráticas de diverso carácter, cuya compatibilidad muchas veces no es ni evidente ni discutible.

Sobre la base de este enfoque, el libro profundiza en una amplia gama de temas, entre los que destacan “la geometría política del mundo contemporáneo”; el gobierno indirecto; la administración de la democracia; el futuro como problema político; la política inteligible; la democracia postelectoral; la inteligencia de la democracia; la democracia digital y la democracia más allá del Estado Nacional. La diversidad de temas que aborda hace del libro una fuente casi inagotable para la reflexión política y se estructura sobre la base de una amplísima revisión de la literatura global.

Es una continuación y en cierto sentido una respuesta a dos libros anteriores del autor. El primero, La política en tiempos de indignación (Galaxia Gutenberg, 2015) en el que a su vez analizaba la movilización de los indignados de Madrid y las primaveras que afectaron a diversos países del mundo, las cuales habían hecho tambalear a muchas instituciones y habían generado pasiones, desconcierto y confusión. El segundo es Política para perplejos (Galaxia Gutenberg, 2018), que nace como respuesta al momento en que “ocurre lo improbable”, cuando es elegido Trump y cuando el gobierno conservador de Gran Bretaña (partidario acérrimo de la pertenencia de ese país a la Unión Europea) desata un proceso que deriva en el Brexit. El hecho, sostiene Innerarity, de que sea imprevisible cuál será la sorpresa que la ciudadanía está preparando a sus políticos, es lo que convierte a la política en algo inquietante. Nadie sabe con seguridad cómo funciona esa relación entre ciudadanos y políticos que se ha convertido en una auténtica “caja negra” de la democracia. Reina en todas partes una medida excesiva de azar y arbitrariedad.

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