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(Re)pensar lo político

por 17 julio, 2020

(Re)pensar lo político
La política no puede seguir llegando tarde, tampoco puede ser débil ni timorata. Las soluciones son urgentes y las personas deben estar en el centro. Vivimos un nuevo ciclo político, con nuevas generaciones en el espacio público, con un cotidiano tensionado por una crisis de confianza y una crisis sanitaria que tendrá consecuencias en muchos otros aspectos. El diálogo debe prevalecer para generar la convergencia necesaria para sacar adelante al país.
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La pandemia le quedó grande a la política. Vivimos tiempos que son complejos, pero a la vez interesantes. El coronavirus puso en jaque la forma en que nos relacionamos con el mundo, tanto a nivel micro como también macro y, en ese sentido, la enfermedad no solo ha tensionado nuestras rutinas, costumbres y rituales, sino también la aproximación del Estado con su población y, yendo más allá, la de la política con la ciudadanía.

Hannah Arendt plantea el “hacer” política como un hábito que tributa constantemente el espacio público y que, además, está ligado a lo estrictamente cotidiano en el sentido de lo comunitario. De esta manera, lo político se desarrolla en un marco de disputas, pero también de convergencias.

Dicho lo anterior, la pandemia no solo ha ofrecido una serie de antítesis frente a lo que podríamos llamar la “vieja realidad”, sino que también nos ofrece oportunidades, como –por ejemplo– volver a cuestionarnos conceptos y repensar lo político. Esas oportunidades están bajo el paraguas de una potencial síntesis, que viene a corregir la normalidad a la cual estábamos sometidos.

Los consensos que se dieron a partir de la tercera ola democrática han acabado su ciclo. La ruptura en occidente se produce luego de la crisis subprime de 2008, generando movimientos sociales de indignación. Curioso, ¿no? A nuestro país llegó con una década de desfase. De este modo, la realidad nos exige (re)pensar lo político y así contribuir al desarrollo de un mejor país.

Desde un enfoque metodológico, podríamos decir que el caso chileno cabe en lo que es considerado en la literatura como un estudio de caso único, en tanto la pandemia viene a agudizar las contradicciones manifestadas por la revuelta social de octubre de 2019. Coincidencias más, coincidencias menos, pareciera que atravesamos una tormenta perfecta.

El 18 de octubre tiene un efecto modernizador en la agenda política. Esto, dado que las demandas de la población no solo tienen que ver con aspectos o valores materiales, sino también profundamente inmateriales. “Hasta que la dignidad se haga costumbre”, fue el leitmotiv de incesantes manifestaciones que fueron canalizadas por el sistema político en clave de un acuerdo institucional que estableció un nuevo momento constituyente, hoy suspendido por el coronavirus. Y es modernizador, porque además atenta directamente al statu quo, a un modelo neoliberal que permitió el crecimiento, más no el desarrollo, que permitió el surgimiento de una clase media precarizada en donde se está “a un cáncer de la pobreza”. En definitiva, una forma de hacer política que se hizo cargo de la pobreza, pero no de la desigualdad.

Hoy el escenario se ha agudizado. Existen más de 320 mil personas contagiadas por COVID-19 y más 7 mil personas fallecidas, según los informes de la autoridad sanitaria (sin contar los datos de los presuntos fallecidos según la DEIS). El 47% de las empresas que se acogieron a la Ley de Protección del Empleo indican que no podrán contratar a sus trabajadores y la cifra de desempleo alcanza el 11,2%. Los territorios más vulnerables y la población femenina han sido los más afectados.

La política en su dimensión ontológica está orientada a las soluciones. No obstante, solo se puede ver truncada por la determinación racional de los tomadores de decisión. En esta línea, las autoridades y el Gobierno abandonaron la matriz pragmática de las decisiones, tributando una incesante mirada oportunista e ideológica. Los mercados prevalecieron por sobre el cuidado de las personas y la lógica de especulación permeó la estrategia sanitaria. Los costos están a la vista y se viven en el cotidiano, tres cambios de gabinetes en una semana no bastaron para perfilar un nuevo escenario.

Con base en lo anterior, la política no puede seguir llegando tarde, tampoco puede ser débil ni timorata. Las soluciones son urgentes y las personas deben estar en el centro. Vivimos un nuevo ciclo político, con nuevas generaciones en el espacio público, con un cotidiano tensionado por una crisis de confianza y una crisis sanitaria que tendrá consecuencias en muchos otros aspectos. El diálogo debe prevalecer para generar la convergencia necesaria para sacar adelante al país.

No obstante, no debemos perder de vista que son tiempos de esencial disputa ideática, sobre todo en un proceso constituyente suspendido que se debate entre la “vieja realidad” y el desarrollo de una “nueva realidad”, mucho más sustentable, pluralista, democrática, menos desigual, donde todos y todas seamos parte.

Los consensos que se dieron a partir de la tercera ola democrática han acabado su ciclo. La ruptura en occidente se produce luego de la crisis subprime de 2008, generando movimientos sociales de indignación. Curioso, ¿no? A nuestro país llegó con una década de desfase. De este modo, la realidad nos exige (re)pensar lo político y así contribuir al desarrollo de un mejor país.

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