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El efecto colateral del COVID-19: desnudar populismos

por 18 julio, 2020

El efecto colateral del COVID-19: desnudar populismos
Han pasado casi 4 años desde que el entonces magnate norteamericano cruzara el Potomac con la promesa de “drenar el pantano del Capitolio” y, aunque el guión populista es largo y variopinto, el mandatario estadounidense con Bolsonaro y Maduro forman la trilogía más célebre. No obstante, la crisis del coronavirus frustró los planes de algunos y agravó la situación de otros. Porque si el maridaje entre ciencia y política nunca es fácil, en el caso del populismo hace peor pareja con la evidencia científica.
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“Soy un mesías, pero no hago milagros”, respondió con picardía el presidente Bolsonaro a una periodista que le consultó por el número de víctimas del coronavirus el preciso día en que Brasil superaba a China en número de contagios. La réplica del mandatario brasileño le permitía apelar a su segundo nombre “Jair Mesías”, al tiempo que recordaba a sus seguidores el sentido redentor de su liderazgo político, que pretendió “salvar” a dicho país de los vicios del establishment partidista. Dicho aspecto soteriológico, que desdeña o relativiza el otro costado institucional de la democracia (Canovan, 1999), hace parte del registro populista de la política contingente, a la vez que puede ser leído como un contemporáneo sebastianismo, es decir, un remanente de la resistencia mesiánica del Brasil colonial al orden vigente.

El populismo trata de un discurso (Laclau, 2005) o estrategia (Weyland, 1999) que partir de una idea blanda, signada por el antielitismo y el antipluralismo, articula un mensaje sobre un núcleo ideológico duro (Mudde y Rovira, 2018): ya sea este el socialismo, el liberalismo o el nacionalismo. En la narrativa populista sobresale el caudillo, que para el teórico decimonónico de la “heroarquía”, Thomas Carlyle, corresponde a la imagen de un santo secularizado que “con sus cantos mágicos puede lograr incluso que la luna baje”, apunta Cassirer (1946), agregando que “los políticos modernos saben muy bien que a las grandes masas las mueve mucho más fácilmente la fuerza de la imaginación que la pura fuerza física”.

En consecuencia, para el filósofo y sociólogo de origen alemán que adoptó la nacionalidad sueca, el político se transformó en un adivino equivalente al homo magus de las sociedades primitivas, es decir, un portador de saberes esotéricos capaces de logros extraordinarios con la asistencia de fuerzas sobrenaturales. La cualidad más sobresaliente de estos nuevos "Merlines" sería la promesa de comprimir el tiempo de resolución de los problemas de la gente, mediante la elusión de las estructuras formales (Jaguaribe, 1967). En época de incertidumbre, dicho derrotero se actualiza.

Frente a este tipo de liderazgos, la prensa ha destacado con justicia el papel de mujeres al frente de gobiernos con eficiente gestión pandémica, sobresaliendo la canciller alemana Angela Merkel, o las primeras ministras de Nueva Zelandia, Jacinda Ardern, y Noruega, Erna Solberg. En nuestra región, el manejo de crisis sanitaria de Uruguay y Costa Rica, sin ser dirigido por jefaturas femeninas, ha sido también virtuoso. Sin embargo, una dimensión que no suele advertirse de todas estas administraciones es que son encabezadas por militantes de los cuestionados partidos que convergieron en el orden o consenso liberal de post Guerra Fría, aquel que populistas de derechas e izquierdas pretenden minar.

Por ejemplo, la crisis político-cultural después de la Primera Guerra abrió un paréntesis –los “felices años veinte”– que desembocó en la depresión económica del 29. La tesitura de los treinta fue poco propicia para la democracia en Europa, una tendencia que fue revertida solo posteriormente a la Segunda Guerra Mundial. Con la post Guerra Fría pareció confirmarse el triunfo planetario de la democracia liberal y el capitalismo, como lo profetizara Fukuyama en su Fin de la Historia y el último hombre (1992).

Sin embargo, a fines de 1999, durante la cumbre de Seattle de la Organización Mundial de Comercio (OMC), hizo su estreno el movimiento antiglobalización con el objetivo de hacer fracasar la Ronda del Milenio y al margen de todo partido político tradicional. La crisis subprime de 2008 trajo un renovado brío a la protesta antisistémica: Ocuppy Wall Streets, Indignados en España, Primaveras Árabes y descontento en Brasil a partir de 2013. El creciente malestar antecedió el acceso al poder de liderazgos opuestos al consenso liberal de políticos centristas y tecnócratas –giro que en América Latina se inició desde el aterrizaje en el Palacio de Miraflores de Hugo Chávez en 1999– representado por un nacionalismo de corte populista.

El economista turco Dani Rodrik explicó hace 5 años que el cambio de marea se debía a la falta de honestidad de los políticos sistémicos que “les dijeron a sus votantes que podrían perseguir la hiperglobalización sin abandonar la soberanía o la rendición de cuentas democráticas”, en cambio, “los populistas de hoy fueron totalmente explícitos sobre lo que están dispuestos a abandonar: la hiperglobalización”, cuestión en la que parece estar de acuerdo el Presidente Trump cuando afirmó, ante la Asamblea General de Naciones Unidas del año pasado: “El futuro pertenece a los patriotas, no a los globalistas”.

Han pasado casi 4 años desde que el entonces magnate norteamericano cruzara el Potomac con la promesa de “drenar el pantano del Capitolio” y, aunque el guión populista es largo y variopinto, el mandatario estadounidense con Bolsonaro y Maduro forman la trilogía más célebre. No obstante, la crisis del coronavirus frustró los planes de algunos y agravó la situación de otros. Porque si el maridaje entre ciencia y política nunca es fácil, en el caso del populismo hace peor pareja con la evidencia científica. Así se entiende que el presidente de Bielorrusia, Lukashenko, comparta con su símil nicaragüense Daniel Ortega el haber promovido actos políticos multitudinarios en pleno brote del COVID-19 en sus países. Aunque para la antología posterior sobresale el líder de Turkmenistan, Gurbanguli Berdimujamédov, que sin conformarse con la opacidad oficial sobre la cifra de víctimas del virus, sencillamente purgó el concepto de “coronavirus” de la política pública de su país.

Lo anterior como reflejo extremo del recurso del negacionismo a la catástrofe en la salud de los pueblos. El típico “no hay que exagerar”, complementado por una oportuna referencia al nivel de desempleo como resultado del freno a la economía, fue recitado como mantra por los cultores de esta “política de los avestruces”, en alusión al ave que oculta su cabeza ante circunstancias adversas. Y aunque no son los únicos líderes que han cultivado dicha aproximación al COVID-19, sin duda Trump y Bolsonaro son escrutados con lupa al ser sus dos estados los que tienen los recuentos más dramáticos del orbe en contagios y fallecidos. Dicha realidad contrasta con sus fraseologías legadas con motivo de la pandemia, destacando la “simple gripe” con que Trump la calificó en febrero, emulada al mes siguiente por Bolsonaro, que la tachó de “apenas una gripecita”, acusando a los medios de comunicación de construir una fantasía.

Posteriormente, la contundencia de letalidad y el explosivo número de infecciones relativizó sus primeras afirmaciones, consintiéndose algunas medidas. Trump aceptó prolongar políticas de confinamiento propuestas por gobernadores de la Unión. Mientras Bolsonaro propuso el aislamiento vertical, para tercera edad y población inmunodeprimida –ignorando que en América Latina el principal factor de riesgo no es el etario sino el domicilio de sectores vulnerables por sus condiciones de hacinamiento–, descartando las cuarentenas. Ambos se parapetaron en el daño a la economía y en contra de autoridades regionales y locales.

Finalmente, llegó el turno de ciertos fármacos que fueron recomendados por ambos jefes de Estado, a pesar que no había evidencia acumulada de su eficacia contra el COVID-19. En conferencia de prensa, Trump aconsejó la hidroxicloroquina, usada contra la malaria y el lupus, como medicina al germen. Lo anterior pese a que las pruebas para tratar el coronavirus fueran suspendidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), como precaución ante el riesgo de efectos colaterales de tipo cardiaco. El turno de Bolsonaro llegó el martes 7 de julio pasado, cuando declaró haber contraído la enfermedad y estar consumiendo dicha droga como antídoto.

Frente a este tipo de liderazgos, la prensa ha destacado con justicia el papel de mujeres al frente de gobiernos con eficiente gestión pandémica, sobresaliendo la canciller alemana, Angela Merkel, o las primeras ministras de Nueva Zelandia, Jacinda Ardern, y Noruega, Erna Solberg. En nuestra región, el manejo de crisis sanitaria de Uruguay y Costa Rica, sin ser dirigido por jefaturas femeninas, ha sido también virtuoso. Sin embargo, una dimensión que no suele advertirse de todas estas administraciones es que son encabezadas por militantes de los cuestionados partidos que convergieron en el orden o consenso liberal de post Guerra Fría, aquel que populistas de derechas e izquierdas pretenden minar.

Lo anterior no significa en todo caso un retorno absoluto a un consenso horadado por las contradicciones de un modelo que benefició solo a algunos. La actual pandemia se asemeja a un laberinto cretense, aunque sin el hilo de Ariadna que pueda guiar por completo a su salida. En un contexto con más dudas que certezas respecto a la forma de comportamiento del virus, donde lo único claro es su contención por medio de distanciamiento físico, medidas higiénicas y cuarentenas, podríamos quedar atrapados en un bucle populista. Como decía Cassirer, “si la razón nos falla, queda siempre una última ratio, queda el poder de lo milagroso y lo misterioso”.

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