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Reflexiones entre el 18 de octubre y el plebiscito

por 24 octubre, 2020

Reflexiones entre el 18 de octubre y el plebiscito
Debemos sentarnos a la mesa, sin exclusiones, discutir todo lo que haya que discutir a puertas abiertas, las horas y días que sean necesarios, pero salir con un solo objetivo: unidad para cambiar Chile. Unidad para que se retome el crecimiento y sea para todas y todos, no para unos pocos. No hay otro camino para recuperar la inversión, levantar la economía y el empleo. Paralelamente, el proceso constituyente debiera servir para fortalecer nuestra democracia. El cambio comienza con un lápiz de pasta azul y con la responsabilidad de todos. El plebiscito para la nueva Constitución es nuestro inicio para sanar como país, reconstruirlo entre todas y todos. Está en juego el futuro de Chile. Tengo la convicción que si estamos juntos, no hay nada imposible.
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Escribo estas líneas sobre lo que estamos viviendo, a escasos días del plebiscito y luego de registrarse el primer aniversario del 18 de octubre. Confieso que en los últimos días no ha dejado de darme vueltas esta última fecha: ¿Cómo llegamos a todo lo que vivimos a partir de ese día? ¿Qué errores cometimos? ¿Qué errores cometí en lo que me correspondía? ¿Aprendimos la lección realmente? Lo he conversado con amigos, con mi familia. La verdad, cada vez que pienso en esos días, no he dejado de emocionarme.

Me pregunto por qué casi todo ha girado en torno a las acciones vandálicas de los violentos, que tanto daño han provocado; por qué si gran parte de lo que hoy ocurre en las calles es una consecuencia de errores que se cometieron desde la política y desde la elite. En parte, es porque la atención mediática siempre está en el conflicto y porque el Gobierno prefiere culpar a los demás. Muchos de quienes hoy tienen rabia, quienes hoy se manifiestan violentamente, son el resultado y no el origen de muchas cosas que hicimos mal.

¿Dónde están las raíces de la violencia? Esta es la pregunta que aún eludimos. Nos centramos más bien en los síntomas malignos, en vez de tratar de entender los impulsores de este fenómeno. No justifico actos violentos. Rechazo tajantemente la violencia, venga de donde venga. Más aún: al final, todos estos actos de destrucción afectan principalmente a sectores esforzados que los sufren, así como también a quienes los realizan. Del lado de las víctimas, pienso en mi madre que forraba botones en un quiosco en Estación Central, donde apenas ella cabía. Pienso en el señor de la pequeña tienda que logró instalar con mucho esfuerzo, pienso en la comerciante ambulante y en quienes lo han perdido todo. Ellos no son los responsables.

En la nueva Constitución deben estar las bases de un nuevo modelo de desarrollo, que luego oriente una política fiscal recaudatoria y progresiva para sustentar las reformas estructurales que el país necesita. Será impostergable un gran Pacto Social que imagine al Chile de la próxima década. Necesitaremos unidad para que los derechos sociales estén garantizados en la nueva Constitución y nunca más un Gobierno haga oídos sordos. Unidad para que nunca más la gente, los chilenos y chilenas, se sientan huérfanos, sin la protección del Estado en uno de los momentos más tristes de nuestra historia. Unidad política y unidad social para resolver los problemas que vive nuestra patria.

Frente a la violencia, el Gobierno debe actuar preventivamente y garantizar que no se volverán a cometer violaciones a los DDHH por manos de agentes del Estado. Señor Presidente, este es su deber. Cúmplalo.

Lo ocurrido no fue responsabilidad de un Gobierno u otro, tampoco de las izquierdas o derechas. Todas y todos fuimos responsables, perdimos la confianza de la gente, se hicieron compromisos que no se cumplieron, hubo corrupción, sentimos temor a los cambios osados y a los obstáculos constitucionales, no llegamos a construir
acuerdos en temas donde nuestros compatriotas nos pedían soluciones urgentes. Avanzamos, sí, y mucho; el país cambió para bien desde 1990 hasta ahora. Pero fallamos en concordar e implementar un modelo de desarrollo solidario. Disminuyó dramáticamente la pobreza, pero las desigualdades continuaron en ingreso, en género, en lo regional y en trato. La elite empresarial se sentía muy cómoda y nuestro desafío al poder fue insuficiente.

Esta autocritica parte conmigo mismo. Con mi partido. Con el rol de la oposición. No hemos estado a la altura de las circunstancias.

Hemos perdido muchísimo tiempo en rencillas que en nada benefician a nuestro país. Los nuevos actores que llegaron a la escena política han terminado velando por su propio metro cuadrado. En proyectos importantísimos nos hemos dividido, no hemos sido capaces de sentarnos y tomar acuerdos, aunque sean mínimos, a nivel programático. ¿Qué más tiene que pasar en Chile para que tomemos conciencia de nuestra responsabilidad?

No perdamos más tiempo. Para partir, pido sinceramente disculpas por los errores que pude haber cometido y por no haber tenido más fuerza e insistencia en defender estas convicciones.

La pandemia ha golpeado a las personas en su vida diaria, con pérdidas de empleos, enfermedad y muerte, especialmente entre los sectores más vulnerables. La clase media, las mujeres y las personas con menos escolaridad han sentido con mayor fuerza el dolor de la pandemia, que solo ha evidenciado la desigualdad subyacente de nuestro país.

Vamos a una noche larga donde enfrentaremos un período de cesantía, incremento de la pobreza e incertidumbre. Allí debe estar el Estado para proteger a los más vulnerables. Esa será una tarea imperativa.

La unidad será impostergable para lo que viene. No se trata solo de la búsqueda de la unidad opositora. Eso no basta. Asumamos que el Gobierno no dará respuesta a los problemas que hoy viven las chilenas y los chilenos. Este Gobierno ya no lo hizo. Tenemos una responsabilidad mayor, quizás la más grande desde el retorno de la democracia: Chile nos pide a gritos UNIDAD.

El país se encuentra dividido y no podemos seguir en este camino.

En Chile cabemos todos.

Debemos sentarnos a la mesa, sin exclusiones, discutir todo lo que haya que discutir a puertas abiertas, las horas y días que sean necesarios, pero salir con un solo objetivo: unidad para cambiar Chile. Unidad para que se retome el crecimiento y sea para todas y todos, no para unos pocos. No hay otro camino para recuperar la inversión, levantar la economía y el empleo. Paralelamente, el proceso constituyente debiera servir para fortalecer nuestra democracia.

En la nueva Constitución deben estar las bases de un nuevo modelo de desarrollo, que luego oriente una política fiscal recaudatoria y progresiva para sustentar las reformas estructurales que el país necesita. Será impostergable un gran Pacto Social que imagine al Chile de la próxima década. Necesitaremos unidad para que los derechos sociales estén garantizados en la nueva Constitución y nunca más un Gobierno haga oídos sordos. Unidad para que nunca más la gente, los chilenos y chilenas, se sientan huérfanos, sin la protección del Estado en uno de los momentos más tristes de nuestra historia. Unidad política y unidad social para resolver los problemas que vive nuestra patria.

Es hora de sanar, aprender de nuestros errores, sacar las verdaderas lecciones y ser consecuentes con lo que decimos.

El cambio comienza con un lápiz de pasta azul y con la responsabilidad de todos. El plebiscito para la nueva Constitución es nuestro inicio para sanar como país, reconstruirlo entre todas y todos. Está en juego el futuro de Chile. Tengo la convicción que si estamos juntos, no hay nada imposible.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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