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Por una democratización de la representación

por 16 mayo, 2021

Por una democratización de la representación
Más allá del derecho a manifestarse y a la organización ciudadana, las elecciones son la única y principal forma de legítima participación política. Sin embargo, el régimen representativo, una vez finalizado el proceso electoral, impide al pueblo toda otra forma de participación política real, permitiendo a los elegidos gobernar, pero sin el pueblo.
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Este 15 y 16 de mayo de 2021 se realizarán las elecciones para elegir a los miembros de la Convención Constitucional, cuyo objetivo es redactar una nueva Constitución. La Convención estará compuesta por 155 miembros y tendrá entre 9 a 12 meses para presentar un nuevo texto constitucional. A mediados de 2022, la ciudadanía deberá, en un nuevo plebiscito de salida, aprobar o rechazar la nueva Constitución. Sin duda, este proceso representa una verdadera oportunidad de democratización de la democracia y para otros un verdadero peligro, porque hace tambalear el actual orden constitucional.

En estos días de elecciones, se hace necesario establecer una categórica diferencia entre lo que entendemos por democracia y lo que se entiende por gobierno representativo, siendo este último el régimen triunfante en los sistemas políticos contemporáneos occidentales desde fines del siglo XVIII. Abraham Lincoln definió la democracia come el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Si lo pensamos bien, nuestro actual sistema político nos permite, y con mucho esfuerzo, sostener solo la primera sentencia.

La Convención Constitucional tendrá, sin duda, la tarea de elevar el estándar democrático y crear nuevas instancias de participación política para y con la ciudadanía. Por el momento, y particularmente este fin de semana, solo podemos elegir a nuestros representantes constituyentes. Por lo mismo, en un gobierno representativo la representación política debe entenderse como “la reproducción o la fehaciente copia de los componentes del universo social”. Si bien su exactitud puede resultar ilusoria, la persecución de dicho principio nos podrá conducir a una mejor legitimación de nuestras imperfectas “democracias”.

Efectivamente, más allá del derecho a manifestarse y a la organización ciudadana, las elecciones son la única y principal forma de legítima participación política. Sin embargo, el régimen representativo, una vez finalizado el proceso electoral, impide al pueblo toda otra forma de participación política real, permitiendo a los elegidos gobernar, pero sin el pueblo.

De este modo, la elección no es un sinónimo de democracia. No existe Estado en el mundo donde no las haya y hasta el régimen más autoritario las tiene. Las elecciones son una carrera competitiva desleal, donde el principio de igualdad no es en absoluto la tónica de las campañas políticas. Bien es sabido que estas responden, en gran medida, a los intereses de sus financistas y no del bien común. Siendo, este último en sí mismo, el principio rector de esta forma de organización social llamada Estado.

En la antigüedad, los ciudadanos de la democracia ateniense que conformaban la Ecclesia o asamblea, elegían “por sorteo” al Tribunal Supremo o Heliea, compuesto por 6 mil miembros y al Senado o Boulé, compuesto por 500 miembros. Solamente 10 miembros de la asamblea eran elegidos como magistrados, cuyo deber era dirigir la cité de Atenas por un año y comandar al ejército, bajo el control permanente de la Boulé. De este modo, el sorteo anula toda forma de competición y pone en pie de igualdad a todos los ciudadanos sin ninguna distinción, suprime el oligárquico “principio de distinción” de los elegibles y permite que, los que eligen, también puedan ser elegidos.

En octubre 2019, Francia realizó la “Convención Ciudadana por el Clima”, donde 150 ciudadanos designados por sorteo definieron 149 medidas para reducir les emisiones de gases de efecto invernadero en un 40 % de aquí al 2030 con relación a 1990, siendo una experiencia inédita, aunque todavía imperfecta.



La Convención Constitucional tendrá, sin duda, la tarea de elevar el estándar democrático y crear nuevas instancias de participación política para y con la ciudadanía. Por el momento, y particularmente este fin de semana, solo podemos elegir a nuestros representantes constituyentes. Por lo mismo, en un gobierno representativo la representación política debe entenderse como “la reproducción o la fehaciente copia de los componentes del universo social”. Si bien su exactitud puede resultar ilusoria, la persecución de dicho principio nos podrá conducir a una mejor legitimación de nuestras imperfectas “democracias”.

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