sábado, 27 de noviembre de 2021 Actualizado a las 07:15

LA CRÓNICA CONSTITUYENTE

Y ahora, de lo testimonial a lo constitucional

por 24 octubre, 2021

Y ahora, de lo testimonial a lo constitucional

Crédito: Aton

Romper la lógica de bancadas que compiten entre sí para pasar a la construcción conjunta es la gran tarea que se viene y en las votaciones de las comisiones temática reinó una improvisación entre los distintos colectivos muy superior a lo esperado, resolviéndose a punta de acuerdos espontáneos. Paralelamente, cada uno de nosotros, esta vez como individuo, tuvo su espacio en el pleno para explicar en sus “discursos de apertura” qué lo trajo hasta aquí, en qué consisten sus expectativas, cómo habita esta navegación incierta. Y lo que hemos visto ha sido un muestrario del Chile actual, de su historia reciente, sus demandas, deudas, temores y esperanzas. Ahora, la tarea que nos espera es pasar de la fase testimonial a la fase conceptual y de escritura de la nueva Constitución Política de la República de Chile.
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El lunes 18, después de una semana dando cuenta del trabajo realizado hasta aquí, respondiendo inquietudes y escuchando aquello que los vecinos de nuestros distritos esperaban de nosotros, los convencionales volvimos a encontrarnos en el edificio del ex Congreso para comenzar la etapa decisiva de este proceso constituyente, aquello para lo que fuimos elegidos: la escritura de la nueva Constitución Política de la República de Chile.

Ese día se cumplían dos años desde que comenzó el Estallido Social. Alguien escribió que durante los meses en que estuvo vivo, “estalló la calma, el silencio, la discreción, lo callado / la jerarquía, las disciplina, la estructura, el armado / la paciencia, la templanza, la continencia, lo controlado / la tradición, la experiencia, lo viejo, lo oxidado / el neoliberalismo, el socialcristianismo, lo concertado / los partidos, los sindicatos, las iglesias, lo venerado / los padres, los abuelos, los modales, lo heredado”.

Fuimos citados a las 15.30 hrs. Quienes hasta entonces habíamos ocupado el hemiciclo, intercambiamos nuestros puestos con los de las salas laterales. “Estamos sufriendo una expropiación indebida”, bromeó un compañero de izquierda. “Esto de compartir los privilegios no me gusta nada”, le respondí yo. Lo cierto es que trabajar frente a la gran pintura de Thomas Somerscales en que los cuatro barcos de la Primera Escuadra Nacional surcan con las velas hinchadas un océano lleno de cabritas, me permitió viajar con la imaginación mientras se votaban indicaciones muchas veces aburridísimas. Pensar que esa misma imagen acompañó a otros mientras se discutía el voto de las mujeres o la ley de Reforma Agraria, me invitaba a navegar por los mares de la historia cuando el presente se volvía monótono. En alguna parte leí que hasta antes del golpe cada diputado tenía un cenicero y que los tuvieron que atornillar a los escritorios después que Mario Palestro le arrojó el suyo a cierto derechista que colmó su paciencia. Esa película secreta que habita en el hemiciclo se diluye en las “mesas del pellejo”.

Algunos temían que la pasión octubrista se apoderara de la Convención. Marcela Cubillos, Carol Bown y otros militantes de la UDI habían insistido en que la coincidencia del inicio de esta nueva etapa con el aniversario del estallido no era casual, sino parte de un plan destinado a exacerbar los ánimos. Durante los últimos días habían explicitado su apuesta por el fracaso de la constituyente y todo lo que sirviera para identificarla con la violencia les era funcional a tal propósito. Si allí primaban los discursos incendiarios sus aspiraciones correrían sobre ruedas, pero nada de eso sucedió. Los miembros de la mesa, si bien recordaron que nuestro proceso era hijo de la movilización social, mayoritariamente enfatizaron su función encauzadora.

Como esa tarde se esperaban desórdenes y no pocos temían que hubiera manifestaciones en torno a la Convención, la sesión fue breve y, para desilusión de épicos y catastrofistas, carente de aspavientos. A continuación, se constituyeron algunas de las comisiones temáticas para elegir a sus coordinadores. Las otras lo hicieron al día siguiente. El cómo quedaran conformadas esas mesas de trabajo serviría para ver el peso de cada una de las fuerzas políticas. En su afán polarizante, los sectores más duros de la derecha insistían en declarar por los medios que quien mandaba era el Partido Comunista. “Ellos ponen la música y todos bailan a su ritmo”, aseguraban.

Lo cierto es que estas votaciones, en las que reinó una improvisación entre los distintos colectivos muy superior a lo esperado, se resolvieron a punta de acuerdos espontáneos. La mayoría de las coordinaciones quedaron en manos del Frente Amplio y del Colectivo Socialista, ratificando que es en torno a ellos que se está construyendo el eje político central del proceso constituyente, con la complicidad de los INN y los del Apruebo. Desde ahí se articula la conversación con ambos bordes del espectro. Adolfo Millabur y Rosa Catrileo, por su parte, confirmaron el liderazgo del sector mapuche más dialogante en ámbito de los escaños reservados y los movimientos sociales. No es que reine un acuerdo claro entre todas estas partes. La construcción de confianzas es todavía embrionaria y abundan las sospechas entre unos y otros. Romper la lógica de bancadas que compiten entre sí para pasar a la construcción conjunta es la gran tarea que se viene. Son muchos más los puntos de acuerdo que los en disputa entre estos grupos. De hecho, no es fácil reconocer las diferencias a la hora de pensar en el texto constitucional y, no obstante, los vicios de la política parlamentaria, esa que vive de la medición de fuerzas y el gusto de ganarle al equipo de en frente se filtra con más frecuencia de la deseable. En cada uno de estos lotes hay a su vez disputas internas entre aquellos que responden a lógicas políticas más tradicionales y quienes entienden que estamos ante un evento de características muy propias y únicas, donde no hay éxito posible si no es compartido por una inmensa mayoría.

La tarea que nos espera es pasar de la fase testimonial a la fase conceptual. Es de suponer que estos “discursos de apertura” son al mismo tiempo el cierre del período de presentación, ése en que el país que construirá el acuerdo por venir se manifiesta ya no a través de los gritos callejeros, sino desde un lugar de atención y respeto. Cada uno de nosotros, al exponer sus motivos y realidades, representa un trozo de ese Chile que ahora buscará diseñar su senda futura. En lo que viene, la mirada debe salir de nosotros mismos para ponerse más allá, en un terreno donde la razón es la lengua común y, nuestro objetivo, las normas que hagan posible un mundo más justo y democrático para otros, para los otros que seremos y los otros que vendrán, y que al cabo de vaya uno a saber cuántos años, aciertos y fracasos, volverán a cobrar otras deudas, ojalá menos dolorosas, que los obligarán a ponerse de acuerdo una vez más para saldarlas con miras a sus descendientes, y así sucesivamente.

Paralelamente, cada uno de nosotros, esta vez como individuo, tuvo su espacio en el pleno para explicar qué lo trajo hasta aquí, en qué consisten sus expectativas, cómo habita esta navegación incierta. Y lo que hemos visto ha sido un muestrario del Chile actual, de su historia reciente, sus demandas, deudas, temores y esperanzas.

“Mi nombre es Loreto Cristina Vallejos Dávila. Crecí en Gómez Carreño, una población de los cerros de Viña, en medio de un peladero de tierra, lejos de las luces del Festival y las playas del verano, una población llena de desigualdades y carencias”. “Somos comunidades, somos pueblos, somos territorios, somos cuerpos de agua”, arranco Camila Zárate. Eric Chinga tocó su bombo chayero antes de tomar la palabra en el podio. Alvin Saldaña subió con un báculo de arrayán. “Soy Alejandra Pérez Espina, sobreviviente de un cáncer de mamas, dueña de casa, mujer manifestante”, dijo con el torso desnudo y la leyenda “hasta que valga la pena vivir” escrita sobre sus pechos ausentes, mientras equilibraba sus anteojos encima de una cabellera azul, mientras el secretario John Smok la miraba atónito. “Mi nombre es Constanza Schonhaut Soto… vengo de la educación pública y del peso del endeudamiento…soy hija y nieta de madres solteras, y me presento, porque para mí la política se hace desde lo que somos y donde nos paramos en la vida”. Cada indígena saluda en su lengua. “Soy Isabella Brunilda Mamani Mamani… mujer aymara, hija de la Pachamama y el tata Inti, guiada por la hoja de coca…Nací en Camiña, crecí entre cerros y valles. Mis padres, panaderos, agricultores y artesanos. “La dignidad es la cualidad de una persona que no deja que la humillen ni degraden”, aseguró Cristóbal Andrade, el dinosaurio azulado, miembro del pueblo evangélico. Son muchas y muchos los que interrumpen sus exposiciones ahogados por el llanto. Emoción y nerviosismo. Los que vienen de regiones, enumeran los pueblos que las componen. Casi todos recuerdan a sus familias: sus padres, madres, parejas, hijos e hijas, cada uno de ellos llamado por su nombre. “Soy inmigrante judía”. “Desciendo de árabes”. “Única solución, ¡ecoconstitución!” gritaron varios al terminar sus ponencias.  “Se acerca, caballeros, el garzón con todas las facturas”, aseguró Baradit.

Buena parte de quienes están aquí son la primera generación de profesionales. Hijos del progreso de las últimas décadas y al mismo tiempo herederos de una deuda. Un 40% de los miembros de esta Convención tiene menos de 40 años. Según un amigo, son víctimas de la doctrina que detestan: “se contagiaron con el espíritu neoliberal  de la individuación y subjetivación a ultranza”, me dijo. Para muchos de ellos, la Historia es la historia de sus vidas. “Estamos ante un evento sanador”, me dijo otro. “Y fíjate que estas historias que salen del anonimato las escucho mientras los milicos se llevan los huesos del soldado desconocido, entre gallos y medianoche, de la Plaza Dignidad”.

La tarea que nos espera es pasar de la fase testimonial a la fase conceptual. Es de suponer que estos “discursos de apertura” son al mismo tiempo el cierre del período de presentación, ése en que el país que construirá el acuerdo por venir se manifiesta ya no a través de los gritos callejeros, sino desde un lugar de atención y respeto. Cada uno de nosotros, al exponer sus motivos y realidades, representa un trozo de ese Chile que ahora buscará diseñar su senda futura. En lo que viene, la mirada debe salir de nosotros mismos para ponerse más allá, en un terreno donde la razón es la lengua común y, nuestro objetivo, las normas que hagan posible un mundo más justo y democrático para otros, para los otros que seremos y los otros que vendrán, y que al cabo de vaya uno a saber cuántos años, aciertos y fracasos, volverán a cobrar otras deudas, ojalá menos dolorosas, que los obligarán a ponerse de acuerdo una vez más para saldarlas con miras a sus descendientes, y así sucesivamente.

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