Opinión
¿De qué modelo de libertad, igualdad, justicia y amor estamos hablando?
Quienes se inclinan por la opción del Apruebo a esa propuesta de nueva Constitución, eligen un modelo de libertad, de igualdad, de justicia y de amor; i) para todas(os) las(os) habitantes de Chile, y no solo para unas(os) pocas(os); ii) con especial consideración a los colectivos en situación de antiguas, oprobiosas y desfiguradoras asimetrías, como las que han afectado, y afectan, a pueblos y naciones aborígenes, a niñas, niños y adolescentes, a mujeres y a diversidades afectivo-sexuales, removiendo tales asimetrías; iii) con especial atención y respeto a los seres sintientes animales y a los sistemas de la naturaleza; y iv) con capacidad para resolver adecuadamente la situación del actual caduco modelo institucional y de convivencia, y responder adecuadamente al clamor que estremece a Chile, canalizando debidamente ese clamor, inaugurando y garantizando la posibilidad, y concreción, de una convivencia pacífica y ordenada entre las(os) habitantes de Chile.
Los modelos de libertad, de igualdad, de justicia y de amor, son muy diversos. Varían según el domicilio existencial y vital de cada una(o), y de los colectivos a que se está adscrito.
No cabe duda de que todos los seres humanos somos iguales en dignidad y derechos: y, por ello, legítimos locutores e interlocutores en la trama societaria, legítimos disputadores del poder, legítimos creadores y/o cultores de modelos de convivencia.
Tampoco cabe duda de que, en todas las áreas y ámbitos, individual y colectivamente, los fenómenos de la existencia y de la vida se desenvuelven con sujeción al proceso y dinamismos evolutivos: desde lo más simple hacia lo más complejo; desde lo más bruto hacia lo más sensible e inteligente; desde lo más inconsciente hacia lo más consciente; desde lo más violento hacia lo más respetuoso; desde lo más inexpresivo hacia lo más expresivo; desde lo más uniforme hacia lo más diverso; desde lo más básico hacia lo más significativo; desde la sujeción y sojuzgamiento hacia la autonomía y la liberación; desde la satisfacción de las necesidades básicas orgánicas hacia la satisfacción de las necesidades emocionales, cognitivas, transcognitivas.
En ese proceso y dinamismos evolutivos podemos distinguir, pues, diferentes estadios de evolución: desde los más rudos, pasando por los medianamente rudos, hasta los cultivados y los muy cultivados.
En un esquema preliminar se distinguen cuatro estadios evolutivos, tanto en lo singular/individual como en lo colectivo/societario: el preconvencional, el convencional, el postconvencional [Kohlberg (1992), 1 y ss., cit. por Salvat, 2002, 206, nota a pie página nº3) , y el post/postconvencional [Wilber, [1997] (2001), 222].
En el estadio preconvencional predomina lo sensorio-motor, los dominios preoperacionales –impulso, imagen, símbolo, concepto–, la necesidad de protección, la necesidad de identidad impulsiva; y genera una percepción de realidad y perspectiva de mundo arcaica-mítica. La conducta moral del sujeto queda enmarcada en las relaciones familiares y es motivada por los castigos/premios.
En el estadio convencional predomina la sujeción a determinada regla o rol, el yo-conformista, el ego individualista; y genera una percepción de realidad y perspectiva de mundo mítico-racional. La conducta moral del sujeto se ciñe a las reglas establecidas por las autoridades de diversa fuente que existen en la sociedad en que vive.
En el estadio postconvencional predomina/n lo lógico-formal, el contrato social, los principios universales; y genera una percepción de realidad y perspectiva de mundo racional. La conducta moral del sujeto se basa en una elección libre de la que puede dar explicación argumentada, asumiendo su responsabilidad.
En el estadio post/postconvencional predomina/n las estructuras psíquicas, lo causal/no-causal, lo dual/no-dual, lo transcognitivo o transracional; y genera una percepción de realidad y perspectiva de mundo profunda, global, total, sabia, de la realidad.
Cada uno de esos estadios evolutivos alumbra su específico modelo de libertad, de igualdad, de justicia y de amor.
En el estadio preconvencional la libertad, la igualdad, la justicia, y el amor, se propugnan y garantizan para sí, y para los más próximos en la sangre o los afectos; con exclusión de las(os) otras(os), que no son considerados como legítimos(as) otras(os) con derecho a esos bienes. Y con un fuerte y drástico sistema de defensa, y de sanciones, en aras de resguardar ese orden de círculo extremadamente estrecho.
En el estadio convencional la libertad, la igualdad, la justicia y el amor se propugnan y garantizan para sí, para los más próximos en la sangre o los afectos, y para algunas(os) otras(os), que son aquellos(as) que se estiman similares o parecidos, en razón de la afinidad de ideología/pensamiento, únicas(os) que son consideradas(os) como legítimos(as) otras(os) con derecho a esos bienes. Y, asimismo, con un fuerte y drástico sistema de defensa, y de sanciones, en aras de resguardar ese orden de círculo algo menos estrecho.
En el estadio postconvencional la libertad, la igualdad, la justicia y el amor se propugnan y garantizan para sí, para los más próximos en la sangre o los afectos, y para todos los seres humanos, pues todos son consideradas(os) como legítimos otros con derecho a esos bienes, en un contexto en que se reconoce la autoridad de cada sujeto y de cada colectivo que integra, en su ejercicio de argumentación informada y lúcida, y de decisiones autónomas y responsables. Y con un robusto sistema de garantía en aras de resguardar ese orden amplio e inclusivo de convivencia.
En el estadio post/postconvencional la libertad, la igualdad, la justicia y el amor se propugnan y garantizan para sí, para los más próximos en la sangre o los afectos, y para todos los seres humanos –pues todos(as) son consideradas(os) como legítimos(as) otros(as) con derecho a esos bienes, en un contexto en que se reconoce la autoridad de cada sujeto y de cada colectivo que integra, en su ejercicio de argumentación informada y lúcida, y de decisiones autónomas y responsables–; con especial consideración a los colectivos y sus integrantes, en situación de antiguas, oprobiosas y desfiguradoras asimetrías, como las que han afectado, y afectan, a pueblos y naciones aborígenes, a niñas, niños y adolescentes, a mujeres y a diversidades afectivo-sexuales, removiendo tales asimetrías; incluyendo y resguardando a todos los seres sintientes, y los sistemas de la naturaleza, planetarios y cósmicos, que sostienen y hacen posible, en una homeostasis múltiple, los fenómenos de la existencia y la vida. Y, asimismo, con un robusto sistema de garantía en aras de resguardar ese orden integral, profundo, sabio, de convivencia.
¿En qué estadio evolutivo se sitúa, predominantemente, Chile y, más ampliamente, Latinoamérica? Como expresa Salvat [Salvat (2002), págs. 206-207 ], las sociedades latinoamericanas son sociedades “… en las cuales predomina una conciencia y un juicio moral que aún parece moverse impulsado por el ir y venir del ‘palo y la zanahoria’”, esto es, de acuerdo a la clasificación antes señalada, sociedades situadas, predominantemente, en los estadios de desarrollo preconvencional y convencional. Vale decir, conformadas por sujetos, individuales y colectivos, cautivados por lo sensorio-motor, lo impulsivo, las impresiones, la vehemencia de la sobrevivencia, la confusión con las otredades, el sometimiento a la autoridad externa local y la sujeción a determinada regla o rol locales, de diversas fuentes, un yo individualista y conformista, la necesidad de mítico-pertenencia, con un ejercicio de racionalidad de despliegue restringido, la absolutización de los vínculos de sangre o de afectos más próximos, y con aquellas(os) que se estiman similares o parecidos, en razón de la afinidad de ideología/pensamiento, y la no percepción de la legitimidad de otros vínculos más allá de aquellos límites; y un itinerar desde el susto, el miedo, el temor, la angustia, el riesgo del castigo, y la expectativa de recibir estímulos o retribuciones que alivien la situación de constreñimiento en que tales sujetos se encuentran.
De manera que, de cara a Chile, en cuanto residiendo predominantemente en esos estadios preconvencional y convencional, la libertad, la igualdad, la justicia y el amor tienden a propugnarse y garantizarse para cada una(o) de quienes detentan el poder político, económico, social y cultural, para los más próximos en la sangre o los afectos, y para aquellas(os) que se estiman similares o parecidos, en razón de la afinidad de ideología/pensamiento; con exclusión de todas(os) las(os) otras(os), que no son consideradas(os) como legítimos otras(os) con derecho a esos bienes; con exclusión, especialmente, de los colectivos en situación de antiguas, oprobiosas y desfiguradoras asimetrías, como las que han afectado, y afectan, a pueblos y naciones aborígenes, a niñas, niños y adolescentes, a mujeres y a diversidades afectivo-sexuales; y con exclusión, asimismo, de todos los seres sintientes, y de los sistemas de la naturaleza, planetarios y cósmicos, que son considerados como meros recursos objeto de explotación sin límite. Junto a un fuerte y drástico sistema de defensa, y de sanciones, en aras de resguardar ese orden de círculo estrecho.
La Constitución de 1980 está, precisamente, alojada en esos estadios evolutivos preconvencional y convencional. Solo pudo imponerse en el contexto del sojuzgamiento de los habitantes de los territorios que conforman Chile, a través de un uso ilegítimo de las armas, y con persecución, exclusión y aniquilamiento de quienes pensaban distinto; y la jibarización y sedación de quienes sobrevivieron a ese proceder brutal.
Esa Constitución de 1980 trasunta y establece un caduco modelo institucional y de convivencia en el que las(os) beneficiadas(os) son unas(os) pocas(os).
En Chile, como en el planeta en general, sus habitantes, de manera creciente, dejando el estado de sojuzgamiento, han estado, y están, poniéndose de pie e incorporándose, con un terminante y contundente clamor de dignidad. Es un “Basta!” que se ha escuchado, y se escucha, en Chile y en diferentes regiones del planeta [Castells, 2019] .
Ese clamor está enraizado en un cambio de época, que a su vez está inscrito en un nuevo despliegue evolutivo, a niveles local y planetario. Por ello, ese clamor es de altísima potencia. Y su encauzamiento institucional y normativo es indispensable, prioritario y urgente.
En cuanto a Chile, ese clamor ha abierto, y abre, un espacio societario e institucional que, poderosa y caudalosamente, amplía, de manera muy significativa, los muy estrechos límites de la libertad, la igualdad, la justicia y el amor, instaurados por unas(os) pocas(os), a partir del golpe de Estado de septiembre de 1973.
La propuesta de nueva Constitución del presente año 2022, que será objeto de plebiscito el próximo 04 septiembre, está alojada, predominantemente, en el estadio evolutivo postconvencional, y con valiosos elementos propios del estadio evolutivo post/postconvencional.
Se ha elaborado por un órgano convencional cuyos integrantes fueron elegidos, vía democrática, en votación libre e informada; y que desempeñó su función, democráticamente, en un espléndido ejercicio de argumentación informada y lúcida, y de decisiones autónomas y responsables.
Esa propuesta de nueva Constitución trasunta y establece un nuevo modelo de convivencia en el que la libertad, la igualdad, la justicia y el amor se propugnan y garantizan para quienes detentan el poder político, económico, social y cultural, para sus más próximos en la sangre o los afectos, y para todos los seres humanos, sin exclusiones; removiendo antiguas, oprobiosas y desfiguradoras asimetrías, como las que afectan a pueblos y naciones aborígenes, a niñas, niños y adolescentes, a mujeres y a diversidades afectivo-sexuales; con especial atención y respeto a los seres sintientes animales y a los sistemas de la naturaleza.
En perspectiva de la historia constitucional chilena, Palma [Palma (2022), págs. 15-29; 273-285] sitúa, clarificadora y fundadamente, la muy alta relevancia que esa propuesta de nueva Constitución tiene en la configuración, en clave evolutiva, del presente y del futuro de Chile; y el lugar que ocupa en la itinerancia histórica de los varios modelos constitucionales que ha habido en Chile.
De cara al plebiscito del próximo 04 septiembre de 2022, en el contexto de una publicidad y propaganda política tergiversadora y engañosa, es preciso distinguir, pues, lúcidamente, de qué modelo de libertad, de igualdad, de justicia y de amor se habla.
Quienes se inclinan por la opción del Rechazo a esa propuesta de nueva Constitución, eligen un modelo de libertad, de igualdad, de justicia y de amor solo para unas(os) pocas(os). Que mantiene la situación del actual caduco modelo institucional y de convivencia, que no responde adecuadamente al clamor que estremece a Chile, y que compromete, negativamente, la posibilidad de una convivencia satisfactoria, pacífica y ordenada entre las(os) habitantes de Chile.
Quienes se inclinan por la opción del Apruebo a esa propuesta de nueva Constitución, eligen un modelo de libertad, de igualdad, de justicia y de amor; i) para todas(os) las(os) habitantes de Chile, y no solo para unas(os) pocas(os); ii) con especial consideración a los colectivos en situación de antiguas, oprobiosas y desfiguradoras asimetrías, como las que han afectado, y afectan, a pueblos y naciones aborígenes, a niñas, niños y adolescentes, a mujeres y a diversidades afectivo-sexuales, removiendo tales asimetrías; iii) con especial atención y respeto a los seres sintientes animales y a los sistemas de la naturaleza; y iv) con capacidad para resolver adecuadamente la situación del actual caduco modelo institucional y de convivencia, y responder adecuadamente al clamor que estremece a Chile, canalizando debidamente ese clamor, inaugurando y garantizando la posibilidad, y concreción, de una convivencia pacífica y ordenada entre las(os) habitantes de Chile.
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