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Una idea excelente, pero en una oportunidad pésima Opinión

Una idea excelente, pero en una oportunidad pésima

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Una Constitución debe y tiene que ser fruto de una acción común de la sociedad y sus representantes y, para ello, se necesita un clima público adecuado, en su forma y en su fondo. Nada de eso existió en el Chile posterior al estallido de octubre 2019. Mucho más adecuado a los tiempos habría sido llegar a un acuerdo, de muro a muro, que declarara por terminada la Constitución existente y entrar a un periodo determinado de interregno constitucional con leyes básicas temporales que permitan el funcionamiento de la democracia y sus instituciones. Sin duda, esto exige una madurez cívica, responsabilidad social y deseo común para actuar en ese sentido –bases viables, a mi entender, en aquellos días–.


En uno de los muros del monumento a Thomas Jefferson, en la capital estadounidense, hay una inscripción citando un párrafo de una carta que el redactor de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos, y también amante de la arquitectura, envió a un amigo suyo, muchos años después de haber redactado un tan significativo y simbólico documento cívico, apreciado hoy por todo quien se considera persona democrática en sus valores. Y dice así:

“No soy un defensor de cambios frecuentes en las leyes y constituciones. Pero las leyes y las instituciones deben ir de la mano del progreso de la mente humana. A medida que eso se vuelve más desarrollado, y más iluminado, a medida que se hacen nuevos descubrimientos, se descubren nuevas verdades y cambian los modales y opiniones. Con el cambio de las circunstancias, las instituciones deben avanzar también para seguir el ritmo mismo de los tiempos. Como sociedad civilizada también podríamos pedirle a un hombre que usara todavía el abrigo que le sentaba cuando era niño, para que así permaneciera siempre bajo el régimen de sus bárbaros antepasados”.

Desde el momento en que se lanzó la idea de redactar una nueva Constitución, para paliar la protesta pública del pueblo en las calles del 2019, afirmé que la idea era excelente pero la oportunidad era pésima.

Una Constitución debe y tiene que ser fruto de una acción común de la sociedad y sus representantes y, para ello, se necesita un clima público adecuado, en su forma y en su fondo. Nada de ello existió en el Chile posterior al estallido de octubre 2019.

Mucho más adecuado a los tiempos habría sido llegar a un acuerdo, de muro a muro, que declarara por terminada la Constitución existente y entrar a un periodo determinado de interregno constitucional con leyes básicas temporales que permitan el funcionamiento de la democracia y sus instituciones. Sin duda, esto exige una madurez cívica, responsabilidad social y deseo común para actuar en ese sentido –bases viables, a mi entender, en aquellos días–.

En más de una ocasión elevé los ejemplos de dos democracias, la más antigua de todas y una de las más jóvenes, Gran Bretaña e Israel, países democráticos sin duda y que se rigen por decretos o leyes básicas, sin tener una “Constitución” tradicional. Estos ejemplos, a lo menos como interregno, pudieron haberse seguido, ya que el peso específico del tema de fondo es dar un término a todo vestigio de la dictadura militar, a más de 30 largos años de su final como tal y del regreso a la democracia representativa.

Una vez que se decidió, por significativa mayoría, ir por el camino de una Asamblea Constituyente, lo acepté y lo apoyé hasta dar mi voto ayer por el Apruebo. Los resultados para mí estaban a la vista, por sana intuición o por casualidad, llegué hace varias semanas a la conclusión de que no se alcanzaría a más de 39% de aprobación (39% y no 40%, para insistir en la tendencia). Con respecto al Rechazo, no logré decidirme por una cifra fija e indiqué que no menos de 59%, ya que se veían venir movimientos desconocidos, producidos por la novedad de la modalidad obligatoria del proceso electoral.

El resultado del 4 de septiembre no es un camino sin salida, es quizás el resultado deseado, dadas las circunstancias sociales actuales de Chile, que mencioné anteriormente. Es, en primer lugar, un certificado de caducidad a la Constitución de la dictadura, ampliamente acordado por la enorme masa de votantes que acudieron a las urnas, Apruebo y Rechazo en conjunto.

En las declaraciones inmediatas a la recepción de los resultados esto es claro y definitivo y es la base común sobre la cual el nuevo proceso debe iniciarse de inmediato. El llamado del Presidente Boric la noche del plebiscito destaca su calidad de estadista responsable y de ser humano comprensivo. Debe ser aceptado por todos, no por ser el señor Boric, sino porque en estos momentos, más que nunca, hay que afirmar la estabilidad democrática de la nación y esta es la más alta responsabilidad de quien ocupa el cargo, independientemente de quien sea.

Nadie debe quedar fuera del proceso y hay que escuchar y discutir todas las ideas y proposiciones. Chile es el que saldrá victorioso de esto y se creará una base democrática, ejemplar y moderna para que el país refleje su real espíritu, como pueblo unido en toda la variedad de sus componentes, sociales o políticos. No solo es un deber, es un honor que en pocas circunstancias naciones se han visto con él enfrentadas. A hacerlo, chilenos, de inmediato, demasiado tiempo se ha desperdiciado y la tarea es larga y compleja, jóvenes generaciones lo esperan. Esta tarea será recompensada y reconocida por siempre.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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