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La guerra de Ucrania y su impacto sobre la seguridad alimentaria en América Latina Opinión

La guerra de Ucrania y su impacto sobre la seguridad alimentaria en América Latina

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María del Pilar Ostos Cetina
Por : María del Pilar Ostos Cetina Investigadora del Instituto de Investigaciones Estratégicas de la Armada de México (Ininvestam). Doctora en Ciencias Políticas y Sociales con estudios posdoctorales en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
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Esto hace que actualmente el mapa geográfico de la crisis alimentaria en países de América Latina y del Caribe presente focos de población subalimentada, lo que nos sitúa frente a un contexto de mayores desigualdades ante el acceso a los alimentos básicos, pero también frente a posibles situaciones de mayor tensión de carácter socioeconómico, que se le atribuye al aumento de productos esenciales para la actividad agrícola, como son las semillas y los fertilizantes. A ello se suman, asimismo, los problemas de falta de rentabilidad para atraer la mano de obra requerida en el sector agrícola.


La guerra entre Rusia y Ucrania, que empezó a finales de febrero de este año, ha traído fuertes consecuencias no solo en Europa sino también a escala mundial. Dichas consecuencias van desde la misma destrucción de la economía y obras de Ucrania, pasando por la violación de derechos humanos de la población (parte de esta ha debido huir y buscar refugio en otros países), hasta los efectos que perjudican a los mismos rusos, su economía y relaciones internacionales.

Analizar, pues, el nuevo tablero geopolítico nos sitúa en medio de las tensiones que se presentan en Eurasia, como parte de las pretensiones expansionistas de Rusia por retomar su predominio sobre el territorio de Ucrania.

A este último país, además de que Rusia lo considera su lugar mítico, se agrega la condición geoestratégica que lo hace prototipo de Estado-bisagra, propicio para acercar a Rusia a las aguas cálidas del Mediterráneo y a los mercados que logró potencializar con varios miembros de la Unión Europea (EU), principalmente en lo que concierne a la venta de hidrocarburos.

Se trata de una situación de confrontación bélica en la que se mezclan acciones propias de la geopolítica clásica, centrada en el crecimiento y la recuperación del espacio vital (lebensraum). También se revalora el control sobre las fronteras y las áreas geográficas con enorme potencial, ya sea en materia cultural o productiva. Sin embargo, es esencialmente favorable para contener cualquier tipo de amenaza que afecte los criterios de la seguridad y la defensa, tal como se observa en el caso de Rusia con respecto a la presencia cercana de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

A lo anterior se suman otras interpretaciones sobre el mismo conflicto que ofrecen los postulados de la geopolítica crítica, que incluye a otros agentes y factores para el análisis. En este caso, es pertinente mencionar el papel de los corporativos dedicados al negocio de la agroindustria y a los hidrocarburos, aunado con las empresas transnacionales que se dedican a la comercialización de alimentos, pero sin dejar de lado las empresas dedicadas a la alta gama tecnológica que se emplea, entre otras cosas, en la supervisión de áreas de cultivo mediante drones que se operan de forma remota.

En este sentido, la mirada sobre Ucrania como epicentro del conflicto que incide en este rediseño del nuevo tablero geopolítico mundial se convierte en genuino laboratorio, cuyos efectos incluso llegan hasta América Latina y la región del mar Caribe.

Efectivamente, la capacidad productiva de cereales, aceites y fertilizantes que ofertan tanto Rusia como Ucrania (por cierto, esto ha dado lugar a que el territorio ucraniano se haya convertido en el “granero de Europa” y también de otros países del mundo, entre ellos, Egipto, Líbano y Somalia) ha encendido los focos de alerta de la comunidad internacional por el alza de los precios en productos de gran demanda, como el maíz, el trigo, la cebada y los aceites de girasol.

Lo mismo ha pasado con los fertilizantes derivados del nitrógeno y el potasio (se espera que estos sean despachados a sus mercados de destino desde los puertos del sur de Ucrania, que, sin embargo, permanecen bloqueados por las autoridades rusas).

La continuidad de este bloqueo en los principales puertos de Ucrania, aunado con las retaliaciones por parte de los países occidentales que se han sumado al veto de los productos y suministros procedentes de Rusia, está generando, sin duda alguna, un efecto búmeran en toda la cadena de suministros que se emplea para garantizar la seguridad alimentaria a nivel mundial.

¿Qué repercusiones tiene para América Latina y el Caribe? Una repercusión fundamental corresponde a la preocupación de los agricultores latinoamericanos, quienes, en medio de este fuego cruzado, se enfrentan a un posible desabastecimiento de fertilizantes provenientes tanto de Rusia como de Ucrania. Esta situación genera un ambiente de incertidumbre a corto y mediano plazo para cubrir la demanda de abonos utilizados en la actividad agrícola que caracteriza a varios países de la región.

En este sentido, Brasil es uno de los más vulnerables en medio de esta coyuntura, ya que comercializa con Rusia cerca del 80% del suministro que requiere en materia de fertilizantes.

Por su parte, países como Haití, e incluso los que también integran el Triángulo Norte (Guatemala, El Salvador, Honduras), entre otros, cuyas capacidades agrícolas son limitadas, ya sea por falta de suelos productivos, sequías continuas, violencia rural y desplazamiento forzado, erosión de las tierras cultivables, falta de fuentes hídricas, etc., se ven obligados a importar la mayoría de sus alimentos.

A su vez, estos precios se cotizan en estos momentos al alza, bien por el ambiente de guerra en Ucrania, bien por el rezago inflacionario que se acumula desde que la pandemia de la COVID-19 desaceleró las economías del mundo de una manera drástica.

Esto hace que actualmente el mapa geográfico de la crisis alimentaria en países de América Latina y del Caribe presente focos de población subalimentada, lo que nos sitúa frente a un contexto de mayores desigualdades ante el acceso a los alimentos básicos, pero también frente a posibles situaciones de mayor tensión de carácter socioeconómico, que se le atribuye al aumento de productos esenciales para la actividad agrícola, como son las semillas y los fertilizantes. A ello se suman, asimismo, los problemas de falta de rentabilidad para atraer la mano de obra requerida en el sector agrícola.

En síntesis, las tensiones que se presentan actualmente en Eurasia avivan los divisionismos en forma de dos bloques que contienden en este nuevo tablero geopolítico, lo que conlleva una mayor polarización en el terreno internacional.

Al mismo tiempo, resurgen viejos y nuevos problemas sustantivos a la supervivencia de la raza humana, ya que atañen a un plato de comida diaria, a la obtención de una fuente de empleo, a un techo para vivir, a permanecer en un lugar en paz, y todos estos aspectos tienen una repercusión directa en América Latina y el Caribe.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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