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251 iniciativas impulsan la ciencia ciudadana en Chile

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¡Hola! Durante esta edición y la próxima, Juego Limpio tendrá un formato un poco más breve. Reduciré una marcha para recargar energías y volver en el segundo semestre con nuevos análisis sobre los desafíos ambientales de Chile.

Pero hacer una pausa no significa detenerse. Al contrario. Esta semana quise destacar una historia que transmite una señal esperanzadora: mientras muchas veces ponemos el foco en las crisis, también crece silenciosamente una ciudadanía comprometida con conocer y proteger su entorno.

Un inédito catastro identificó 251 iniciativas de ciencia ciudadana y comunitaria desarrolladas en Chile durante las últimas dos décadas. Detrás de ellas hay miles de personas, organizaciones sociales y universidades que monitorean especies, ríos, humedales y ecosistemas, demostrando que la conservación de la biodiversidad ya no ocurre solo en laboratorios, sino también en los territorios. El estudio, eso sí, advierte un desafío importante: la falta de financiamiento estable amenaza la continuidad de este movimiento, cuyo mayor valor no está únicamente en los datos que genera, sino en la alianza que construye entre científicos y comunidades.

Nos reencontramos muy pronto, con las baterías recargadas. Mientras tanto, gracias por seguir acompañándonos en este espacio donde el clima, la naturaleza y las soluciones siempre tienen un lugar.

¡Listo! Hecho el resumen, ahora vamos a lo nuestro. Aseguren sus cinturones, que Juego Limpio parte en 4, 3, 2, 1… ¡Arrancamos!

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Biodiversidad el motor de la ciencia ciudadana chilena

Hace veinte años, la ciencia ciudadana en Chile era un fenómeno casi invisible. Apenas un puñado de proyectos convocaba a voluntarios para registrar aves o colaborar con investigaciones universitarias. Hoy, en cambio, miles de personas recorren humedales, observan flora nativa, monitorean la calidad de ríos, identifican hongos, documentan especies invasoras o levantan información ambiental junto a investigadores. Lo hacen desde Arica hasta Magallanes y, muchas veces, desde los propios territorios donde viven.

  • Ese cambio quedó documentado por primera vez en el Primer Catastro de Ciencia Ciudadana y Comunitaria en Chile, elaborado por el Núcleo Milenio CITEC, que analizó 251 iniciativas desarrolladas entre 2005 y 2025. El diagnóstico confirma que el país vive una verdadera expansión de este movimiento: siete de cada diez proyectos surgieron después de 2020.

Pero el informe también plantea una advertencia. El crecimiento no garantiza consolidación. La mayoría de las iniciativas depende de fondos concursables, tiene una vida breve y enfrenta dificultades para mantener monitoreos ambientales durante años, justamente el tiempo necesario para comprender cómo evolucionan los ecosistemas frente al cambio climático o la pérdida de biodiversidad.

El gran motor de la ciencia ciudadana chilena es la biodiversidad.

  • El 65% de las iniciativas se concentra en el estudio y protección de fauna, flora, hongos y patrimonio natural, muy por encima de otras temáticas socioambientales. En segundo lugar aparece la calidad ambiental —especialmente agua, aire y suelo— y luego los proyectos vinculados a riesgos ambientales y resiliencia frente al cambio climático.

No es casualidad.

Chile reúne algunos de los ecosistemas más diversos y singulares del planeta: desiertos extremos, bosques templados lluviosos, glaciares, humedales costeros, archipiélagos y miles de kilómetros de litoral. Vigilar ese patrimonio excede ampliamente la capacidad de las instituciones científicas tradicionales.

Allí aparece la ciencia ciudadana como una herramienta que multiplica la capacidad de observación del país.

  • Las plataformas digitales, como iNaturalist o eBird, permitieron que cualquier persona pudiera registrar especies desde un teléfono celular y aportar información útil para investigadores, autoridades y organizaciones ambientales. Esa democratización de la tecnología explica parte importante del crecimiento observado durante los últimos cinco años.
  • Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es que Chile ha desarrollado un modelo poco habitual.

A diferencia de otros países, donde la ciencia ciudadana suele estar liderada casi exclusivamente por universidades, en Chile las iniciativas son impulsadas en proporciones muy similares por instituciones académicas y organizaciones de la sociedad civil.

Eso significa que los proyectos no solo buscan producir datos científicos. También responden a necesidades concretas de los territorios: proteger un humedal, vigilar la calidad del agua de un río, monitorear bosques nativos o documentar cambios ambientales que afectan directamente a comunidades locales.

En ese diálogo entre conocimiento científico y conocimiento territorial, el estudio identifica la principal fortaleza del ecosistema chileno. El mensaje es contundente: la calidad de las relaciones entre científicos y comunidades pesa más que el presupuesto disponible o incluso que la duración inicial del proyecto.

  • Dentro del universo de iniciativas analizadas, el monitoreo ambiental participativo aparece como la metodología más extendida. Casi la mitad de los proyectos incorpora algún tipo de monitoreo ciudadano, con especial énfasis en la calidad del agua. Comunidades, organizaciones ambientales y universidades trabajan conjuntamente para medir parámetros físicos y químicos de ríos, esteros, lagunas y humedales, generando información que muchas veces no existía y que resulta clave para comprender procesos de contaminación o degradación ambiental.

Ese monitoreo permanente representa mucho más que una colección de datos.

Permite construir series históricas indispensables para detectar cambios ecológicos, anticipar riesgos y entregar evidencia que puede respaldar decisiones públicas o procesos de defensa ambiental impulsados desde los propios territorios.

Un crecimiento frágil

  • Pese al auge del movimiento, el estudio muestra que su estructura continúa siendo vulnerable. Solo el 7% de las iniciativas logra mantenerse activa durante más de diez años, mientras que cuatro de cada diez duran menos de dos años, un período insuficiente para generar conocimiento ecológico de largo plazo.

Gran parte de los proyectos depende de fondos temporales o incluso del autofinanciamiento de quienes los impulsan. Cuando esos recursos desaparecen, también lo hacen los monitoreos, las bases de datos y, muchas veces, las redes de colaboración construidas durante años.

El informe advierte que esta discontinuidad amenaza precisamente aquello que hace más valiosa a la ciencia ciudadana: la posibilidad de seguir observando un mismo ecosistema durante largos períodos para comprender cómo cambia con el tiempo.

El estudio concluye que el futuro de la ciencia ciudadana chilena no depende de crear más proyectos, sino de fortalecer aquellos que ya existen.

Eso implica generar financiamiento estable, infraestructura para almacenar y compartir información, y políticas públicas que reconozcan el valor del conocimiento construido entre investigadores y comunidades.


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