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Estudio anticipa calor mortal en Chile

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Esta edición aborda una proyección de cerca de 200 muertes por calor extremo en Chile, los desafíos globales de biodiversidad tras la COP17, el desplazamiento de especies pesqueras por el cambio climático y los hallazgos sobre la actividad biológica en la Fosa de Atacama.


¡Hola! Esta edición de Juego Limpio parte con dos señales que permiten dimensionar el escenario global y sus efectos sobre Chile. La primera viene desde la COP17 de Biodiversidad y la segunda mira hacia el clima y la salud: un modelo del Climate Impact Lab proyecta cerca de 200 muertes adicionales por calor en nuestro país hasta marzo de 2027.

Los otros dos artículos aterrizan estos grandes procesos en ecosistemas y actividades concretas. El cambio climático ya está modificando las condiciones ambientales de las que dependen especies fundamentales para la pesca artesanal en la Patagonia, mientras una expedición científica a la Fosa de Atacama comienza a revelar que incluso los ecosistemas situados a varios kilómetros de profundidad están conectados.

  • Biodiversidad: el mundo llega a 2030 fuera de trayectoria. La COP17 deja un diagnóstico que obliga a mirar más allá de las declaraciones y los compromisos: la protección y la restauración de ecosistemas avanzan más lentamente de lo necesario, persisten enormes brechas de financiamiento y faltan indicadores capaces de demostrar si la naturaleza realmente se está recuperando.
  • El Niño y calor extremo: Chile podría sumar cerca de 200 muertes. Una nueva herramienta del Climate Impact Lab estima el exceso de mortalidad asociado a las temperaturas sobre las condiciones habituales y proyecta que febrero y marzo concentrarían buena parte del impacto en Chile. El modelo incorpora diferencias territoriales de vulnerabilidad y adaptación.
  • Cambio climático desplaza especies clave para la pesca artesanal. Una investigación publicada en Fisheries Oceanography proyecta cambios en la distribución de sardina austral, congrio dorado, merluza de cola y merluza austral hacia 2050. El problema no es solo ecológico: desplazamientos de 10 o 20 kilómetros pueden modificar las rutas, costos y zonas tradicionales de operación de la pesca artesanal.
  • Fosa de Atacama: el océano profundo está conectado con lo que ocurre en la superficie. Los primeros resultados de la expedición NIMOx sugieren una actividad biológica mucho mayor de la esperada en este ecosistema extremo. La conexión con la superficie, a través del flujo de materia orgánica que se hunde desde las capas superiores, significa que cambios en la productividad del océano asociados al clima podrían repercutir incluso a miles de metros de profundidad

¡Listo! Hecho el resumen, ahora vamos a lo nuestro. Aseguren sus cinturones, que Juego Limpio parte en 4, 3, 2, 1… ¡Arrancamos!

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Biodiversidad: el mundo llega a 2030 fuera de trayectoria

La COP17 de Biodiversidad, realizada en Ereván, terminó con una conclusión difícil de eludir: el mundo está fuera de trayectoria para cumplir las 23 metas del Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal antes de 2030.

Era algo que se temía y pasó. El primer balance global realizado desde la adopción del acuerdo muestra que el problema ya no es la falta de compromisos. Cerca del 90% de los países ha establecido metas nacionales, pero menos de la mitad de las metas evaluadas están efectivamente avanzando.

A cuatro años del plazo fijado, la brecha entre lo que los gobiernos prometieron y lo que efectivamente están haciendo se ha convertido en el principal desafío de la agenda mundial de biodiversidad. El diagnóstico es especialmente preocupante, porque algunos de los objetivos más conocidos están lejos de cumplirse.

  • La meta de conservar al menos 30% de las tierras y aguas continentales y 30% de los océanos para 2030 todavía no cuenta con compromisos nacionales suficientes para alcanzar ese porcentaje: las actuales promesas llevarían a una cobertura cercana al 27,5% para las áreas terrestres y de aguas continentales.
  • En restauración ocurre algo similar. Un informe presentado durante la COP17 contabilizó 252 millones de hectáreas de ecosistemas degradados en proceso de restauración en 149 países, pero esa superficie representa apenas el 34% del referente global asociado al objetivo de restaurar al menos el 30% de los ecosistemas degradados.

Por ejemplo, menos del 1% de los informes nacionales analizados entrega datos que permitan observar cómo ha cambiado la extensión de los ecosistemas a lo largo del tiempo. Es decir, en muchos casos sabemos cuánto territorio se declara protegido o intervenido, pero no necesariamente podemos demostrar si los ecosistemas están recuperándose, si las poblaciones de especies están aumentando o si las presiones sobre la naturaleza efectivamente están disminuyendo.

La brecha sigue siendo también económica. El Marco Kunming-Montreal implica aumentar el financiamiento para biodiversidad, pero también reformar subsidios e incentivos perjudiciales para la naturaleza y alinear los presupuestos y las decisiones económicas con los objetivos de conservación.

Los 252 millones de hectáreas actualmente en restauración constituyen un esfuerzo sin precedentes y han generado más de un millón de empleos verdes, pero el informe presentado en la COP17 concluye que el ritmo debe aumentar sustancialmente y que existe un rezago particularmente importante en ecosistemas de agua dulce, marinos y costeros.

Para alcanzar los compromisos internacionales, el financiamiento anual para restauración tendría que pasar de unos US$ 64.000 millones a aproximadamente US$ 296.000 millones, más de cuatro veces el nivel actual. La cifra muestra que restaurar naturaleza no es solamente una cuestión ambiental: requiere modificar flujos de inversión, políticas públicas y prioridades económicas.

La propia Convención sobre Diversidad Biológica reconoce que el mundo está fuera de trayectoria y que será necesario acelerar la acción hasta 2030. El Yerevan Pathway –el nombre con que se bautizaron los compromisos– intenta responder a esa brecha, pero su éxito dependerá de lo que ocurra después de la COP: cuánto dinero se movilice, qué subsidios se modifiquen, qué ecosistemas se recuperen y, sobre todo, qué indicadores permitan demostrar que la naturaleza efectivamente está mejorando.

Para Chile, esa pregunta resulta especialmente pertinente: no basta con saber cuántas áreas están protegidas o cuántos planes de conservación existen; el desafío es poder demostrar que las especies y los ecosistemas están efectivamente recuperándose.

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El Niño: modelo de la U. de Chicago proyecta 200 muertes por calor en Chile

El actual episodio de El Niño, considerado excepcionalmente intenso, podría tener también un costo humano en Chile. Una nueva herramienta desarrollada por el Climate Impact Lab, iniciativa de investigación vinculada a la Universidad de Chicago, estima que el calor asociado al fenómeno podría provocar cerca de 200 muertes adicionales en Chile hasta marzo de 2027.

La proyección forma parte del El Niño Heat Mortality Tracker, que calcula el exceso de mortalidad atribuible a las temperaturas por encima de las condiciones habituales y permite observar el riesgo a escala de regiones y provincias.

La cifra es una estimación de mortalidad adicional respecto de un escenario de temperaturas normales, elaborada a partir de la relación estadística entre temperatura diaria y mortalidad. El modelo incorpora las diferencias de clima local, vulnerabilidad y capacidad de adaptación de cada territorio. Para proyectar los meses futuros utiliza el sistema de pronóstico estacional SEAS5 del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF), que considera 51 simulaciones diferentes.

  • El riesgo tampoco se distribuye de manera uniforme por el territorio chileno. De acuerdo con el mapa del Climate Impact Lab, el norte del país concentra las mayores estimaciones, mientras las zonas central y sur presentan cifras inferiores, con una excepción relevante en la Región de Valparaíso.
  • La proyección indica además que febrero y marzo concentrarían la mayor parte de las muertes adicionales estimadas para Chile, precisamente cuando el verano alcanza sus mayores temperaturas y aumenta la exposición acumulada al calor.

El escenario forma parte de un impacto mucho mayor a escala mundial. El nuevo tracker estima aproximadamente 373.000 muertes adicionales por calor entre octubre de 2026 y marzo de 2027. Si se considera todo el período desde junio de 2026, cuando comenzó el episodio, hasta marzo de 2027, la estimación asciende a unas 857.400 muertes adicionales. El aumento respecto de la proyección realizada en septiembre se explica principalmente por el hecho de que ahora se incorporó marzo al horizonte y que agosto y septiembre fueron más cálidos de lo que anticipaban los pronósticos utilizados anteriormente.

El dato adquiere especial relevancia, porque el calor extremo no actúa solamente como una incomodidad meteorológica. Las altas temperaturas pueden aumentar el riesgo de mortalidad, especialmente entre personas con menor capacidad de adaptación.

El modelo utilizado por el Climate Impact Lab incorpora precisamente las diferencias de vulnerabilidad y adaptación entre territorios. Y aunque la herramienta no permite saber quiénes morirían ni constituye un pronóstico sanitario individual, sí busca identificar con anticipación los lugares donde el calor podría generar una mayor carga de mortalidad. Entre las medidas que el laboratorio identifica como útiles están los sistemas de alerta temprana, la ampliación del acceso a servicios de salud, los centros de enfriamiento y la disponibilidad de agua.

Aunque aún no es publicado en una revista científica, el modelo de mortalidad, sin embargo, se basa en investigaciones previamente publicadas, entre ellas, un trabajo de 2022 en The Quarterly Journal of Economics, que cuantificó la relación entre temperatura, mortalidad y adaptación a escala mundial.

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Cambio climático desplaza especies clave para la pesca artesanal

Un estudio publicado en julio de 2026 en la revista científica Fisheries Oceanography proyecta que cuatro especies relevantes para la pesca artesanal en la Patagonia norte –sardina austral, congrio dorado, merluza de cola y merluza austral– podrían modificar su distribución hacia 2050 como consecuencia del cambio climático.

El desplazamiento no sería igual para todas las especies. El congrio dorado aparece como el más vulnerable, con una reducción de hasta 28% de su hábitat bajo el escenario climático más severo considerado. La merluza austral y la sardina austral podrían desplazarse entre 10 y 21 kilómetros hacia sectores más protegidos, mientras que la merluza de cola presenta una respuesta más estable dentro del sistema de fiordos.

Aunque las distancias puedan parecer pequeñas en mar abierto, adquieren otra dimensión en los estrechos y fiordos de la Patagonia. Un desplazamiento de entre 10 y 20 kilómetros puede ser comparable a la escala de navegación diaria de una embarcación artesanal, lo que podría traducirse en mayores distancias recorridas, más consumo de combustible y cambios en la disponibilidad local de los recursos.

Los autores advierten además que la redistribución podría modificar la superposición espacial entre depredadores y presas y afectar el acceso de las flotas artesanales a sus zonas tradicionales de pesca.

Las causas del desplazamiento varían según la especie. En las merluzas y el congrio dorado, los principales factores asociados son las condiciones ambientales del fondo, particularmente la disminución del oxígeno disuelto y el aumento de la temperatura, que pueden modificar la idoneidad de los hábitats. En la sardina austral tienen mayor peso las condiciones superficiales, como la temperatura del mar, la salinidad y la concentración de fitoplancton.

El estudio plantea así un desafío que va más allá de la biología de las especies: el cambio climático también puede modificar la geografía cotidiana de la pesca artesanal. Los autores subrayan que, aunque los desplazamientos proyectados sean moderados desde una perspectiva ecológica, son comparables con la escala operacional de las pesquerías artesanales y pueden tener consecuencias socioeconómicas.

La investigación propone, por ello, que la gestión pesquera del futuro no considere únicamente cuántos peces existen y cuál es su estado poblacional, sino también dónde estarán esos recursos en un océano cuyas condiciones ambientales están cambiando.

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Expedición NIMOx conecta el cambio climático con el océano profundo

A miles de metros bajo la superficie del Pacífico, en uno de los ambientes más extremos del planeta, la vida parece estar mucho más activa de lo que durante años se pensó. Los primeros resultados de la expedición científica NIMOx, realizada a bordo del buque de investigación Cabo de Hornos, están cuestionando la imagen de una Fosa de Atacama dominada por cadenas tróficas lentas y una disponibilidad escasa de alimento.

  • Los experimentos realizados directamente en las profundidades muestran comunidades capaces de responder rápidamente a la llegada de materia orgánica, mientras estudios científicos publicados durante 2026 han encontrado una intensa actividad microbiana asociada a los ciclos del carbono, nitrógeno y azufre.

Uno de los hallazgos más llamativos de NIMOx provino de experimentos de alimentación in situ realizados con organismos carroñeros, principalmente anfípodos. En uno de ellos, los animales consumieron alrededor de 1,5 kilos de jurel en aproximadamente una hora u hora y media. El resultado entrega una primera señal de la capacidad de estos organismos para aprovechar rápidamente pulsos de alimento que llegan hasta el fondo marino.

  • Los investigadores todavía deben analizar las muestras y procesar los datos antes de convertir estas observaciones en conclusiones definitivas, pero los resultados preliminares apuntan a una comunidad biológica mucho más dinámica de lo que sugería la visión tradicional de estos ambientes extremos.

La clave para entender este sistema, sin embargo, no está solamente en lo que ocurre a cinco o seis kilómetros de profundidad, sino en lo que sucede mucho más arriba. El océano profundo recibe parte de su materia orgánica desde la superficie mediante el fenómeno conocido como marine snow o nieve marina: restos de organismos, partículas y materia orgánica que se hunden lentamente desde las capas superiores.

Esta conexión hace que la enorme profundidad de la Fosa pueda resultar engañosa. Lo que ocurre en la superficie no necesariamente queda en la superficie. Si cambia la productividad del fitoplancton, cambia también la cantidad y composición de materia orgánica que comienza a descender hacia las profundidades. Y si cambia ese suministro de carbono, pueden modificarse la disponibilidad de alimento, la actividad de los microorganismos y las relaciones entre las distintas comunidades que viven en los sedimentos.

Investigaciones recientes sobre el flujo de partículas en la columna de agua muestran que buena parte de la materia orgánica es degradada antes de alcanzar el fondo, pero una fracción consigue llegar hasta los sedimentos y sostiene allí procesos biológicos y geoquímicos.

Esta relación adquiere una dimensión mayor frente al cambio climático y las alteraciones oceanográficas. El fenómeno de El Niño, por ejemplo, puede modificar las condiciones físicas y biológicas de las aguas frente a Chile y alterar la productividad de las capas superiores del océano.

  • Si esos cambios modifican el tipo, cantidad o momento en que la materia orgánica se hunde, sus efectos pueden propagarse hacia ecosistemas situados a miles de metros de profundidad. NIMOx busca precisamente aportar información sobre esa conexión y sobre cómo las variaciones que se producen en la superficie pueden repercutir en el océano profundo.

La Fosa de Atacama aparece así como algo más que un lugar remoto y aislado de la dinámica del planeta. Es un ecosistema profundo conectado con procesos que comienzan en la superficie y esa conexión significa que los cambios en el océano que vemos desde arriba pueden terminar modificando comunidades que viven en condiciones completamente diferentes.


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