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El crecimiento importa (y mucho)

por 11 abril, 2016

El crecimiento importa (y mucho)
"Un aumento de 1 punto en la tasa de crecimiento del PIB no minero se relaciona con medio punto más en la tasa de creación de empleo asalariado, lo que a fines de 2015 equivale a una creación adicional de algo más de 28 mil puestos de trabajo asalariado cada año. De acuerdo al Banco Central, por cada punto de crecimiento la tasa de desempleo desciende en un tercio de punto, lo que equivaldría hoy a más de 25 mil personas dejando de ser cesantes".
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Durante las tres últimas décadas, Chile ha aumentado su Producto Interno Bruto (PIB) sistemáticamente más rápido que los países desarrollados, acortando así la brecha de ingresos per cápita con estos. En 1990 teníamos el 27% del PIB per cápita de EE.UU. (corregido por poder de compra), hoy alcanzamos a algo más del 42%. A nivel latinoamericano –qué duda cabe– hemos sido de los mejores alumnos: en 1990 el PIB per cápita chileno era tres cuartos del promedio regional, hoy es un 50 % mayor.

Este crecimiento ejemplar se ha observado durante ciclos de precios altos y bajos de materias primas, así como gobiernos de diferentes orientaciones políticas, pero que siempre –hasta ahora al menos– habían puesto al crecimiento económico como condición necesaria para la persecución de otros fines. Una suerte de consenso, más o menos explicito, que ha sido postergado por cuestionadas reformas, pero que hoy –¡y bienvenido sea!– al menos se busca volver a poner en la agenda.

¿Pero por qué el PIB?

El PIB, que no pretende ser más que valor de mercado de los bienes y servicios finales producidos en un lugar, es probablemente el indicador más seguido a la hora de evaluar el desempeño de una economía. Y aunque es reconocidamente imperfecto tanto en su capacidad de capturar la totalidad de la actividad económica, como limitado y parcial a la hora de intentar reflejar directamente el bienestar, un mayor PIB –y sus medidas hermanas, como el Ingreso Nacional Disponible– se relaciona muy cercanamente, o más bien dicho posibilita, mejores indicadores de calidad de vida, en el sentido más amplio posible –acceso a bienes, superación de la pobreza, salud, educación, medio ambiente– e incluso mayores niveles de satisfacción y felicidad .

Chile: Crecimiento, Pobreza y Empleo

De lo anterior sigue que los países que han logrado crecer de manera más acelerada, como Chile, han visto también mejorar más velozmente las condiciones de vida de sus habitantes. A continuación algunos ejemplos de la transformación económica del país que ha traído la expansión del PIB.

De acuerdo a las cifras oficiales, en 1990 el 38,6% de las personas se encontraba bajo la línea de la pobreza, y en 2013 un 7,8% lo hace. Una mirada al ritmo de la reducción de la pobreza evidencia que en períodos de mayor crecimiento la tasa de pobreza tiende a disminuir más: entre 1990 y 2000 el crecimiento anual fue de 6,6% y la variación en la tasa de la pobreza de 6,3% cada año, mientras que entre 2000 y 2013 el crecimiento anualizado fue 4,4% y la variación en la tasa de pobreza fue de un 4,1% anual.

Metodologías más rigurosas como la de Datt y Ravallion (1992) permiten descomponer los cambios en la tasa de pobreza en tres componentes –el efecto del crecimiento económico, la redistribución y un término de residuo– y así obtener una estimación del efecto “puro” del crecimiento económico, reflejado en el salario medio, vis-à-vis políticas sociales y redistributivas. Siguiendo esta metodología, Henoch y Larraín (2015) obtienen que en Chile, entre 1990 y 2013, el crecimiento económico explicaría un 67% de la reducción de la pobreza, mientras solo un 25% sería explicado por el efecto distributivo. CEPAL, en su reciente Panorama Social de América Latina 2015, encuentra que en el periodo 2010-2014 entre un 55% y un 65% de la reducción de la pobreza en el país se explica por el crecimiento económico.

La mencionada relación –¡inversa!– entre pobreza y crecimiento es mediada por el empleo y las remuneraciones, principal fuente de ingreso de la mayor parte de las familias. Entre 1996-2015 la tasa de creación de empleo asalariado, que es aquel asociado a mayor estabilidad y calidad, y el crecimiento real del PIB no minero (para evitar el efecto de los marcados ciclos mineros), muestran una fuerte correlación positiva: un aumento de 1 punto en la tasa de crecimiento del PIB no minero se relaciona con medio punto más en la tasa de creación de empleo asalariado, lo que a fines de 2015 equivale a una creación adicional de algo más de 28 mil puestos de trabajo asalariado cada año. De acuerdo a un trabajo del BCCh, por cada punto de crecimiento la tasa de desempleo desciende en un tercio de punto, lo que equivaldría hoy a más de 25 mil personas dejando de ser cesantes.

Lo anterior ha permitido que familias de todos los quintiles tengan hoy un mayor y mejor acceso a bienes y servicios, los cuales hace un par de décadas eran exclusivos de los más ricos. Esto parte en lo más básico como el acceso a alcantarillado y agua potable urbana, que en 1990 no superaba el 30% y el 60%, respectivamente, y que hoy –de acuerdo a la Superintendencia de Servicios Sanitarios– es prácticamente de un 100%. Pero también se refleja en el acceso a otros bienes que mejoran la calidad de vida y liberan horas para trabajo remunerado o descanso, como son las lavadoras de ropa (42% de los hogares en 1990, 87% en 2013), refrigeradores (52% en 1990, 95% en 2013) o computadores.

En fin, se podría agregar un sinnúmero, sin embargo, aún queda mucho por hacer y muchos compatriotas cuyas vidas pueden mejorar. La historia reciente lo demuestra, olvidarse de crecer es olvidarse de estos compatriotas, y por eso resulta valioso que el Gobierno, al menos, intente volver a poner ahí el foco.

Francisco Klapp
Economista
Libertad y Desarrollo

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