Región Capital de Chile: “una voluntad de ser”
Entre los valles del Mapocho y el Maipo, una región enclaustrada entre cerros terminó convirtiéndose en el centro político, económico y cultural de Chile. Esta crónica recorre su historia, su vocación de poder, sus tensiones y su identidad siempre en construcción.
No parecía tener un gran destino este valle, entre territorios más grandiosos. Pero, fue capaz de engendrar un proyecto de país. Sus pulsiones y vocación -¿hambre de poder? ¿deseo de ser?-, la ubicaron en el mapa de América del Sur.
Para Gabriela Mistral, la identidad chilena estaba siempre en construcción, estaba a medio hacer, requería un esfuerzo continuo. Era el signo de esta tierra para Pedro de Valdivia, todo costaba más, y también lo pensó así el filósofo español Ortega y Gasset, que asoció a Chile con la imagen de Sísifo; ese personaje mitológico griego condenado a llevar una roca enorme hasta lo alto, pero allí rueda cerro abajo y debe volver a empezar. Habitar esta tierra requiere, parece, una fe casi sobrehumana, y eso se concentra en el agitado valle del Mapocho, y su vecino del Maipo, donde se concentra la mayor parte de la población del país; una que huye los fines de semana y sueña con jubilar lejos. Un síntoma curioso.
El centro de Chile iba a estar – tras el Descubrimiento del territorio-, en el dulce Valle de Aconcagua, de clima ideal en su parte baja. Pedro de Valdivia pensó en La Araucanía, pero los mapuche se opusieron por las armas y fue la hora de Concepción, la ciudad más poderosa en la Colonia. En la República brilló Valparaíso, puerto principal en el Gran Océano, pero fue el valle del Mapocho, con Santiago como núcleo, el que dio la sorpresa y se impuso. Situado entre cerros, protegido, enclaustrado, no parecía gran cosa.
Su ciudad capital no tenía la audacia ni el carisma de las alternativas, pero, en cambio, sí tuvo hambre de poder. Como si el encierro y el aislamiento le hubieran enseñado a pensar en grande; si quería subsistir, no tenía más alternativa.
En un territorio nacional de geografías diversas y muy extremas, se hizo fuerte el enclave que fue capaz de inventar y administrar un país, uno que pudo desaparecer en el siglo XIX, en un contexto vecinal muy hostil, pero que se salvó porque ya contenía, entre sus habitantes, la idea de ser nación. Ahí sigue, a pesar de ser la región del encierro, en un país de costas de longitud excepcional; ideal para instalar el rol de cuartel del alto mando.
En el siglo XX atrajo fortunas, migrantes, industrias, y ya nada pudo ensombrecer a esta ambiciosa Región Capital. Ahí la tenemos hoy, todavía, ocupando una excelente cuenca geográfica de buenos suelos, con ricas minas cordilleranas, con una ciudad capital que está cada vez más extendida, y que ocupa la cabeza de muchos rankings de América Latina.
Prudente y cautelosa, legalista, adquirió prestigio por su apego al Derecho, lo que favoreció su estabilidad política. Se hizo valer por una clase alta capaz de abrirse al mundo –curiosa por saber qué había más allá de la cordillera y el mar-, por una amplia clase media admiradora de la educación y la modernidad -indispensable para impulsar un Estado en forma y también empresas privadas dinámicas-, y un pueblo resistente, con carácter, capaz de adaptarse a un mundo cambiante, del campo a la ciudad y de esta a la nube tecnológica. Los tres estamentos fueron necesarios para que se transformara, finalmente, en un laboratorio de ideas.
Como Sísifo, intentado llegar a las alturas una y otra vez, sin lograrlo nunca; siempre obnubilada por un proyecto nuevo. Pero, con avances, como sus universidades reconocidas en la región y medios de comunicación muy masivos, en los que se forjaron los diálogos sociales y políticos.
Con una ciudad capital tan extensa, creció cada vez más ensimismada, sin valorar la región donde se encuentra. El Cajón del Maipo debiera ser un polo turístico relevante, Melipilla y Talagante pudieron haber crecido como equilibradas ciudades satélites, faltó una red eficiente de rieles, para ordenar y habitar mejor la región. Un entorno caótico, de parcelas de agrado, ha contaminado los espacios intermedios, restando miles de hectáreas a la agricultura.
Con su vocación ambiciosa, no ha dejado de crecer en diversidad cultural. Hoy es una región cosmopolita, en la que españoles y franceses, ingleses y alemanes, italianos y croatas, palestinos y judíos, chinos y coreanos, colombianos y peruanos, venezolanos y haitianos, han formado colonias cuyos apellidos, fiestas y restaurantes enriquecen el paisaje. Miles de inmigrantes mapuche, desde el sur, también se han traslado a la Región Capital, y su presencia es hoy fuerte en la identidad de algunas comunas.
Finalmente, recién a fines del siglo XX comenzó a pensar en sí misma. Estudios arqueológicos han permitido asomarse al mundo incaico que se extendió hasta estos valles a fines del siglo XV, e incluso a los grupos indígenas pioneros que comenzaron a habitar las riberas del Maipo y el Mapocho hace unos 15 mil años. Las capas de la región profunda están ahora haciéndose visibles, dando cuenta que su clima moderado, la calidad de sus aguas cordilleranas, la rica herbolaria, incluso sus termas y guanacos andinos, atrajeron al ser humano en tiempos muy anteriores a la cristiana, apenas retrocedió la última glaciación dejando a la vista la belleza de sus paisajes. Una realidad que nuevos senderos y parques precordilleranos y cordilleranos, han activado una mejor relación de los habitantes del valle con el mundo andino.
La voluntad de ser se reafirma con grandes eventos, como la música de Lollapalooza y la Maratón de Santiago, el Teatro a Mil o la Fiesta de la Virgen del Carmen, o la Marcha del Orgullo que se celebra en la propia ciudad; hay otros de los alrededores, ya consagrados, como el Festival del Folclor de San Bernardo y el Festival de la Sandía de Paine.
La Región Capital ha tenido injerencia internacional desde la Conferencia de Paz de París de 1919, tras la Primera Guerra Mundial, cuando se diseñó la Sociedad de las Naciones; ahí estuvieron Alejandro Lira Infante y Manuel Rivas Vicuña, en esa instancia clave que fue origen de la Organización de las Naciones Unidas.
La Región Metropolitana, siempre entre cerros, ahora se nutre – en un planeta más digital-, de su obsesión por saber, siempre, qué está sucediendo más allá, al otro lado.