“La negociación”: un secuestro jamás será televisado
Después de ocho años, regresa Gus Van Sant, uno de los maestros del cine independiente estadounidense de los 80 y 90. Lo hace con un thriller inspirado en un caso real que, si bien difícilmente alcanza la altura de sus mejores trabajos, sí logra consolidarse como una gran película.
Hace un año, Luigi Mangione asesinó al director ejecutivo de una compañía de seguros de salud en un crimen motivado por una combinación de razones personales y convicciones políticas. El asesinato estuvo precedido por un manifiesto en el que Mangione denunciaba la deshumanización de la industria sanitaria y acusaba al sistema de anteponer los intereses económicos a la dignidad y el bienestar de las personas.
El caso trascendió rápidamente la crónica policial para convertirse en un auténtico fenómeno mediático, no solo por la naturaleza del crimen, sino también por la controvertida fascinación que despertó la figura de Mangione. Su apariencia física y su discurso ideológico contribuyeron a convertirlo, para determinados sectores, en una suerte de ícono popular.
Este hecho de radicalización, desencanto social y justicia individual encuentra un inesperado espejo en el nuevo filme de Gus Van Sant, que recupera un episodio ocurrido en 1977. Aquel año, Tony Kiritsis, un aspirante a empresario que era víctima de una estafa perpetrada por una compañía hipotecaria, decidió secuestrar al hijo del presidente de la empresa con el propósito de hacer justicia con sus propios manos.
Entre ambos episodios existen notables paralelismos sociológicos, narrativos y, sobre todo, mediáticos: en ambos casos, la frustración frente a instituciones injustas desemboca en una forma de violencia individual que termina transformándose en espectáculo público. Sin embargo, sus métodos y desenlaces revelan también las profundas diferencias entre dos contextos históricos separados por casi medio siglo.
La negociación se erige, probablemente, como la obra más sólida de Van Sant desde Elephant (2003) dentro de este siglo. Lejos de conformarse con las convenciones del thriller criminal o del cine de secuestros, la película utiliza esos códigos como vehículo para construir una reflexión política sobre el poder, el abuso económico y la naturaleza del espectáculo mediático.
Van Sant, cuya filmografía de las últimas décadas ha estado marcada por una cierta irregularidad, encuentra aquí un terreno especialmente fructífero para recuperar algunas de sus preocupaciones recurrentes.
El director ya había explorado la relación entre crimen, fascinación pública y medios de comunicación en To Die For (1995), pero en esta ocasión profundiza de manera notable en esa mirada crítica al convertir un secuestro real, prolongado durante 63 horas y retransmitido prácticamente en directo, en una suerte de espectáculo colectivo. La tragedia deja así de pertenecer exclusivamente a sus protagonistas para transformarse en un producto destinado al consumo de una audiencia sedienta de morbo.
Es precisamente ahí donde la película adquiere una dimensión política más interesante. Van Sant construye un thriller que, bajo su superficie narrativa, funciona como una sátira sobre las estructuras de poder y como una aproximación a la lucha de clases. La historia de Kiritsis permite al director dirigir una mirada especialmente crítica hacia el sistema financiero e hipotecario: su desesperación nace de la convicción de haber sido engañado y posteriormente acorralado por Meridian Mortgage, una institución que representa un sistema económico en el que la lógica de la rentabilidad termina imponiéndose sobre las necesidades concretas de los individuos.
La película no plantea necesariamente a Kiritsis como una víctima inocente, ni mucho menos legitima sus métodos, pero sí se interesa por las condiciones sociales y económicas que pueden convertir la frustración en violencia. Su radicalización surge del enfrentamiento con unas instituciones que actúan como inaccesibles e indiferentes. Y es precisamente en esa zona moralmente ambigua donde Van Sant encuentra el núcleo de su película: en el momento en que un individuo que ha sido desplazado por el sistema decide enfrentarse a él utilizando sus propias reglas.
Los medios de comunicación desempeñan, en este proceso, un papel fundamental. Lo que comienza como una tragedia privada derivada de la ruina económica termina transformándose en un acontecimiento mediático capaz de congregar a una audiencia masiva. El sufrimiento se convierte en entretenimiento, la indignación en mercancía y la violencia, en un producto susceptible de ser consumido. Van Sant parece sugerir que el sistema no solo produce las condiciones materiales que alimentan el resentimiento, sino que también posee la capacidad de convertir ese resentimiento en espectáculo y, finalmente, en beneficio económico.
La atmósfera de La negociación, construida a partir de una estética intencionadamente setentera, refuerza esta lectura. La combinación de imágenes de archivo televisivo, texturas propias de la época y una puesta en escena que remite al cine estadounidense del nuevo Hollywood, sitúa la película en un territorio donde la reconstrucción histórica y la reflexión política terminan fusionándose.
La influencia de Tarde de perros, la extraordinaria película de Sidney Lumet sobre un atraco convertido en espectáculo televisivo, resulta evidente. No es casual, además, que Al Pacino, quien interpretó al célebre Sonny Wortzik en la película de Lumet, aparezca aquí encarnando precisamente al empresario situado al otro lado del conflicto.
Pero la película no se restringe en solo reproducir los mecanismos del thriller de secuestro. Su verdadero interés reside en observar qué ocurre cuando la desesperación individual entra en contacto con una sociedad fascinada por el espectáculo. Kiritsis deja progresivamente de ser solo un criminal para convertirse, a ojos de una parte de la opinión pública, en una figura de resistencia. El antihéroe se transforma en héroe popular y el acto criminal en una expresión distorsionada de un malestar colectivo que encuentra en él una forma de representación.
En ese sentido, La negociación no es únicamente un thriller tenso y estilísticamente notable, sino también una película que aborda con considerable lucidez las relaciones entre clase, poder, dinero y representación mediática. Bill Skarsgård ofrece una interpretación particularmente destacable como Tony Kiritsis, construyendo un personaje cuya complejidad reside precisamente en la imposibilidad de reducirlo a las categorías convencionales de víctima o victimario. Colman Domingo, como el locutor de radio que interviene como mediador durante el secuestro, aporta igualmente una dimensión esencial al relato, funcionando como intermediario entre el acontecimiento y la audiencia que lo consume.
El resultado es una película que, bajo la apariencia de un thriller criminal clásico, termina convirtiéndose en una reflexión incisiva sobre las estructuras económicas que producen la frustración y sobre los mecanismos mediáticos que posteriormente la convierten en espectáculo. Van Sant vuelve así a una de sus preocupaciones fundamentales: la fascinación que ejercen los individuos marginales sobre una sociedad que, al mismo tiempo que los observa y condena, parece necesitar de ellos para confrontar sus propias contradicciones.
Quizás esta cinta no pertenezca al panteón de las grandes obras de Gus Van Sant, pero sí constituye una de sus películas más interesantes en mucho tiempo: un thriller de apariencia clásica que, bajo su superficie, esconde una mirada amarga sobre el capitalismo y la manera en que una sociedad convierte, incluso su propia violencia, en entretenimiento.
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