Los pecados racistas en el fútbol chileno
En Europa los actos racistas en el fútbol ya son habituales. Contra negros, latinos, asiáticos o judíos. A todos les toca su cuota. La última agresión fue la protagonizada la semana pasada por hinchas del Feyenoord de Holanda, que arrojaron a la cancha un plátano inflable de gran tamaño para burlarse del marfileño Gervinho, de la Roma italiana. Aunque Chile está muy atrás en este deshonroso ranking, igual ha vivido algunos episodios reprobables.
Eduardo Galeano es uno de esos raros escritores que saben de fútbol. Bastante ha escrito sobre el tema, siempre con una mirada que procura ver más allá de lo que ocurre en la cancha. Por eso da al menos para sonrojarse que descubriera en la prehistoria del fútbol sudamericano un hecho que en la actualidad provocaría repulsa generalizada.
En su libro “El fútbol a sol y sombra”, Galeano recuerda que Uruguay fue el primer país del mundo en utilizar jugadores negros en su selección. Decisión meritoria y coherente con ese ideario progresista que siempre ha acompañado el derrotero de esa nación. Lo increíble es que Chile intentó impugnarla.
Así no más fue. Ocurrió en el primer Sudamericano de fútbol, en 1916, cuando la dirigencia nacional pidió la anulación del partido perdido 4-0 contra los orientales, argumentando que estos habían alineado a dos jugadores de color: Isabelino Gradín y Juan Delgado, bisnietos de esclavos.
Por suerte, la Conmebol de entonces desestimó la solicitud y la bochornosa actitud de nuestra dirigencia quedó sepultada por la historia.
El racismo en el deporte tiene larga data. Sin embargo, solo en las últimas décadas la comunidad mundial le ha tomado el peso y ha adoptado medidas para combatirlo.
Un empuje moral incontrarrestable lo dio el líder sudafricano Nelson Mandela. Él mismo cuenta cómo se percató de que el deporte más popular en su país, el rugby, era la herramienta perfecta para reunificar moralmente a su nación, venciendo el apartheid de los afrikáners e impidiendo el revanchismo de la población negra.
En el fútbol la FIFA se la tomó en serio. Desde el año 2001, a través de la denominada Resolución de Buenos Aires, incluyó en sus estatutos el artículo 3, que estipula que “está prohibida la discriminación de cualquier país, individuo o grupo de personas por su origen étnico, sexo, lenguaje, religión, política o por cualquier otra razón, y es punible con suspensión o exclusión”.
Un año más tarde en las competencias importantes comenzó a efectuarse el ritual aquel en que los capitanes de los equipos leen una declaración condenando el racismo e instando al público a hacer lo propio.
El mensaje ha calado a medias. Es cierto que la mayoría de los aficionados lo respeta y sus exabruptos no pasan más allá de las burlas e insultos típicos contra la hinchada y jugadores íconos del rival de turno. Pero también lo es que, particularmente en Europa, el extremismo de derecha ha permeado a algunas barras y sus manifestaciones racistas en los estadios o barrios no son fruto de un gol más o menos, sino que de planificadas acciones propagandísticas de su ideología de odio contra el inmigrante.
Un ejemplo de ello es la barra del Chelsea. Al menos, una de sus facciones, que en los partidos suele lanzar consignas hirientes contra los jugadores negros y vanagloriándose de que “somos racistas, y nos gusta serlo”.
ESTAREMOS EN LA MIRA
No porque seamos un mal ejemplo en el respeto a la multiculturalidad. Sino porque la Conmebol y la Unicef nos plantearon un desafío durante la próxima Copa América.
Ambos organismos y la Federación de Fútbol de Chile suscribieron a fines del año pasado un compromiso para que en ese torneo se impulse el apoyo a la infancia y adolescencia migrante. La elección de nuestro país no es casual. Sus tasas de migración son las más altas de Sudamérica. Desde 1990 hasta la fecha el crecimiento alcanza el 270%, lo que equivale a casi 400 mil personas, y de esa nueva población el 15% es menor de edad.
Por ello el desafío para la ANFP antes del torneo continental es desalentar cualquier asomo racista en nuestras canchas.
Para su tranquilidad, salvo episodios excepcionales, Chile ha estado libre todavía de este fenómeno. Es algo meritorio, porque su desarrollo económico atrae a cada vez más grandes masas de extranjeros, la mayoría proveniente de países con altos componentes de sangre indígena y de color. Algunos atisbos xenófobos, repudiados por el común de los chilenos, han brotado en las ciudades del norte, donde la proporción extranjera es inusualmente alta.
Por lo general, basta darse una vuelta por los barrios o lugares trabajos donde proliferan los inmigrantes para concluir que la convivencia con los chilenos fluye natural y armónica. La solidaridad entre los necesitados manda.
Aun así las mofas e insultos recibidos por el venezolano Emilio Rentería de parte de fanáticos rancagüinos e iquiqueños en dos fechas del Campeonato de Apertura 2014 recuerdan que hay que poner atajo oportuno a estos desbordes. Por lo pronto, lo del estadio El Teniente motivó una invitación de desagravio a La Moneda y el clásico nortino fue suspendido cuando el equipo de Rentería, San Marcos de Arica, vencía 1-0 a Deportes Iquique.
No son mucho más los casos en pastos nacionales.
Uno de ellos es la situación peculiar que vivió Rodrigo Goldberg cuando terminaba su carrera en Santiago Morning. En septiembre de 2005 -un año después de que la ANFP estipulara castigos para este tipo de agresiones- fue expulsado y suspendido por tres partidos, acusado erróneamente de haber insultado por su color de piel al jugador colombiano Manuel Valencia, de Deportes Osorno. El hecho causó tanto revuelo que fue abordado por la prensa extranjera.
Poco después al Polaco le tocó ser la víctima. Jugando contra Palestino debió soportar insultos xenófobos de la hinchada árabe debido a su origen judío. Lo grave en este caso es que dos semanas antes del partido Goldberg ya había recibido amenazas telefónicas por la misma causal.
Seis años más tarde hubo otro caso formal, en que el victimario fue el defensa central de Ñublense, Matías Manrique. El trasandino trató de «mono» y “come bananas” al ecuatoriano Giovanny Espinoza, seleccionado de destacada trayectoria. Lo bueno en este caso es que poco después, Manrique recapacitó y no titubeó en disculparse ante el entonces zaguero central de Unión Española. Los tiempos habían cambiado. Años antes era todavía común que el periodismo y la afición chilena tratara de “monitos” a los seleccionados ecuatorianos. El diminutivo supuestamente cariñoso de nada hubiese valido en estos tiempos.
Pero tal vez el episodio más repudiable fue el que afectó al colombiano Faustino Asprilla, en un clásico Colo Colo-Universidad de Chile, en 2003. Esa vez la habitual odiosidad entre ambas barras derivó en cánticos albos afirmando que a Asprilla le pagaban el sueldo con maníes. No hubo esa vez castigo para el club popular, simplemente porque recién desde el año siguiente se establecieron sanciones en el reglamento del balompié nacional.
Justamente lo ocurrido esa vez en el Estadio Nacional juega a favor de las elucubraciones que apuntan a que en el fútbol, al menos en nuestro moreno continente, no pocas demostraciones racistas responden, a fin de cuentas, a odiosidades históricas entre hinchadas que suelen buscar los modos más hirientes para atacarse mutuamente. En este caso, la hinchada ofensora es una que ha hecho suya la causa del pueblo mapuche, históricamente maltratado.
Llevando el ejemplo más allá de nuestras fronteras, tampoco escasean los casos de insultos contra jugadores de raza negra proferidos por barras que nada dicen en contra de sus propios jugadores de color.
¿Cosas del fútbol?