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Opinión: en un país de ciegos, el «experto» es rey

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Andrés Alburquerque
Por : Andrés Alburquerque Periodista El Mostrador Deportes
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Vivimos en el país de los expertos. Los hay para todo y para todos los gustos. Por eso muchos opinan con un dominio que asusta y que siempre lleva a engaño. “Este gallo sí que sabe, ah?”, comentamos embobados, sin saber en realidad si lo que habla el individuo en cuestión es racional o es una suerte de charlatán de labia generosa.


Es que habla bonito y “de corrido”, pero sobre todo con una seguridad que no deja espacio a la duda: es un especialista. Son los mismos que copan las redes sociales con comentarios absolutamente tajantes y que abarcan los temas más diversos. Son los que piden las cabezas de Bachelet a Peñailillo, de Novoa a Moreira; los que solicitan las renuncias de Lasarte a Tapia, y los retiros de Herrera o Valdés, sin fijarse en trayectorias ni méritos ni secuelas ni injusticias.

Y lo hacen con argumentos irrefutables, porque siempre se las arreglan para “saber” más que el resto, para estar más y mejor informados, ¿no ve que son especialistas?

En fútbol, religión, política, educación, sicología, mecánica automotriz, albañilería, medicina, física nuclear… No importa el tema. En todos y cada uno son expertos de primer nivel. Listos para ofrecer asesorías sin importar si les pagarán en pesos, en dólares o lingotes de oro. Y con o sin boleta.

¿No se ha dado cuenta? Siempre que uno va al médico, ese perito le pregunta qué le recetaron, como si dominase a la perfección su enfermedad. Es el que le pregunta quién le hizo ese trabajo de gasfitería que degeneró en desastre e inundación domiciliaria, el que cree que están fallando los platinos de su auto cero kilómetro o considera que la muralla de su ampliación cederá al primer temblorcito.

Ese ducho amigo o amiga es el mismo que publica en su Facebook que lo de los equipos chilenos en la Copa Libertadores fue un desastre, como si tuviésemos 12 títulos en el bolsillo, y se olvida que perder es parte de nuestra historia, que hemos tenido una trayectoria mediocre y sobre todo irregular, quizás porque estamos rodeados de tipos que nacen con la pelota pegada al pie y que juegan como los dioses.

Y si alguna vez nos hemos acercado a argentinos, brasileños y uruguayos es porque hemos puesto otras cosas en la cancha. Ingredientes como disciplina, empeño, ganas, táctica y estrategia.

No, no estoy diciendo que somos malos para la pelota, como suelen decir principalmente las chilenas cuando se trata de defender su territorio y alejar a sus hombres de las juntas con amigos o de la pichanga del barrio. Creo que tenemos buenos futbolistas, y que tarde o temprano veremos triunfos grandes a nivel de Selección.

Pero la Libertadores es de clubes, y los nuestros no pasan por una buena etapa. Económica y administrativamente disminuidos, los grandes ya no son tan grandes como quisieran sus incondicionales y exigentes hinchas, y los demás se contentan con premios mínimos. O con hacer una campaña sorprendente pegándole el palo al gato con un buen y barato entrenador y un equipo equilibrado, que gane lo que tenga que ganar y un poquito más.

O que le haga un corajudo partido a Boca en La Bombonera y pierda por poco, mientras su arquero entona los cánticos de los “bosteros” (quizás porque en eso también somos especialistas: en “argentizaciones”, con vocabulario lunfardo y entonación porteña incluidas).

Ahí, en las derrotas más que en los triunfos aparecen los expertos de siempre, y tuitean, comparten, funan, chatean, guasapean y comentan con ese aire de superioridad que intimida (claro, porque si uno se atreve a rebatirles es de inmediato ninguneado sin espanto ni misericordia). Sí, son los mismos que endiosan a Colo Colo por su brillante victoria sobre Atlético Mineiro y que menos de dos meses después convencen a un grupo para gritar en el estadio “que se vayan todos”. Y la masa, obediente, pide cabezas a diestra y siniestra. ¿O no se acuerda que son especialistas?

Es la sociedad del peritaje, del que muestra credenciales y pasa sin mirar, del que cobra por trabajos jamás hechos o que recibe cheques de jugosos negocios ilegales o al menos incorrectos. Del que ganó en una lotería familiar y ahora habla seguro, ayuda a amigos y enemigos, y lo hace sin titubeos de especie alguna, y que cuando es encarado por un error involuntario dice que se enteró por la prensa, que fue malinterpretado, que no se trata de mucha plata o que la asesoría es lo suyo. Porque es un verdadero especialista.

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