Chile y Bolivia en la cancha: la Roja siempre ha volado a mayor altura
Salvo escasos episodios, los duelos futbolísticos entre ambos países han sido tranquilos. Tal vez a ello ayude la clara superioridad roja con resultados contundentes e inobjetables que han evitado discusiones y polémicas más allá de los 90 minutos.
Ha sido una confrontación muy dispareja. Al punto que no ha habido necesidad alguna de recurrir a la FIFA para dirimir controversias futbolísticas, como sí está ocurriendo en el ámbito territorial.
Los duelos Chile-Bolivia generalmente terminan con el mismo resultado. Los rojos celebrando y los verdes lamentando. Todo suele transcurrir y terminar en calma, sin tensiones ni desbordes extra futbolísticos, como a veces ocurre con Perú.
Lo único que empareja a chilenos y bolivianos en la cancha es la menguada estatura. Sus jugadores son los más bajos de Sudamérica, aunque en los últimos años el promedio chileno se ha ido empinando.
En resultados, en cambio, Chile arrasa. Ha ganado 27 y empatado 7 de los 40 partidos disputados. En Sudamérica solo Venezuela ha sido más apabullada por la Roja.
Y para desgracia altiplánica, esto no parece terminar. El jugador chileno se habituó a jugar en altura, en parte gracias a los partidos en la competencia interna disputados en Calama y El Salvador. No se asusta ni se apuna por jugar en La Paz o en Oruro –como les ocurre a los gigantes del Atlántico- y la ventaja que Bolivia le sacó décadas atrás jugando en su ciudad emblema ya no es tal: la Roja ha ganado allá sus tres últimas incursiones por las clasificatorias mundialistas.
La primera confrontación, en el Sudamericano de Santiago en 1926, terminó con goleada chilena 7-1, en una jornada inspirada de David Arellano, que convirtió cuatro goles. Habría después otras parecidas, pero nunca con tanta diferencia. La cadena de cuatro victorias seguidas se rompió en el Sudamericano de Sao Paulo en 1949, con un triunfo boliviano 3-2, al que le siguió inmediatamente, en 1950, otro por 2-0 en La Paz. Fue una racha irrepetible.
Tres años más tarde, un solo lunar. En el Sudamericano de Lima ambas selecciones igualaban 2-2 cuando en el minuto 66 el árbitro inglés Richard Madison suspendió el encuentro por el comportamiento antideportivo altiplánico. Finalmente, el triunfo le fue concedido a Chile.
Las confrontaciones clasificatorias comenzaron de cara al Mundial de Suecia 1958. De local, Chile triunfó 2-1, muy apuradamente. En La Paz no hubo cómo vencer a la puna. A los pocos minutos ya desfallecían los defensas Caupolicán Peña y Mario Ortiz. El 3-0 en contra fue absolutamente lógico para una oncena que nunca alcanzó un nivel aceptable y que también perdió sus dos duelos con Argentina. Las crónicas alabaron al arquero René Quitral por impedir más goles.
El primer partido ganado por Chile en La Paz fue el 4-3 cuajado en un amistoso de 1971 gracias a los tantos de Eduardo Peralta, Sergio Messen y Fernando Osorio, dirigidos por la dupla de Luis Vera y Raúl Pino en la antesala del arribo del desastroso alemán Rudi Gutendorf. Doce años más tarde, en otro cotejo no oficial llegó el segundo triunfo, esta vez por 2-1, con anotaciones de Jorge Aravena y Juan Carlos Letelier. Era la renovada selección de Luis Ibarra que pretendía reivindicar el honor perdido en el Mundial de España. La del 80’ fue una década muy favorable para Chile, con cinco victorias coronadas por una goleada 5-0 en la Copa América de 1989.
En los 90’ el castigo impuesto por la FIFA a Chile impidió a la Roja medirse oficialmente con la mejor Bolivia de la historia. Aquella con jugadores como Marco “Diablo” Etcheverry, Erwin “Platini” Sánchez, Ramiro “Chocolatín” Castillo, Milton “Calavera” Melgar, Carlos “Pichicho” Borja, Marco “Toro” Sandy, Wladimir “Motorcito” Soria y Julio César “Emperador” Baldivieso. Una selección tan creativa en la cancha como a la hora de los apodos.
Los tres amistosos jugados entre 1993 y 1994 terminaron con dos triunfos chilenos y uno boliviano. Una victoria nacional fue la tercera en La Paz. La boliviana, en cambio, es todo un hito porque el 2-1 significó su primer y único triunfo en Chile.
Los altiplánicos ya venían de vuelta del Mundial de Estados Unidos y Xabier Azcargorta se despedía del país que elevó su prestigio como entrenador. Por el lado chileno, Mirko Jozic dirigía por última vez a la Roja. Dos atacantes suplentes en ese estelar equipo verde, William Ramallo y Mario Pinedo, anotaron los goles de la victoria. Lukas Tudor convirtió el descuento.
La década se cerraría con aquel inolvidable 3-0 timbrado por la Roja que clasificó a Francia ’98. Los goles de Rodrigo Barrera, Marcelo Salas y Juan Carreño permitieron superar a Perú por diferencia de goles y volver a un Mundial después de 16 años.
En las clasificatorias siguientes al Mundial Corea-Japón 2002, Chile sufrió su última derrota en La Paz. Fue un 0-1 al que le siguió un desalentador 2-2 en Santiago, cuando la selección ya jugaba solo por el honor y la dirigía Pedro García tras la renuncia de Nelson Acosta. Bien por Bolivia, pero no había que esforzarse demasiado para ganarle a esa Roja. De hecho, poco después Venezuela le propinó su peor derrota premundialista al ganarle 2-0 en el propio Estadio Nacional.
Pero en adelante las sonrisas chilenas no se borrarían más.
En las tres clasificatorias siguientes solo hubo victorias. De local y de visita. Y en La Paz con idéntico resultado: 2-0.
Lo mejor, sin embargo, es que de visita no se trató de triunfos complicados por la altura. Al revés, mostrando una resistencia física envidiada por el resto de Sudamérica, la Roja manejó cada partido con gran seguridad, dosificó fuerzas y terminó los 90 minutos con los rostros de los jugadores sin un asomo de agobio.
Para Alemania 2006 la Roja ganó gracias a los goles de Moisés Villarroel y Pedro González. En la siguiente clasificatoria, rumbo a Sudáfrica 2010, el héroe fue Gary Medel, que anotó los dos goles. Era la selección de Marcelo Bielsa, plena de juventud, potencia y ambiciones. Mucho para el equipo de “Platini” Sánchez, impotente ante un Chile nunca antes visto. La historia se repitió camino a Brasil 2014. Todavía dirigía Claudio Borghi y hasta ese momento su futuro no era incierto. Luciendo la misma lozanía física y seguridad en sí misma de sus dos antecesoras, la Roja ganó con goles de Charles Aránguiz y Arturo Vidal.
La racha de ocho triunfos continuos se rompió hace bien poco, en el amistoso jugado en octubre del año pasado, en Coquimbo. Fue un golpe a cierta soberbia nacional (¿extensible al terreno geopolítico?) que enfrentó el partido con la suficiencia de astros de nivel mundial ante rivales sin mucho prestigio y que llegaban con 13 encuentros sin victorias.
El héroe boliviano fue el delantero Carlos Saucedo. Metió los dos tantos a Johnny Herrera y tras el primero se dio el lujo de celebrar arrojado sobre el césped y simulando nadar.
El mensaje no admitía doble lectura. Bolivia ya había planteado su demanda marítima ante el Tribunal de La Haya. La imagen dio la vuelta al mundo y se convirtió en una eficaz arma comunicacional para el Gobierno de Evo Morales, cuya reivindicación atrae en el mundo más simpatía de la que los chilenos quieren ver.
Para no dejar dudas de su intención, Saucedo comentó después: “Quizás fue una forma de demostrar que nosotros queremos una salida al mar. Se me ocurrió en ese momento, luego de que anoté el gol. En Chile muchos nos molestan por el tema del mar. La gente chilena se anda burlando, entonces quise demostrar, señalar y manifestar que Bolivia tiene derecho a una salida al mar”.
Apodado “Caballo”, tras el partido el delantero del Saprissa de Costa Rica fue rebautizado en su país como “caballito de mar”. Confesó también que “Gary Medel me insultó hacia el final del primer tiempo por mi celebración”. Qué duda cabe: un Pitbull condecorado por el Ejército chileno con un corvo empuñado en la Guerra del Pacífico no iba a permitir semejante agravio al orgullo patrio, y para peor a domicilio.
Más allá de esa inesperada arista, la igualdad fue un severo llamado de atención para Jorge Sampaoli y el medio en general, porque los errores defensivos que costaron los goles bolivianos desnudaron falencias que todavía persisten y son motivo de discusión.
El resultado dejó un mar de dudas. De resolución incierta.