Opinión: Barcelona, de aquí a la eternidad
Bastó un cambio de entrenador y otros leves retoques para que el equipo catalán volviera a la cima. El mundo del fútbol debe admitir ahora que cometió un error de marca mayor al sentenciar el año pasado el fin de una era gloriosa.
Entre abril y mayo del año pasado el Barcelona pareció resbalar por un tobogán infernal.
En pocas semanas perdió la corona de la Copa del Rey a manos del Real Madrid y también el titulo de la Liga BBVA y el paso a semifinales de la Champions League al sucumbir en ambas ocasiones contra el Atletico Madrid.
La naturaleza humana vio entonces la oportunidad de revivir un ritual antiquísimo: El derribamiento del aparentemente invencible porque había demostrado ser tan mortal como todos.
Es que ese equipo maravilloso ya nos tenía algo cansados de tan imbatible que era.
Poco importaba si se trataba de un tropiezo propio de una transición tras el alejamiento de su mentor, Josep Guardiola. O de la inexperiencia de su sucesor, el Tata Martino.
No. Reforzada por la debacle española en el Mundial de Brasil, la antropofagia futbolística sentenció el fin de un ciclo. Los héroes estaban fatigados y jugar a ganador significaba ahora volcar la atención en el Bayern Munich, una suerte de Barça germanizado, donde el genio de Guardiola reviviría la galanura catalana con sabor a chucrut y a cerveza.
Lo de esta temporada, entonces, es una venganza rotunda.
Al cabo, los forjados en Cataluña lo reconquistaron todo. La Liga, la Copa y la Champions. Y lo mejor, apabullaron al que se suponía era el nuevo monarca del fútbol mundial, el equipo de Munich moldeado por el genio de Guardiola.
Bastó con la salida de Martino y la llegada de Luis Henrique. Los blaugranas revivieron y ese toque que se había vuelto rutinario e impotente recuperó toda su frescura y letalidad.
Lo mejor no es solo que el equipo mantuvo su sello, sino que casi no alteró su escuadra titular. Los héroes supuestamente desfallecientes solo se habían tomado un respiro.
Ocho de los 11 titulares a lo largo de estos dos últimos semestres son los de siempre: Dani Alves, Piqué, Mascherano, Jordi Alba, Busquets, Iniesta, Messi y Neymar, aunque este último solo llegara en la época del ocaso aparente.
Los cambios estuvieron en el arco, donde Claudio Bravo y André Ter Stegen se repartieron el escenario local e internacional. En el medio campo se fue el talentoso Cesc Fábregas y lo suplió el croata Ivan Rakitic, sin mucha alcurnia pero muy adecuado al esquema. En la ofensiva apostó a ganador: se desprendió de un meritorio pero subyugado Alexis Sánchez y lo reemplazó por un goleador de fuste, el uruguayo Luis Suárez. Así triplicó su poder de fuego, porque el gol esquivo en la era Martino volvió a ser un hábito.
De este modo, el toque al que hasta se calificó de insulso volvió a ser mágico.
En la final de la Champions la Juventus fue superada de principio al final, por más que tras el empate temporal pareciera que podía llevarse el titulo. Pero no. Los catalanes volvieron a lucir esa calma imperturbable del que se sabe superior. Demolió de contragolpe, es cierto, pero solo por circunstancias del juego. El gol del triunfo pudo llegar de cualquier otra forma porque los dioses del Olimpo ya le habían renovado al Barcelona su derecho a ser inmortal.