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Opinión: la clase media mostró lo suyo en la primera fecha

Opinión: la clase media mostró lo suyo en la primera fecha

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Ojalá el resto de la Copa América mantenga el equilibrio mostrado en sus primeros seis partidos. Será saludable para un continente que defiende con uñas y muelas un prestigio ganado a costa de sus dos gigantes, a cuyas espaldas históricamente se ha subido el resto para defender posiciones amagadas en los últimos años por naciones emergentes de otros lares.


Nunca he compartido mucho el discurso sudamericano de que nuestras clasificatorias son las más difíciles del mundo. Me suena mucho a un afán un poco obstinado de emparejarnos a como dé lugar con los europeos, que nos aventajan en casi todos los órdenes de la vida. Cierto es que futbolísticamente contamos con dos súper potencias y que entre los tres mejores jugadores del planeta siempre suele haber un par de los nuestros, como ahora, pero la verdad es que de ahí para abajo los del viejo continente pueblan los rankings con selecciones, equipos y, sobre todo, muchos jugadores propios de gran nivel.

Afortunadamente, Sudamérica ha visto en los últimos años un saludable crecimiento de la mayoría de sus selecciones. Una suerte de irrupción de la clase media. Dejando de lado el poderío eterno de Brasil y Argentina y el estancamiento relativo de Uruguay (que ha sabido defenderse como un viejo león herido del acoso de los más nuevos de la manada), el resto se ha hecho más competitivo, con la posible excepción de Bolivia y la postración de Perú.

Mucho de eso quedó en claro en la primera ronda de partidos de la Copa América.

Uno de los gigantes no pudo sostener su ventaja y terminó cediendo un empate el minuto 90. El otro solo logró la victoria en los descuentos. Y sus rivales no eran precisamente los que más han crecido en los últimos años. Se trataba, en ambos casos, de selecciones que habían rematado en el fondo de la tabla de las clasificatorias para Brasil 2014.

Lo más probable es que al final los mismos de siempre terminen llevándose el premio mayor. Sería natural.

Brasil busca el desquite de la humillación sufrida en casa hace un año y Argentina quiere un título que no gana desde 1993. Además, tienen a dos genios, como Messi y Neymar, que pueden romper cualquier equilibrio colectivo. El nacido en Mogi das Cruzes ya lo demostró ayer con ese pase genial que concluyó en el gol del triunfo ante Perú. Messi puede emularlo en cualquier momento.

Lo trascendente es que los partidos de esta Copa sigan mostrando ese emparejamiento que permite mantener la incertidumbre hasta el final.

No es descartable que los prometedores pero aún inmaduros jamaiquinos reciban alguna boleta, especialmente en el duelo con Argentina.

O que Bolivia no soporte las ansias de un Chile ávido de un triunfo rotundo y acabe desfondándose en el cierre del Grupo A.

Pero por el bien del prestigio sudamericano, incluso por el interés común de seguir defendiendo ese medio cupo mundialista que el resto del orbe nos quiere quitar, ojalá que los partidos cerrados sigan siendo la tónica.

Si hasta para los de la clase media continental ya era latoso cuando les encajaban humillantes goleadas a venezolanos y bolivianos. Más allá de la algarabía inmediatista, se trataba de triunfos que poco y nada dejaban para el objetivo final de seguir progresando.

Por suerte, por lo visto hasta ahora en la Copa, cada victoria costará sangre, sudor y lágrimas.

Así le pasó a Chile frente a un hace rato peligroso Ecuador. México no pudo con Bolivia y la atemorizante Colombia se inclinó ante su vecina Venezuela. Uruguay terminó refugiada ante el acoso de los ágiles jamaiquinos. Y así. Nada puede darse por seguro y los pronósticos serán cada vez menos confiables.

Que Uruguay, Chile y Colombia mantengan el nivel que les ha permitido hacerse respetables a nivel mundial. Que Ecuador y Venezuela sostengan y mejoren ese progreso que les subió la autoestima y su posición continental. Y que Paraguay y Perú consoliden la recuperación de ese poderío extraviado exhibida en esta primera fecha. Ojalá Bolivia pudiese imitarlos, pero eso es más difícil.

Nos llevemos o no ese título siempre esquivo, para los chilenos sería motivo de orgullo que esta Copa América fuese recordada como el punto de partida para una saludable nivelación de las selecciones de la Conmebol.

Eso haría más interesante las próximas clasificatorias mundialistas. También mitigaría en algo la afrenta de la corrupción directiva y haría más creíble el discurso aquél de que nuestros torneos son los más difíciles del mundo.

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