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Opinión: homenaje a Alcides Ghiggia, el lado feliz del gran drama

por 18 julio, 2015

Opinión: homenaje a Alcides Ghiggia, el lado feliz del gran drama
El puntero uruguayo, recientemente fallecido, fue el héroe en la increíble victoria de la Celeste sobre Brasil en el partido final del Campeonato Mundial de 1950. El fútbol y la vida la sonrieron siempre, y él respondió con calidad y bonhomía.
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Un gol y una declaración lo transformaron en un personaje inolvidable, por no decir inmortal, porque falleció hace un par de días.

El gol lo anotó el 15 de julio de 1950 ante Brasil, por la final del campeonato mundial de ese año. Ese tanto enmudeció no sólo a las cerca de doscientas mil personas que habían ido al estadio Maracaná con la firme convicción de que esa tarde serían campeones mundiales, sino que sumió en la amargura –y por mucho tiempo- a todo el país. Y, además, marcó uno de los capítulos más impactantes en la historia del fútbol mundial.

La frase la pronunció cuando arreciaban los homenajes por ser el único sobreviviente del equipo que trizó la historia en plena mitad del siglo 20: “Solamente tres personas han logrado silenciar al Maracaná: el Papa, Frank Sinatra y yo”.

SONRISAS DE LA VIDA

El corazón de Alcides Edgardo Ghiggia dejó de latir justamente cuando Uruguay recordaba la hazaña que se había consumado otro 15 de julio, el de 1950. Hace tres años libró casi milagrosamente con vida después de un accidente futbolístico. Y eso hizo reflexionar sobre el destino de este charrúa al que la vida le sonrió siempre y que se transformó en la leyenda feliz del drama del Maracaná.

Esa tragedia dejó un nombre en la gloria (el de Alcides) y otro en el infierno (el de Barbosa, el arquero brasileño). El primero opacó a Obdulio Varela, el gran capitán de las selecciones uruguayas, el mayor de los caudillos con la camiseta celeste. El segundo salvó a un compatriota que fue tanto o más culpable que él: Bigode, lateral izquierdo de Brasil, encargado de marcar a Gigghia. El uruguayo se le escapó dos veces. En la primera, se acercó a la línea de fondo e hizo el centro retrasado para que lo empalmara Juan Alberto Schiaffino y metiera la pelota en un ángulo. En la segunda, se acercó a la línea de fondo y, adivinando que el arquero se abriría para que no repitiera la jugada anterior, remató con poco ángulo y metió el balón entre palo y arquero.

Los uruguayos –lo contaban después- sintieron el silencio del Maracaná. Más de alguno pensó que todo eso era un sueño. Cuando Ghiggia anotó el segundo gol, faltaban 23 minutos para el pitazo final. Y los celestes ya eran buenos para defender ventajas.

Lo habían demostrado en los Juegos de París (1924) y Amsterdam (1928), cuando la competencia futbolística en la cita olímpica equivalía a los Mundiales. Y lo había corroborado en la primera Copa del Mundo, que se fue a sus vitrinas en 1930.

Esas glorias empujaron a Uruguay hacia la hazaña. No se podía comparar el poderío del dueño de casa (7-1 a Suecia y 6-1 a Españaen los partidos correspondientes a ese cuadrangular final) con el entusiasmode los charrúas (complicado 3-2 a Suecia y afligido2-2 con España). Y, además, Brasil se puso en ventaja apenas comenzado el segundo tiempo.

Cuando se produjo la explosión de júbilo y el estallido ensordecedor de los petardos por la apertura de la cuenta, Varela demoró la reanudación y les recordó algo de su arenga previa: “Los que miran son de palo”. Quiso decir que no importaba el público ni el ambiente. Y afloró la garra que llevó a los celestes a tantas hazañas cuando no lloraban como ahora.

FÚTBOL Y MATE

En ese lote estaba Ghiggia, Flaquito, veloz, encarador y pícaro. Se había destacado como goleador en el Sud América y pronto apareció la grúa de Peñarol. Ahí estaba cuando fue convocado por primera vez a la Selección, justamente como integrante del plantel mundialista del 50.

Estuvo en Santiago y fue titular de la Celeste en el Campeonato Panamericano de 1952, en el que Uruguay fue tercero, detrás de Brasil y Chile.

Terminado el Panamericano, se fue a Italia. Aprovechando la sangre de sus ancestros, vistió la “azzurra” como oriundo (condición que permitía a los descendientes de italianos jugar por su selección), mientras brillaba en la Roma y el Milan. Después volvió Montevideo y prolongó su carrera jugando por Danubio. En total, 23 años de éxitos
en las canchas.

Esta semana se apagó su estrella terrenal.

En el cielo tiene que estar jugando y tomando mate con Juan López, que los dirigía, y los otros diez de la gran hazaña: Roque Máspoli, Matías González, Eusebio Tejera, Schubert Gambetta, Obdulio Varela, Victor Rodríguez Andrade, Julio Pérez,Óscar Míguez, Juan Schiaffino y Rubén Morán.

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