Sampaoli, una obsesión clarividente
Se le ha criticado hasta con sorna por empeñarse en descubrir jugadores con sangre chilena en cualquier confín del mundo. Pero el casildense está iniciando un camino inédito, que solo puede traer beneficios al fútbol nacional.
Como suele ocurrir con los planes a largo plazo, la noticia pasó colada.
Resulta que Jorge Sampaoli, en una señal de que al parecer su alma chilensis ha terminado por prevalecer y piensa quedarse un buen tiempo más por estos lares, está dando cuerpo a un proyecto que excede su obsesión por hallar a algún adulto talento desconocido con sangre chilena, pero que por ahora exhibe su talento en la selva africana o las alturas del Tíbet.
No. Quiere ir más allá. Porque ya se convenció de que para cumplir con su objetivo necesita tomar las riendas de todas las selecciones, adultas y menores.
Su primer objetivo es incidir directamente en el proceso con las selecciones juveniles e infantiles. Para ello trajo a Chile al que Josep Guardiola considera su mentor como director técnico. Es el español Juan Manuel Lillo, quien dirigió al catalán cuando este se despedía como jugador en el club mexicano Dorados de Sinaloa. Lillo ya lleva un par de semanas en el país, ha dado charlas y, apoyado por Sampaoli, está en tratativas con la ANFP para asumir la conducción de los combinados menores en plena coordinación con el casildense.
Junto con ello, el estratego nacional encargó a sus colaboradores intensificar el rastreo de jóvenes promesas con sangre chilena en el exterior. Su anhelo es descubrirlas en su edad temprana: Sub 17, Sub 15 o incluso más chicos. El objetivo final es traer a los mejores dentro de pocos meses más para observarlos en directo en Juan Pinto Durán y acotar el margen de error en la selección final.
Está claro: Sampaoli no quiere solamente encontrar a un puñado de jugadores que le den en lo inmediato su anhelado recambio a la Roja, sino que dejar una base a futuro. Por eso la misión de sus colaboradores directos es ampliar los márgenes de búsqueda.
La tarea -en la que su joven colaborador Matías Manna tiene un rol preponderante- puede ser amplísima. Quienes quieran comprobarlo pueden «guglear» en variados sitios que abordan el tema. Allí se percatarán de que la lista de jugadores con sangre chilena de todas las edades es vasta. Incluso pueden sumar varios cientos. Nada de raro si se recuerda que las estimaciones hablan de casi un millón de chilenos desparramados por todo el orbe. Los hay en clubes de Primera División y en las inferiores de esos mismos clubes, pero también en equipos de Segunda y Tercera.
Más allá de qué tan buenos sean técnicamente respecto de los criados en nuestras canchas, es muy probable de que al menos no tengan las taras de nuestros muchachos formados en poblaciones amagadas por la droga y la delincuencia. Es seguro, también, que su salud ha merecido atención en todos los niveles respectivos hasta mucho después de haber salido de la sala cuna. Y hasta es posible que estén siendo formados con educación gratuita y de calidad.
En buenas cuentas, de seguro que estén mejor formados física, emocional y tácticamente. Esta última, sobre todo, cualidad primordial en esta nueva etapa del fútbol chileno, que entendió que jugar bien es mucho más que ser bueno para la pelota.
Como lo demostró Miiko Albornoz cuando fue reemplazado en el minuto 87 del empate 3-3 con México por la Copa América. No bajó la cabeza, puso cara de reclamo o trotó con cierto apuro para salir de la cancha. Apegado como estaba a la línea lateral de tribuna Andes, emprendió una carrera tan veloz hacia el otro costado de la cancha donde lo esperaba su reemplazante Jean Beausejour, que parecía pisarle los talones a Usain Bolt. El nacido en Suecia entendió que no había que perder ni un segundo en el esfuerzo colectivo por convertir el gol del triunfo en el epílogo del partido.
Un detalle, es cierto. Pero decidor del tipo de jugadores que pueden encontrar Sampaoli y los suyos en esta búsqueda que para los simplistas puede parecer obsesiva, reproche que solo demuestra una miopía de la que el seleccionador nacional está muy lejos.
Tanto, como lejos son los horizontes donde sus mastines están olfateando a aquellos jugadores que en el futuro aportarán ricos matices todavía ausentes en nuestros queridos y a veces odiables astros domésticos.