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Sampaoli y la delgada línea roja

Sampaoli y la delgada línea roja

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Andrés Alburquerque
Por : Andrés Alburquerque Periodista El Mostrador Deportes
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El técnico transandino es odiado o amado, pero no pasa inadvertido entre unos hinchas que exigen como el que más, aunque recién están aquilatando su primer gran logro a nivel sudamericano.


Es tan sutil la diferencia entre un penal errado y uno convertido, que todavía nos maravillamos cuando vemos la definición contra Argentina y comprobamos que todos los chilenos la echaron adentro y que de los argentinos sólo la embocó el que no podía fallar.

Así también es la cornisa por la que se mueve el técnico de la Roja, Jorge Sampaoli. Venerado incondicionalmente por muchos, odiado a muerte por los otros, porque el argentino no pasa inadvertido entre la hinchada.

Por eso muchos todavía no cesan de enrostrarle su actitud frente al triste accidente de Arturo Vidal. Incidente en que el casildense optó por enanchar la manga y perdonar bajo el precepto inconfundible de que “el fin justifica los medios”. Se alejó allí, y por mucho margen, de lo que hubiese hecho su alma mater, Marcelo Bielsa, en circunstancias similares.

El volante es y seguirá siendo importante para la Selección Chilena, pero ¿a cualquier precio? Si la Roja no hubiese ganado la Copa América, las críticas habrían caído sobre la cabeza del DT como lluvia de centellas y por una razón simple y poderosa: ahora cualquier jugador podrá argumentar arrepentimiento para no sólo pedir, sino que exigir no ser castigado ante cualquier falta grave.

Pasado y pisado el bochorno, Sampaoli demostró en la secuencia que sus aspiraciones no conocen límite y que está dispuesto a lo que sea por llegar lo más alto posible.

Y si en lo táctico sus bemoles son bastante menores (por lo menos para un equipo como el actual, que posee tantos jugadores destacados y compitiendo en Europa), lo que el medio no le perdona son estas otras actitudes, en las antípodas de la imagen dejada por el rosarino ahora en Marsella.

Porque tener un acuerdo verbal con el Sao Paulo para irse a la metrópoli brasileña tras la Copa América habla de una persona poco confiable, lo mismo que su ausencia en los festejos en La Moneda, arguyendo que no acudió por respeto al pueblo argentino.

Sus detractores señalan que lo primero es vergonzoso y lo segundo, hipócrita. De otra manera, tampoco habría festejado en la cancha del Nacional, y los dardos apuntan a un confesado deseo de convertirse algún día en seleccionador argentino. Volvemos, entonces, a esas ansias irrefrenables conocidas como ambición, y que tantas veces obnubila.

Porque tal como en alguna ocasión dijo el escritor irlandés Jonathan Swift, “la ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles. Por eso para trepar adoptan la misma postura que para arrastrarse”.

Quedémonos, por lo tanto, por su trabajo en cancha, donde ha mostrado más aciertos que errores y donde ha conseguido lo que no todos obtienen: aceitar una máquina para que funcione. Y a veces lo ha hecho con brillantez, con rendimientos rayanos en la perfección.

Chile ganó meritoriamente la Copa, y antes había hecho un buen Mundial, con un triunfo portentoso sobre España, sobre todo por las circunstancias. Ahora se aproxima un desafío mayor: clasificar a Rusia 2018 y hacerlo en la condición de favorito, porque no en vano somos campeones de América.

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