Publicidad
Experto internacional, Gilberto Aranda: “Ser socios y no rivales. Una cumbre Ying Yang” ANÁLISIS

Experto internacional, Gilberto Aranda: “Ser socios y no rivales. Una cumbre Ying Yang”

Publicidad

El análisis de Gilberto Aranda da cuenta que la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Beijing reactivó las señales de distensión entre ambas potencias, pero mantuvo intactos los focos de tensión estratégica: Taiwán, Irán, la inteligencia artificial y el control tecnológico global.


El reencuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Beijing volvió a instalar la pregunta que atraviesa hoy a la política internacional: si Estados Unidos y China están entrando en una nueva etapa de distensión estratégica o simplemente administrando una rivalidad inevitable. Para el experto en relaciones internacionales Gilberto Aranda, la escena tuvo una carga simbólica comparable a los grandes hitos diplomáticos de la Guerra Fría.

Aranda recuerda que la cumbre evocó inevitablemente la histórica visita de Richard Nixon a China en 1972, cuando Washington y Beijing comenzaron a desmontar décadas de enfrentamiento. “La escena volvió a replicarse”, escribe, al describir la llegada de Trump a la capital china, esta vez recibido por el vicepresidente Han Zheng y acompañado de una cuidada puesta en escena diplomática.

El académico plantea que la recepción desplegada por el gobierno chino no fue casual. Desde la caminata protocolar por la Plaza Tiananmén hasta las reuniones en Zhongnanhai, Beijing buscó proyectar estabilidad y disposición al diálogo frente a la creciente tensión entre ambas potencias. En ese sentido, sostiene que “China intentaba exorcizar la desconfianza instalada a partir de la creciente rivalidad estratégica, tensiones comerciales y divergencias en la seguridad global con Estados Unidos”.

La delegación que acompañó a Trump también fue interpretada como una señal política y económica. Junto al secretario de Estado Marco Rubio y al jefe del Pentágono Pete Hegseth, viajaron figuras clave del mundo tecnológico estadounidense como Elon Musk, Tim Cook y Jensen Huang. Para Aranda, aquello reflejó que, pese a la fragmentación global y las tensiones comerciales, la interdependencia entre ambas economías sigue siendo inevitable. “Hoy, sin embargo, quiere decir que en una época de desglobalización fragmentada, la interdependencia sigue de moda, particularmente si se trata de comercio, tecnología e industria”.

En ese contexto, el analista destaca que uno de los objetivos de Trump fue precisamente abrir mayores espacios para las empresas tecnológicas estadounidenses en China, retomando incluso referencias históricas a la política de “puertas abiertas” impulsada por William McKinley a fines del siglo XIX.

Sin embargo, Aranda advierte que el simbolismo de la cumbre no elimina las profundas diferencias estratégicas entre ambas potencias. A su juicio, la palabra clave utilizada por Xi Jinping fue “convivencia”, concepto que el propio académico describe como uno “que sin duda supera la tolerancia típica de una coexistencia pacífica, apostando por la cooperación y el intercambio”.

El experto enfatiza que el líder chino incluso fue más lejos al señalar que ambos países debían “ser socios y no rivales, para lograr beneficios mutuos y prosperidad compartida”. Pero detrás de esa retórica conciliadora permanecen los temas estructurales que siguen tensionando la relación bilateral.

Entre ellos, Taiwán continúa siendo el principal punto de conflicto. Aranda subraya que fue “la única advertencia directa proferida por el mandatario chino: la cuestión de Taiwán”.

El académico también observa que Trump evitó referirse públicamente a la isla, pese a las consultas de la prensa sobre el rol militar de Estados Unidos en el estrecho de Taiwán y el suministro de armas a Taipei. A ello se suma el conflicto con Irán, otro de los temas que marcó el trasfondo geopolítico de la reunión.

Según Aranda, mientras Washington anunció acuerdos vinculados a la libre navegación en el estrecho de Ormuz y la no nuclearización iraní, China mantuvo un tono mucho más cauteloso. Beijing, recuerda el académico citando el comunicado oficial chino, declaró: “esta guerra, que nunca debió ocurrir, no tiene ninguna necesidad de continuar”, concluyendo que “una vez abierta la puerta del diálogo, no debería volver a cerrarse”.

Pese a las diferencias, la cumbre sí dejó señales concretas en el terreno tecnológico. Aranda destaca que el encuentro habría permitido destrabar parcialmente la venta de chips avanzados a empresas chinas, un punto clave en la disputa global por la inteligencia artificial. A cambio, China mantendría el suministro de tierras raras a Estados Unidos, insumos fundamentales para la industria tecnológica y militar.

Para explicar esa dinámica, el experto recurre precisamente a la metáfora que da nombre a su análisis: “Como el Yin y Yang son fuerzas opuestas, aunque complementarias y profundamente conectadas”.

Con todo, Aranda evita concluir que la relación entre ambas potencias haya cambiado estructuralmente. A su juicio, todavía es temprano para determinar si se trata de una pausa táctica o de un verdadero reinicio diplomático. “Si esta fue apenas una pausa en una cerrera maratónica de largo aliento o si se resetearan las relaciones lo sabremos definitivamente en un tiempo”.

El académico cierra con una observación que considera reveladora sobre la lógica de poder que dominó el encuentro. “En el encuentro de las dos principales economías del mundo en la mesa de diálogo no había mujeres”, escribe, antes de rematar: “Las cosas no cambian tanto”.

Publicidad