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Gabriel Gaspar y la fractura del Perú: “El 70% de la población vive en la informalidad”
El analista chileno detalla que la polarización en las elecciones es evidencia de clivajes que van más allá de lo ideológico, los que tienen que ver con la economía y la fractura que existe entre las grandes ciudades y el “Perú profundo”, así como con el racismo.
El exambajador, exsubsecretario y analista internacional Gabriel Gaspar dice que lo que está sucediendo en Perú, luego de la segunda vuelta de ayer, es una repetición casi calcada de las elecciones presidenciales de 2021, en las cuales Pedro Castillo ganó por muy pocos votos a la candidata de las fuerzas de derecha, Keiko Fujimori.
Igual que en aquella ocasión, el voto de Fujimori se concentra en Lima y en la zona costera, mientras que el de su contendor, Roberto Sánchez, está repartido entre los sectores campesinos y la zona andina, “el Perú profundo”, como lo explica, que está lejos del esplendor que se vive en los sectores acomodados de la capital, como Miraflores y San Isidro.
De hecho, Gaspar viene llegando de Perú y señala que, independientemente del resultado de las elecciones, estas se van a dar en medio de un clima muy polarizado, cruzado por acusaciones de fraude, como ya aconteció en 2021, y explica que “es muy difícil interpretar todo esto como un enfrentamiento ideológico, como algunos lo colocan, como de izquierda y derecha, siendo claro que Fujimori mayoritariamente representa el mundo de la derecha y Sánchez al mundo progresista de izquierda. y de centroizquierda. Sin embargo, en Perú hay otras fracturas, como la que existe entre Lima y las regiones, cada vez más postergadas respecto de la situación de Lima”, detalla.
A ello –agrega– “se suma otro clivaje, que es colonial y que esta vez salió con bastante fuerza en la campaña y en las redes, que se basa en un racismo ramplón y discriminador, brutal, totalmente condenable, que pone a los blancos europeos como los portadores de la civilización en el continente, versus la inmensa masa plebeya, que no solo es el indígena, sino también es el cholo, que es el mestizo, el afro, etc. Ese es el Perú profundo al que me refiero”.
Parte importante de esa población, sobre todo en el sur –sostiene– “sintió que a Castillo lo derrocaron. Por eso se alzaron, y ahí mataron a 50 personas, dejando cientos de heridos a bala por parte del ejército y de la policía. Eso lo organizó Dina Boluarte, a quien nunca se enjuició, a la vez que el fujimorismo en el Congreso se opuso a cualquier tipo de investigación”, dice, en referencia a los disturbios que siguieron a la destitución de Castillo por parte del Congreso, en 2023.
Una tesis sobre el Estado peruano
A ese telón de fondo, Gaspar añade otros elementos de inestabilidad, entre ellos, las “sucesivas reformas constitucionales que fueron permitiendo que el Congreso tomara la voz cantante del Estado. En ese Congreso votaban hasta ahora juntos el fujimorismo con la ultraderecha y también con un partido de izquierda al que le fue pésimo en las elecciones, Juntos por el Perú”.
Sin embargo, precisa, ello obedece a que en el fondo, en buena parte de la política peruana no mandan las ideologías, sino las conveniencias personales, pues “muchos ven cómo ir de candidatos para así ser parte de un manejo del presupuesto nacional y meter a toda su familia a la administración pública. Es un clientelismo bastante ramplón también, que fortalece la corrupción, y eso indigna a buena parte de la población. Y a ello agrego una tesis: que el Perú es un Estado inacabado, en el sentido de que no logra controlar todo su territorio, lo que sucede en lugares como el valle del VRAEM (sigla de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro, donde operan narcoguerrillas) o en los sectores donde opera la minería ilegal del oro. Un estado que no controla su territorio tampoco puede proteger a su población, como lo demuestra una brutal presencia de las bandas delictivas que extorsionan a la población, sobre todo, en las grandes ciudades”, detalla.
A todo lo anterior, suma el problema económico, que muchos creen –después de visitar Lima y sus zonas acomodadas– que no existe. Sin embargo, precisa que la inestabilidad política repercute directamente en lo primero: “El Perú está creciendo a un 2%, que es tan mediocre como el 2% nuestro, pero con los precios del oro, que es uno de sus principales productos de exportación, y con los precios del cobre, que son espectaculares, igual como en Chile, debiera estar atrayendo miles de millones de dólares de inversión y podría estar creciendo al 6% por lo menos. ¿Por qué no lo hace? Porque tiene un riesgo país muy elevado”.
Ello –expresa– lleva a que “el Perú esté perdiendo una oportunidad. Sus élites se están farreando una oportunidad y, aunque la moneda esté estable y la macroeconomía funcione bien, el 70% de la población vive en la informalidad, vendiendo salchipapas o manejando taximotos. Entonces, hay una realidad de desigualdad social brutal, que no es nueva”.
El caso boliviano
A lo anterior se suma la crisis que vive Bolivia, que lleva ya varias semanas de protestas, producto de la situación económica que vive, sobre lo cual Gaspar indica: “Entre paréntesis, y esto vale para ambos países, eso demuestra que el hecho de tener elecciones democráticas no significa que un Estado sea democráticamente estable”.
Además, sitúa los orígenes inmediatos del problema actual en la división que existió en el partido hegemónico de izquierda (el MAS), tras lo cual terminó ganando Rodrigo Paz, de quien dice que “es un hombre de centro, estrictamente. Se equivocan quienes dicen que es como Bolsonaro o como Bukele. Quienes dicen eso no conocen Bolivia, Rodrigo Paz es hijo de Jaime Paz, el fundador del MIR boliviano, que devino en un partido socialdemócrata importante. Rodrigo Paz nació en España y creció en Estados Unidos, es un hijo del exilio”, grafica.
Respecto de las protestas, argumenta que Paz “heredó una situación económica dramática, por la escasez de divisas y de combustible. Si bien lleva seis meses de gobierno, no ha logrado normalizar plenamente la economía ni el abastecimiento de combustible y terminó con los subsidios. Eso implicó un alza del costo de la vida y después vino otra, producto de la guerra, por lo cual volvió a subir el combustible”.
Ello significó una fuerte pérdida de apoyos políticos y el inicio de las protestas, debido al desabastecimiento que se vive en La Paz, El Alto y Oruro. En el fondo de todo eso –puntualiza el experto–, existen divisiones semejantes a las que se viven en el Perú, y quizá la más notoria de ellas es que “hay una fractura regional entre Santa Cruz, que es agroindustrial y petrolero y que no es una ciudad andina, sino tropical, que mira más bien hacia el río de La Plata o a Brasil, y el mundo del occidente, que es el mundo boliviano clásico que nosotros conocemos: étnico, discriminado y muy aguerrido en los últimos años”.
Las complicaciones pueden aumentar, por cierto, pues aunque el fin de semana pasado era largo en Bolivia, el Congreso trabajó todos los días, “y aprobaron una ley que permite imponer el estado de excepción, que había sido eliminado”, el que, por cierto, “fue pedido por las propias Fuerzas Armadas, que sin estado de excepción dijeron que no salían, al no haber seguridad jurídica para su gente”.
No son pocos –relata el analista– quienes creen que la solución es la renuncia de Paz, pero “no lo veo muy práctico, porque en ese caso asumiría el vicepresidente, el expolicía Edmand Lara, cuyo discurso es un tanto disruptivo para la mayoría que hoy día está gobernando, por lo menos institucionalmente”. El problema, recuerda Gaspar, es que la expresidenta Jeanine Áñez asumió del mismo modo en 2019 y, aunque tenía 90 días para llamar a elecciones, no lo hizo y luego de un año se presentó a candidata presidencial.
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