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La ultraderecha empieza a crujir en América MUNDO

La ultraderecha empieza a crujir en América

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La simultaneidad de derrotas electorales, crisis institucionales, protestas sociales y problemas de legitimidad introduce un elemento que hasta hace pocas semanas parecía menos visible: el avance de las corrientes de ultraderecha ya no aparece como un proceso lineal.


Hasta hace menos de un mes, la expansión de las derechas radicales y de los gobiernos alineados con Donald Trump en América parecía avanzar sin obstáculos. 

  • El triunfo de Abelardo de la Espriella en Colombia reforzó esa percepción, mientras el llamado Escudo de las Américas –impulsado por Washington junto a gobiernos afines– consolidaba una red regional articulada en torno a seguridad, lucha contra el narcotráfico y una agenda de alineamiento con Estados Unidos.
  •  Pero en las últimas semanas comenzaron a aparecer señales que ponen en cuestión la idea de una expansión política sin contrapesos.

El primer giro llegó desde las urnas. En Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva consiguió imponerse finalmente a Flávio Bolsonaro después de haber quedado segundo en la primera vuelta. La elección mostró además la importancia que adquirieron las redes sociales en la disputa política, en medio de acusaciones y decisiones de las autoridades electorales sobre el funcionamiento de las plataformas de Meta.

A ello se sumó el resultado de las elecciones de medio término en Estados Unidos, donde los demócratas recuperaron el control de la Cámara de Representantes y el Senado, mientras los republicanos perdieron terreno incluso en bastiones tradicionalmente conservadores. El nuevo Congreso incorporó, además, representantes de minorías que marcaron hitos históricos.

El crujido electoral comenzó a transformarse en crisis política. Paraguay entró en una situación institucional inédita después de que el presidente Santiago Peña presentara su renuncia en medio de un juicio político desencadenado por la crisis de Ueno Bank y las acusaciones sobre sus vínculos previos con el grupo controlador de la entidad.

En Bolivia, las protestas contra el Gobierno de Rodrigo Paz volvieron a las calles, debido al impacto de la eliminación de los subsidios a los combustibles, mientras la inflación y el costo de vida alimentan la presión social. En ambos casos, los problemas económicos terminaron convirtiéndose en conflictos políticos de mayor alcance.

En Argentina el escenario es diferente, pero también existen señales de tensión con el Gobierno de Javier Milei. El deterioro económico y social y la caída de su aprobación muestran los límites que enfrenta la promesa de transformación radical.

En Chile, José Antonio Kast atraviesa la mayor crisis política de su Gobierno a raíz de las rebajas de condena otorgadas a personas sentenciadas por delitos sexuales contra menores. La controversia derivó en un cuestionamiento directo a la conducción política del Presidente Kast, la que ha sido calificada de inexistente.

Las situaciones son distintas y sus causas también. Pero la simultaneidad de derrotas electorales, crisis institucionales, protestas sociales y problemas de legitimidad introduce un elemento que hasta hace pocas semanas parecía menos visible: el avance de estas corrientes ya no aparece como un proceso lineal. Los gobiernos que llegaron prometiendo orden, seguridad, reducción del Estado y ruptura con el ciclo político anterior, están ahora enfrentando dificultades crecientes que amenazan salirse de las manos.

La próxima prueba estará en Europa. España acudirá a elecciones generales el 29 de noviembre, con el Partido Popular y Vox como actores centrales de una eventual mayoría de derecha. Si no lo consiguen, se agregará otro elemento a una secuencia que comenzó a acumularse en América.

Por ahora, lo más preciso es hablar de un crujido: la estructura sigue en pie, pero por primera vez en meses aparecen señales simultáneas de resistencia, desgaste y contrapeso.

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