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De críticas y críticos: transformismos

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Los críticos-como-novelistas están en las antípodas del sacerdote asceta. Para escribir tienen que meterse en las entrañas de la sociedad y en las pasiones de los seres humanos; necesitan construir historias y adoptar distintos puntos de vista; deben ironizar a veces, y en ocasiones contemporizar.


Ahora que mi amigo Moulian ha vuelto a refugiarse en el minimalismo, haciendo el elogio de la «micropolítica» como sucedáneo de la política y las reformas (ver su columna de ayer), quisiera aprovechar de ampliar mis reflexiones sobre la naturaleza de la crítica y los críticos dentro del capitalismo.



Ya decía la semana pasada, en Paradojas de la crítica oficial, que existen dos tipos de crítica y de críticos: los que juzgan la historia desde una alta plataforma de autosustentación moral, y los que buscan —sin temor a ensuciarse las manos- intervenir en la historia y cambiarla, así no sea subiéndose a ella para manejarle las riendas.



Richard Rorty, en un maravilloso artículo sobre filósofos y novelistas, ha explotado una dicotomía similar que existiría entre los filósofos que Nietzsche llamó una vez «sacerdotes ascetas» —que son esencialistas, creen en la experiencia purificadora del pensamiento, no tienen paciencia con los enredos de la sociedad y la gente, y cultivan una propensión a hablar del ser de los sistemas— y los narradores, quienes trabajan un arte «inspirado por la risa de Dios, (que) no sirve a las certezas ideológicas, sino que las contradice», según los describe Kundera.



La crítica en la sociedad contemporánea adquiere también ambos rostros, y usa múltiples máscaras derivadas de uno y otro.



Los críticos ascetas lo son, ante todo, porque están convencidos de ser sólo ellos los auténticos contradictores del sistema, cuya esencia creen conocer y dominar y cuyos efectos perversos sienten ser los únicos en repudiar moralmente.



Para ellos el «gran rechazo moral» es la esencia de la crítica. Sus luchas son de «resistencia» —positiva o negativa— frente al capitalismo, del que necesitan escapar para no contaminar su propia pureza y frente al cual se proclaman en radical oposición espiritual.



En Chile conforman un verdadero establishment, una izquierda epigonal y rocinante; una falange seria y solemne, cuyo lenguaje está siempre cargado de pathos, de densidad, de algo espeso, relativamente dramático y denunciante.



Por suerte Tomás Moulian tiene suficiente humor y ha leído demasiadas novelas como para dejarse atrapar dentro del círculo de hierro de los sacerdotes ascetas. Sólo de vez en cuando se desliza hacia allá, pero luego reacciona y vuelve por sus fueros, haciéndole un guiño a la novela.



Los críticos-como-novelistas están en las antípodas del sacerdote asceta. Para escribir tienen que meterse en las entrañas de la sociedad y en las pasiones de los seres humanos; necesitan construir historias y adoptar distintos puntos de vista; deben ironizar a veces, y en ocasiones contemporizar.



En esta vena, Rorty contrapone al marxismo —que con Lenin llegaría al máximo de la ascesis sacerdotal— con Dickens, el novelista inglés.



«Y es que el marxismo, al igual que el platonismo y el heideggerismo, desea para el ser humano algo más que la mera comodidad. Quiere transformación (Ä„ay!, esa palabra que Moulian ahora quiere elevar de status para que como una luz nueva reemplace las sombras de la revolución perdida), una transubstanciación acorde con un plan universal único: el marxismo aspira sin tregua a eso que denomina el nuevo ser humano socialista. Dickens no aspiraba a que nadie se transmutara, excepto en un único aspecto: deseaba que cada cual pudiera comprender a aquellas y aquellos con quienes se cruzara por la calle. Su intención consistía en que ningún ser humano incomodara a otro con etiquetas morales, sino que reconociera el derecho de cualquier persona —el señor y la señora Dombey, Anna y Karenina, K. y el lord Canciller— a ser comprendida».



Son éstas, por tanto, dos concepciones de mundo, y dos maneras de insertarse en él que subyacen al ejercicio de la crítica. Mientras el crítico asceta busca reducir la variedad de las criaturas de dios a un solo parámetro y ve a su entorno desplegado en una sola dimensión, el crítico-narrativo busca entender la pluralidad de las cosas bajo el cielo y ajusta sus pretensiones morales al nivel en que los humanos se miran a los ojos.



En nuestro medio ideológico predomina todavía el intelectual jacobino, que tiene el fuego en el corazón y lucha en todos los frentes contra el sistema, su lógica, sus leyes. Después, cuando vienen los tiempos malos adopta, como Moulian, una estrategia mínima: «en los tiempos de densidad histórica», dice, «las luchas serán versátiles y articuladas, y en los tiempos de esterilidad se ubicarán especialmente en el nivel de la micropolítica». Hay pues un tiempo para todo: tiempo para salir a atacar al sistema y tiempo para sumergirse en la «micropolítica». Ä„Muy a lo Foucault!



En suma, se abandona el enfoque de la revolución desde arriba, central y compacta, para dar paso al rechazo multiforme, total y desde dentro del capitalismo ante el cual cabe resistir siempre, positiva y negativamente. Permanece subyacente, sin embargo, un mismo principio de trasfondo: el de la negación absoluta, sin fisuras, sin ironía, sin humor, que no reconoce el derecho de las personas y las cosas de ser comprendidas.



¿Significa esto que reivindico para mí a Dickens y la crítica narrativa?



Me gustaría poder hacerlo, pero en justicia no me corresponde. Pues como bien señala Rorty de los filósofos, y lo mismo se aplica a los intelectuales, todos «llevamos dentro de nosotros algo del sacerdote asceta. Perseguimos todos la esencia y compartimos el gusto por la teoría, en oposición a la narrativa. De no ser así, probablemente nos habríamos dedicado a otra clase de trabajo».





Siga la notable polémica entre Brunner y Moulian



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  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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