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Editorial: Cambio de folio politico

por 7 diciembre, 2005

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Por primera vez desde que se recuperó la democracia, nada de lo que está en juego en la elección presidencial puede ser "endosado" a la transición a la democracia. Ella definitivamente ha terminado y esta vez se trata de un cambio de folio político.



Entre las manifestaciones que caracterizan este escenario está la plena normalidad institucional, la apatía ciudadana, una creciente desafección doctrinaria y desórdenes partidarios, mayor presencia de poderes corporativos, y la posibilidad latente de que el país se vuelva a articular en tres tercios, con un centro político orgánico que haga el péndulo entre la derecha y la izquierda.



Uno de los hechos básicos es que Chile enfrenta su normalidad democrática sin haber construido de manera expresa un consenso político para abrir su sistema político a todas las fuerzas, mediante la modificación del actual sistema electoral.



El marco institucional vigente no se funda en un pacto constitucional que permita una competencia libre de la amplia diversidad de opiniones que existen en el país. El sistema sigue prisionero de estrechas burocracias partidarias que dominan las designaciones y los cargos, y la Constitución sigue siendo la de 1980, pese a sus importantes reformas.



El sistema binominal distorsiona la voluntad soberana y es demasiado estrecho para satisfacer la demanda de participación de una sociedad crecientemente activa, diversa y plural. Ello genera presiones regionalistas y corporativas, y acciones individuales de líderes políticos que empiezan a minar desde dentro el sistema. Todo indica que ese proceso se profundizará los próximos años, e inevitablemente dará mayor fluidez e imprevisibilidad a las coaliciones políticas, hasta el punto que resulta pronosticable que las elecciones del Segundo Centenario se enfrentarán en un escenario político totalmente diferente.



Por otro lado, la actual elección es una elección sin pueblo y sin programas, como nunca antes en la historia de nuestro país en los últimos 100 años. No es claro si ello responde a un cambio en la cultura política ciudadana o es sólo el resultado de un ambiguo tipo de convocatoria electoral. Esto, pese a los esfuerzos indistintamente desplegados sobre las mujeres, las minorías sexuales, los indígenas y otros.



Ello ha redundado en una enorme apatía ciudadana. Los candidatos insisten en una mirada antigua y estática sobre una agenda llena de nuevos temas y oportunidades discursivas, con vagas promesas de empleo, rectificaciones del modelo o reformas integrales.

Independientemente de la manera de frasear sus consignas, ellos han sido tremendamente opacos para interpretar el cambio de escenario. En la ciudadanía se percibe un compás de espera y la sensación de que el reordenamiento social y cultural que insinúa el país no tiene espacio actual en los discursos presidenciales. Ha quedado en suspenso, o simplemente va por un camino que los dirigentes políticos no alcanzan a captar.



Todas las coaliciones políticas presentan síntomas de disolución, principalmente porque la verdadera competencia está dentro de las propias alianzas. La tendencia se hará nítida con los primeros resultados electorales parlamentarios el próximo domingo. Nombres políticos emblemáticos caerán a manos de sus propios aliados, haciendo más encarnizada las disputas entre partidos y grupos.



Hace días que la pesada ingeniería electoral de meses pasados para designar candidatos, ha dado paso a un crucigrama de llamadas políticas transversales, cuyo último ajuste ocurrirá cuando la fuerza presidencial ganadora componga su gobierno y su base de apoyo político.



En ambos bandos las matemáticas electorales no dan para ganar sin recurrir a campos contrarios. Ello va acompañado de sutiles movimientos a derechas e izquierdas, haciendo del centro político algo demasiado viscoso y elástico.



En estas circunstancias, lo que marca el cambio de folio no es una propuesta que cautive la imaginación, sino una interfase política que se abre entre el cierre casi triunfal del gobierno saliente, y cuatro años para que maduren las tendencias reales del Chile del Siglo XXI.

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