Horcón: una apuesta arriesgada que desafía
A partir de marzo, se abre un nuevo período de expectativas para la reconstrucción social de un país que en lo subyacente, aún exhibe daños en sus bases políticas y morales. Algunos lo pueden constatar diariamente, y otros se empecinan en ignorarlo. Los dos puntos de vista, aunque no estén claramente estructurados en las votaciones, permanecen, y donde se reflejan con más nitidez, es en el registro artístico. Como siempre, el arte a la vanguardia de la política.
En este sentido, Horcón, un sorprendente film de Rodrigo Goncalves, con reestreno programado para marzo, incita a revisar el ejercicio de la memoria que en el Chile político se complica y queda suspendido.
Tuve la oportunidad de ver este film que se pudo realizar con el apoyo de Fondart, en dos exhibiciones abiertas a un publico mixto de locales y extranjeros. Terminamos aplaudiendo una obra vigorosa, de densa textura simbólica, plena de giros en el contenido, con ritmo narrativo entrelazado en matices visuales y sonoros de gran calidad. Gran fotografía, C.López, premio Pedro Sienna 2006. Espléndida música de J.Arriagada y G. López. Todo ensamblado en una historia que cautiva de principio a fin, llevada a cabo con actores sobrios y competentes sin punto bajos.
A través del personaje principal de Ana, una alemana que viaja a Chile en el presente, a depositar las cenizas de su padre – papel muy bien configurado por la actriz alemana Julia Beerhold-, se reconstruye ese pasado vital, lúdico, libre y pleno de sinceridad del lugar. En un tic tac de pasado y presente, de pronto todo se desmorona, y emerge una desidia que el país aún conoce en parte, y no desmenuza los por qué. Es Horcón, más que una parte de Chile.
Ana descubre ese pasado de dos caras, con la imperfección de la memoria y el presente, hasta encontrarse con un país que no es el suyo, que nunca lo ha sido, pero que aún así, no puede definir qué es en el presente. Donde la historia contada no es de fiar, porque los que cuentan tampoco sienten que es su país. Aunque hay sueños, en el discurso final prevalece una tristeza de base.
En su primer estreno a fines de 2005, Horcón entró directamente en ese túnel kafkiano compuesto por audiencias expuestas cada vez más a la sobre valoración del montaje publicitario, y a un «público especializado» que forma parte de un compacto mediático, orientado a «sustentar» filmes que deben exhibirse y otros que deben desactivarse.
Sucede también en forma descarnada en el mundillo editorial de los libros, en todos lados. Como resultado, Horcón, estrenada a fines de 2005, tuvo una reducida exhibición, al más puro estilo de Los Angeles (EEUU) de los años 30 y los 50, cuando la industria cinematográfica por excelencia, manipulaba los espacios y determinaba quién debía sobrevivir.
Conociendo anteriores trabajos fílmicos del director de Horcón, su grado de prolijidad, su aproximación hacia una estética cosmopolita y rica en matices, la única explicación del desdén, podía encontrarse en su contenido: un examen al cinismo recurrente de aquellos que sostienen que el ejercicio de la memoria sobre el impacto de las atrocidades cometidas a partir del 11 de septiembre de 1973, puede cerrarse en beneficio de lo que sea. Algunos dicen «para no entramparse con el pasado», la frase de moda de los 90, y que perdura hasta hoy como actitud instalada.
A la primera exhibición, llegué invadido por prejuicios. Me habían advertido de la densidad. Frases como «que le falta estructura al guión», «que el sentido es vago», » por qué el énfasis en el odioso enano» (encarnado por el sorprendente Patricio Brambilla), «y tanta nostalgia por el período de la Unidad Popular», estimulaban los prejuicios. Sin embargo escondían un desagrado por la sensación amarga que deja Horcón con su estilo narrativo punzante, y con intención.
En cambio, es una obra que en su manufactura técnica evoca a maestros como Peckinpah, en materia de símbolos y ritmos de edición; Kubrick, en narración y textura de imágenes donde el contenido está en la foto; y Huston, en el enano perverso y voyeurista de ‘Bajo el Volcán’, basada en la obra de Malcom Lowry. Me informé que Goncalves se identifica más con el cine «europeo», pero reconoce también otras latitudes. La mano del escritor y guionista Radomiro Spotorno podrá explicar esa mezcla de evocaciones rica y sugerente.
Curiosamente, Horcón estimula todo ese expediente de hibridaciones, cruces y policromías visuales que corresponden a un cine mundial, sin fronteras. No hay objeto artístico de mayor universalidad, y que integre una congregación de energías creativas más diversas, como el cine.
Hollywood es un invento judío-europeo, donde hubo una presencia fuerte de ingleses, canadienses, españoles, argentinos y mexicanos en su desarrollo. El cine «inglés» se benefició de checos, italianos y norteamericanos. Los franceses se declararon admiradores del cine de los EEUU, lo mismo que los alemanes. Quizás los más insulares en su desarrollo han sido los nórdicos, pero hasta Bergman reconoce influencias en Francia y en el neorealismo italiano que su vez, tiene una estampa bien estadounidense, especialmente del cine de los años 30. Kurasawa reconoce en el cine estadounidense y soviético una fuente, lo mismo que el indio Ray.
Así es un cuadro revelador, y como Goncalves es pintor, Horcón resulta ser un mural de vigorosos desplazamientos pendulares en las imágenes a través del color, en los cambios de ritmo fotográfico, en el uso preciso de imágenes y texto, todo ensamblado en un ambiente sonoro a veces quizás sin pausa (tal vez la única exaltación desmedida en la pieza), dejando un mensaje penetrante en cada escena.
Como que el autor quisiera decir todo lo que sufrió, lo que sufrieron sus amigos, sus familiares, pero en definitiva lo que padeció una caleta de pescadores que representa a Chile. Convertida en un solar, no del turismo petulante y del consumismo avasallador, sino un lugar frecuentado por profesionales e intelectuales parados frente a la vida con códigos culturales y morales difíciles imperceptibles en el presente..
Obviamente Goncalves con Horcón, no está ni para las relaciones públicas, ni para los campeonatos de popularidad y su apuesta es bien arriesgada.
Su hincha número uno al parecer es el poeta Premio Nacional, Armando Uribe Arce, el archi duque del no-consumismo, con quien está preparando una película.
Es Horcón, un Chile que pudo desarrollarse hasta 1973, con esa espontaneidad que procrea la contemplación distante de la política, cuando era posible una autentica colegiatura de orígenes, apetencias, y destinos, en oposición a la actual transversalidad cooptada por un pedazo de pan más grande imposible de compartir.
Ese Horcón es probable que vuelva en algunos rasgos, pero ese Chile de ese Horcón que Ana recibe en las historias, no volverá jamás, y ni siquiera ha quedado el recuerdo de él, porque todo ha sido tan horroroso que el espacio para recordarlo se contrae.
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