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Nuevos liderazgos latinoamericanos y benevolencia del primer mundo

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Para nadie es un secreto que América Latina es el continente donde existe la mayor desigualdad entre ricos y pobres del mundo, ni que en esta región dictaduras militares y aventuras de diverso color político han desembocado en una violación sistemática de los derechos humanos. Basta ver el cine y la prensa internacional para comprender esto. Pues los retratos que allí se hacen sobre Latinoamérica suelen reducirse a drogas, pobreza y violencia.



Ante este imaginario un tanto antojadizo sobre lo que América Latina es, no es de extrañar que desde hace un tiempo se postule que corren tiempos de elecciones con un sello histórico. Quien primero marcó la pauta fue Brasil con la irrupción de Lula da Silva. Pues el país más importante de América del Sur eligió democráticamente en el año 2003 a un líder sindicalista como su presidente. Recientemente Bolivia dio un masivo apoyo electoral a Evo Morales, con lo cual por primera vez en la historia de este país ha asumido un indígena como Presidente. Y las actuales elecciones en Chile han concluido con en el triunfo de Michelle Bachelet, con lo cual una mujer ocupará por primera vez el máximo puesto político de este país.



Sin duda alguna existen grandes diferencias entre estos nuevos dirigentes, aun cuando todos ellos son representantes de algo así como la izquierda política. De hecho, el Partido de los Trabajadores de Lula poco tiene que ver con el Movimiento al Socialismo de Evo Morales y ambos grupos políticos tienen a su vez poca similitud con el Partido Socialista de Bachelet. ¿Acaso existen semejanzas entre el estatismo del PT brasileño, la retórica revolucionaria del MAS boliviano y el pragmatismo neoliberal del PS chileno?



Pese a estas diferencias, los tres líderes en cuestión tienen un gran punto en común: sus biografías y sus semblantes encarnan una de las facetas más visibles de la exclusión. Lula da Silva demostró que pese a la desigualdad social es posible que un hijo de analfabetos llegue a ser Presidente. Evo Morales revela que si los indígenas se organizan pueden llegar a vencer el clasismo y racismo que imperan en América Latina. Michelle Bachelet refleja que ser mujer y víctima de la dictadura puede ser un capital antes que una traba para ejercer liderazgo político.



Por lo mismo es que estos tres líderes despierten tanto interés en la esfera mundial. La opinión pública de los países del primer mundo por lo general celebra que naciones subdesarrolladas den cabida a nuevos liderazgos con rostro humanitario. Sindicalista-Presidente, Indígena-Presidente o Mujer-Presidenta son marcas que suenan bien, sobre todo si provienen del tercer mundo. Estos eslóganes dan a entender que se está yendo por la senda correcta, que la desigualdad se está combatiendo y que en algún lugar del mundo los buenos les están ganando a los malos.



Desde hace tiempo que las sociedades desarrolladas están faltas de ídolos y por ello es que buscan con desesperación a nuevos héroes que les despierten admiración. Acá está América Latina a la delantera, en tanto la orientación occidental del continente y el aura cool de los idiomas español y portugués hacen que figuras como el Ché Guevara o el Subcomandante Marcos estén en boga. Oriente sigue siendo una región con idiomas extraños y curiosamente el heroísmo anti-occidental de los terroristas árabes no es precisamente motivo de admiración en Estados Unidos o Europa. Portar una tenida con un retrato de Osama Bin Laden es visto como un pecado antes que como estar a la moda.



Por cierto que es un logro indiscutible que electoras y electores latinoamericanos den cabida a nuevos personajes que hasta hace poco eran impensables. Negar esto sería no sólo faltar a lo políticamente correcto, sino que también pasar por alto transformaciones importantes que están viviendo las sociedades de la región. Sin embargo, la realidad latinoamericana es compleja y la benevolencia del primer mundo poco aporta a comprender esto y menos ayuda a solucionar los problemas.



La retórica triunfalista con que en el primer mundo suele celebrarse la llegada de nuevos liderazgos en América Latina no viene a modificar el imaginario que se tiene de la región, sino que lo corrobora. Dicho de forma moralista: es bueno que en un continente de pobres, indígenas y machistas no solo lleguen ricos, blancos y hombres al poder. Pero este moralismo paternalista no apunta los problemas que ha tenido el gobierno de Lula para que el primer mundo deje entrar los productos brasileños a sus mercados, nada dice sobre la creciente importación europea y estadounidense de cocaína boliviana, así como tampoco hace referencia a la falta de ecologismo de los inversionistas extranjeros en Chile.



Ahora bien, tampoco es justo echarle toda la culpa a otros por las complicaciones que los latinoamericanos tenemos. El problema está en que como nuestra identidad está fuertemente marcada por lo que otros dicen sobre nosotros, nos empezamos a creer que lo simbólico que tiene la emergencia de Sindicalistas-Presidentes, Indígenas-Presidentes o Mujeres-Presidentas es suficiente para superar las dificultades de la región.



Los nuevos liderazgos que están surgiendo en América Latina hay que medirlos con realismo y, por lo tanto, hay que intentar dejar a un lado la benevolencia con que el primer mundo los observa. De lo contrario, seguiremos viviendo en aquel realismo mágico sobre el que tanto les gusta escuchar a estadounidenses y europeos.

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Cristóbal Rovira Kaltwasser. Estudiante de Doctorado Humboldt-Universität zu Berlin (rokaltwc@cms.hu-berlin.de).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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