Respuesta al picao y pájaros de mal agüero
Usted bien ha descrito la desolada y friolenta situación de las y los chilenos que erramos por los inviernos del Norte, mientras en Chile se quejan del calor. Usted desde América del Norte, yo desde el Anciano Continente, a tiritones entre la oscuridad y a patadas con la nieve. Debo contar que acá en Münster nunca cae mucha nieve Ä„pero este año se pasó! Hace tres semanas estaba dando una vueltita con la Laika y Ä„zaz! cayó feroz nevada. Seguí caminando con el paraguas casi sin ver, hasta que la susodicha
hiciera sus gloriosos menesteres, y de pronto -sin ver que bajo la fresca nieve había ya una capa de hielo- pasó lo inevitable: lo peor fue la risa de mis vecinos cuando aterricé con el paraguas abierto en una mano y la correa del perro en la otra. El costalazo me llevó al hospital y me regaló un par de muletas azules, una pila de remedios y unas deliciosas inyecciones en la
panza que tendría que ponerme diariamente contra una posible trombosis (!).
Decidí que mientras afuera la gente se daba un costalazo tras otro, me quedaría tranquila y calientita en casa, viendo nevar por la ventana. Del perro se preocuparon los míos. Para subir y bajar de piso, descubrí el deporte de limpiar las escaleras con el trasero. Ahora bien: la invernal patita sanó y ya regreso a la movible verticalidad. Pero Ä„ojo!: cuando en Chile comiencen a caer las primeras hojitas del otoño, ustedes en Canadá celebrarán el advenimiento de la primavera. Acá en el Viejo Continente no podremos celebrar. O cautelosamente. En vez de tenderse las jóvenes con bikini en los parques al primer sol, los campesinos
guardarán las aves en los corrales, y los mortales comunes le haremos el quite a todos los pájaros de mal agüero. Todo ser volátil venido del sur será sospechoso de importar gripe aviar, que ya está tocando a nuestras puertas. En Grecia y en Italia aparecen gansos salvajes muertos. Cerca, muy cerca ya de Alemania. Me pregunto qué haremos. Si buscar vacunas como locos
(que en verdad no existen), ponernos ropa de astronauta o de buzo para que no nos caguen las aves migratorias, ponerle cuatro botas a la Laika al salir con ella, bajarnos precipitadamente del bus cuando alguien estornude, en fin…
Esto me recuerda abril del 86, cuando fue lo de Tchernobyl. Tan inmensa fue la nube radioactiva que se vino desde la ex Unión Soviética, que los niños no podían jugar en la arena de los parques infantiles, teníamos prohibición de comer callampas, mantequilla o beber leche, etc. La gente abría los paraguas a pleno sol, por si se le ocurría llover y caía la nube radioactiva. Los zapatos los dejábamos afuera de la puerta, nos duchábamos enseguida. Lo bonito de Tchernobyl: por repartir hojitas semanales sobre la radioactividad de suelos y comida en mi ciudad, conocí a otro ser que repartía hojitas igual que yo. Y así seguimos felices, comiendo perdices. Pensando qué haremos cuando lleguen las aves migratorias en unas semanas más.Y aunque podridos de invierno, estamos paradojalmente felices de que no
venga aún la primavera… Viendo caer la nieve afuera, calientitos en casa bebiendo un buen navegado, charlando con los amigos… Este sábado nos preparamos para una marcha anti neonazi. El resto… ya se verá.
______________________________________________________________
Isabel Lipthay. Periodista, escribe y canta. Vive en Alemania.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.