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El «empleado-producto»: nuevos sujetos en era del marketing

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La filosofía empresarial impregna el mercado laboral con una cultura que se encarga de sumar identidades, máximas, imaginarios y metas a las transmutaciones habilitadas por la explosión del marketing.



En la empresa también se multiplican nuevos conceptos, nuevos significados y todo un bagaje de contenido que termina por dar sentido a un nuevo sujeto en el mundo del trabajo.

Las consultoras dedicadas a la investigación de mercado y a la producción del marketing, las agencias de publicidad, las compañías multinacionales de cualquier rubro, los bancos, sólo por citar algunos casos, encarnan los escenarios más representativos para visualizar el impacto de estos cambios e innovaciones.



En estos ámbitos se super-produce un nuevo perfil de empleado que se consolida como un producto más; con «ventajas competitivas y comparativas», con «la máxima de la eficiencia», con «el valor agregado» y con otras tantas condiciones que limitan la identidad profesional. Hay un formato, una casilla que debe llenarse para «ser» en dichos espacios. Un «ser» que debe relegar tanto autonomía y tiempos personales como la capacidad de reflexionar, auto-interpelarse, revisar y polemizar sobre las propias producciones y acciones, entre otros valores y capacidades indispensables en la vida profesional y laboral.



Los «responsables de proyecto» y «los ejecutivos de cuenta» son algunas de las figuras que definen al nuevo profesional de estas empresas. Estos perfiles se logran a través de un solapamiento deliberado entre los objetivos de la empresa y los de los empleados. Las responsabilidades son cada vez más, porque el trabajador «es de la empresa». Una especie de hogar que abriga sutilmente hasta asfixiar. La empresa se convierte en el espacio de pertenencia que absorbe las lealtades individuales. Los trabajadores son animados a identificarse con ella a través de programas de participación que regulan gran parte de la vida privada.



Así, el «empleado» es reducido totalmente a mero operario de una red de objetivos piramidales desde la que pierde por completo su individualidad para formar parte de un eslabón más, de un gran engranaje que lo devora y presiona para mantener su lugar.
Sólo importa que los empleados de cualquier rango aprendan «la cultura de la empresa» y se «identifiquen con ella» para que todas las acciones producidas por ellos se fundan en una identidad empresarial.



A través de esta táctica se aglutinan diversas acciones que disfrazan el verdadero mensaje: «aprender las técnicas y lograr un trabajo eficiente sin reflexión alguna. No se requiere creatividad sino eficiencia y eficacia de acciones que se interpretan como la mayor rapidez en el cumplimiento y la operacionalización del trabajo.

La «proactividad» tiene lugar siempre que se subordine al logro de los objetivos, aunque es difícil que se asocie con la creatividad, y menos con la posibilidad de aportar ideas que puedan cambiar o innovar el sistema establecido de trabajo. Esto se lleva a cabo a través de la introducción de una política de premios y castigos que forma parte de la filosofía empresaria y sirve como patrón regulador de la conducta interna de la empresa. La motivación en este planteo es una mera extorsión, una simple zanahoria para tentar- obligar a cumplir el objetivo planteado.
En aras de «ganar rentabilidad», «ganar porción de mercado», o bien el reconocimiento doble de imagen y dinero se ponen en marcha, en las empresas, los mecanismos coercitivos y de presión psicológica más perversos hacia los empleados.



El discurso que aggiorna al empleado logra que él mismo deba administrar sus tiempos para cumplir con el «trabajo por objetivos». La presión se disimula bajo este discurso que, en definitiva, termina por esclavizar y automatizar al trabajador igual que en la vieja fábrica, agregándole ahora un componente psicológico mucho más fuerte y poderoso, ya que el éxito o el fracaso de los proyectos queda exclusivamente en sus manos. La consecuencia más apremiante de esta nueva normativa laboral es la fatiga mental que genera la nueva patología mundial del futuro: el estrés crónico.



El puesto de trabajo y la seguridad laboral se sitúan en el centro de la disputa, lo que determina que el empleado quede relegado a una situación de vulnerabilidad absoluta ya que ni siquiera hay espacio para que existan planteos de índole éticos.
La palabra éxito se encuentra en el centro de la acción y se convierte en el valor supremo de la cultura de mercado que hoy domina al mundo. Existe una exigencia a alcanzar el éxito y una condenación al fracaso que reducen la vida humana a estas dos dimensiones tan alejadas de la propia humanidad.

El desafío de transformar estas nuevas matrices de significado desde las que se legitima un mundo laboral cada vez más deshumanizado depende de la suma de voluntades verdaderamente libres que sin temores restablezcan una ética capaz de volver a poner en primer lugar los valores humanos en los lugares de trabajo; desde lo cotidiano, en las relaciones, en los límites, en las grandes y pequeñas decisiones.



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Valeria Albardonedo (Licenciada en Ciencias de la Comunicación) y Jimena Silvestri (Licenciada en Comercialización).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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