Publicidad

Entre agentes y gabinetes de verano

Publicidad


Hay movimientos que pasan casi inadvertidos, y que reflejan la somnolencia del período. Los gobiernos y los gabinetes en el país más gravitante en el Hemisferio Norte (EEUU) se eligen en temporadas frías o templadas. En Chile, esta actividad se está haciendo hace años en pleno calor, como en un país tropical. En el proceso se observa una tensión, pero que no se confronta, porque el sistema sobre el cual se sustenta el proceso político de establecer un gobierno, en el fondo es frágil. Además tiene una simbología cargada de expectativas encontradas donde predomina la espera.



Pero una mujer que estuvo 17 años palpando el centro de una cúpula de poder que aún gravita en Chile, dio algunas pistas ante tanta condescendencia por una transición inusual: una mujer Presidenta, y un período de cuatro años.



El 4 de febrero cuando Lucía Pinochet Hiriart fue detenida en Washington, da señales de saber distinguir entre un agente de la KGB y uno de la CIA. «Era siniestro (se refería al funcionario del Departamento de Estado), tenía aspecto de ser de la KGB más que de la CIA. Los del Departamento de Estado y del FBI fueron muy duros», asevera en una entrevista al diario La Tercera del 4 de febrero.



En su aparente candidez, con sus comentarios sobre los agentes cuando la detuvieron, dio en la cuerda precisa de los lineamientos estratégicos actuales que aún mantienen como objetivo central, la destrucción de la insurrección comunista. La visión provenía de una cúpula tal vez deteriorada y desprestigiada, pero por el examen de situación actual de los procesos legales que le afectan, sigue siendo cresta de poder al fin y al cabo.



El paralelo entre agencias de inteligencias emerge con claridad en una mirada desde adentro en The Russia House, una nostalgiosa novela de John Le Carré, hecha un film inolvidable por Fred Schepisi (1990). Un elenco de grandes actores que nunca estaría junto otra vez, le entrega una visualidad poco usual a un ambiente y una actividad hacia los cuáles el público está menos expuesto. Guerra y dramas pasionales son exhibidos con detalle en el poderoso aparato audiovisual actual. El otro mundo, ese de los espías, los agentes de la inteligencia, es apenas imaginado en la ficción de la literatura, el cine, y en los sueños.



El film, a través de sólidas representaciones de un grupo inolvidable -Michelle Pfeiffer, Sean Connery, James Fox, John Mahoney, Roy Scheider, y además, Klaus María Brandauer, y Ken Russell- el director de cine, entrega una bien construida historia para que el público atisbe un espacio del poder político que tanto le puede afectar sus vidas y con el cual no tiene incumbencia. A pesar de las nuevas herramientas tecnológicas, incluyendo Internet, ese mundo interno, de tráficos e infiltraciones múltiples y que subyace protegido entre las capas y la textura de una cebolla gigante, es apenas imaginado. Borges con su genialidad por el misterio no pudo llegar a él, Kafka apenas lo palpó, aunque el que le da el brío contemporáneo es Umberto Eco con El Nombre de la Rosa, mucho antes que el Código da Vinci.



Los agentes y las agencias de esta actividad racional y primitiva a la vez por lo antigua, son financiados (en general) por los dineros del Estado, dejan su huella, y la gente no los percibe, y menos los puede fiscalizar. Es la actividad que en un determinado momento más efecto puede tener en la conducta de un país, y es sobre la cual menos fiscalización puede haber.



En el film como en la novela, no se sabe quiénes son más crueles, si los del servicio inglés, o del soviético, o los de la CIA. Pero también se revelaba a la infiltración como consustancial al individuo, y al espionaje como una actividad que oscila a través de un juego pendular peligroso: entre lo pueril y lo letal, detrás de la máscara política del poder.

Lo que quiso tal vez decir Lucía Pinochet Hiriart sin darse cuenta es que el Departamento de Estado funcionaba como otro Kremlin. Habló desde el corazón en la desesperación: «son tan crueles como los de la KGB». ¿Cómo lo sabe? ¿Quién se lo dijo? ¿ Es que está en el imaginario del anticomunista consumado que la mayor crueldad de los servicios secretos, proviene del sistema comunista? ¿ O es que en su experiencia vital desde la cúpula de 17 años de dictadura, se podía tener acceso al refinamiento de la detección? Algo pasó que no es resultado de la simple candidez; hablaba desde el corazón.



Por alguna razón no hizo la comparación con los servicios de inteligencia y seguridad de su propio país en la época en que tenía acceso a las esferas del poder y su padre comandaba el país.



La hija de Pinochet quiso decir en su desesperación dos cosas: que había una mayor crueldad en el comunismo, representado en su visión del agente que se parecía a uno de la KGB, y que en última instancia el agente de la CIA, dentro de la perversión de su función, era más benigno. O sea, los resabios del antisovietismo predominaban, aunque fueran estadounidenses los que se parecían a los de la KGB.



Al no tener presente la imagen de los agentes de la Dina que ella misma pudo conocer más de cerca, o de la Gestapo, que están en el imaginario colectivo en la lista estelar de la brutalidad, demostraba que el antisovietismo y el anticomunismo, en este tipo de personas puede ser insaciable. Es como una compulsión o una adicción, y que forma parte de una manera de hacer política. No obstante la visión de que la crueldad de la KGB es mayor que las de los servicios de inteligencia occidentales, no se restringe a LPH, y es más generalizada.



Desde el colapso de la Ex URSS, ha sido cómodo para el político liberal tradicional o aquel perteneciente a la amplia gama de la izquierda reformada, resaltar las deficiencias del sistema soviético (o del régimen de Corea del Norte o de Cuba) cuando los males del sistema liberal occidental no se pueden resolver.



Como se ve, la KGB como símbolo, sigue penando, como también pena el oficio más antiguo que es el de infiltrar a la hora de organizar una batalla, una empresa, o una operación de cómo formar un Gobierno.



En la ardua tarea de seleccionar un equipo de trabajo para dirigir una unidad organizacional se corre siempre el riesgo de la infiltración. En el escenario moderno de redes globalizadas de grupos de interés, este riesgo es todavía mayor.



Hoy los países están respondiendo a los coletazos de 25 años de reducción del estatismo y empezando una transición hacia la «desterritorialización» de la clásica concepción de estado-nación territorio. El mundo árabe está viviendo crudamente este fenómeno con guerras impuestas desde afuera, para convertir sus naciones en territorios con estados refundados. Bolivia todavía está en peligro de convertirse en territorio corporativo global. Haití es un ejemplo límite también.

Debido al alto grado de interdependencia económica e institucional que alimenta el sistema de redes actual, el flujo del poder corporativo tiene mayor penetración en el tejido de cualquier ente orgánico, por muy pequeño que sea. Así como existe el proverbio de que no hay enemigos chicos, tampoco existen funciones o pequeños espacios de poder despreciables. Todo «nicho de poder» tiene su precio..



La infiltración en las organizaciones (humanas) es tan antigua como la existencia del ser humano, y es consustancial a su conducta. Forma parte de su sistema de protección y supervivencia. Pero también es la que más distorsiona este sistema porque atenta con un precepto fundamental en el ejercicio de la política y del poder: la lealtad. El político, desde que los ojos de la mente se pierden en el recuerdo, funciona él o ella en un sistema de infiltración, y sobrelleva un ambiente de observación interna permanente. Convive con esa dualidad entre lealtad e infiltración. Es la violencia interna de la política, que el público apenas palpa, y que medios complacientes o en connivencia, no revelan en carne y hueso.



Quizás ocurre así porque como algunos sostienen: el agente más eficiente es aquel que nunca sabe cuando es reclutado y tampoco percibe cuando es desahuciado; tampoco sabe (o puede saber) donde depositar su lealtad.




  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad