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La tiranía encubierta

por 31 julio, 2011

Los chilenos estamos siendo política y económicamente tiranizados. Estamos siendo dominados y manipulados por un conjunto de poderes fácticos transversales y entrecruzados que han conseguido escamotear la reconquistada democracia, convirtiendo el proceso político en algo semejante a un fraude y al proceso económico en un asalto en despoblado que se perpetra cotidianamente.
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Si acaso la extendida crispación social acaudillada por el movimiento estudiantil  que sacude al país  tiene alguna perspectiva realista de solución,  aquella tendrá que emerger de la superación de  la mera reivindicación sectorial, para situarse sólida y propositivamente en la  esfera de la reivindicación política pura y dura.

Como se ha señalado hasta la saciedad, la atmósfera de irritación y movilización  social  reinante posee motivaciones diversas pero interconectadas. Las hay vinculadas   con cuestiones medio ambientales, con la crisis  terminal de un sistema educacional injusto  y de mala calidad, con la inequidad económica y las abismantes diferencias sociales y con los temas relacionados con la exigencia por mayor igualdad, en sentido general.

Todos estas reivindicaciones temáticas o sectoriales, y otras muchas  que habrán de manifestarse abiertamente  más temprano que tarde, confluyen sin embargo  en unos ciertos espacios comunes. Primeramente, en la crítica consciente o inconsciente, objetivada o no, de la naturaleza más profunda y distorsionada   del sistema político e institucional que nos rige, y que en lo más esencial se corresponde con la herencia institucional de la dictadura.

De igual modo,  el malestar ciudadano y ahora de manera más precisa y consciente,  identifica como otra fuente principal de las desdichas al modelo de desarrollo que igualmente se nos ha impuesto desde arriba. Ese sistema económico que nos domina y  nos abusa implacablemente, y frente a cuya lógica cruel,   perversa y depredadora  nos sentimos angustiados e indefensos.

Los chilenos  estamos siendo política y económicamente tiranizados.  Estamos siendo dominados y manipulados por un conjunto de poderes fácticos transversales y entrecruzados que han conseguido escamotear la reconquistada democracia, convirtiendo el proceso político en algo semejante a un fraude y al proceso económico en un asalto en despoblado  que se perpetra cotidianamente.

Que el sistema político e institucional esta crecientemente deslegitimado y amenazado por colapsar total e irremediablemente, es algo que está fuera de toda duda.  Los ciudadanos desconfían de las instituciones del Estado, casi sin excepción y con particular encarnizamiento en el Parlamento.  Tampoco confían en los partidos, todos los cuales experimentan una crisis estructural de dimensiones  inéditas, reflejada dramáticamente  en su evidente y contumaz  incapacidad de representar las expectativas ciudadanas,  con lo cual marchan directo a la marginalidad y la irrelevancia. Y si acaso ello llega efectivamente a ocurrir, tendremos muchas ocasiones de lamentarlo amargamente.

En general, los ciudadanos perciben que la política transcurre desconectada e indiferente a sus necesidades e intereses, y lo que es todavía peor, estiman que todo lo auténtico en política  acontece a sus espaldas y que  su escenificación cotidiana a través de los medios de comunicación casi siempre revela solo medias verdades, cuando no abiertas mentiras que apenas logran ocultar el mero interés corporativo transversal de la así llamada “clase política”.

Evidentemente, todos estos males han experimentado un largo proceso de maduración, y nadie puede legítimamente tratar de escamotear sus propias responsabilidades al haber permitido, por acción deliberada  u omisión culposa, que esta circunstancia critica haya alcanzado tal extensión y profundidad. Más todavía, a la vista de experiencias semejantes de deterioro institucional  acaecidas en otros países y cuyas consecuencias están a la vista reflejadas en tiranías o populismos. Y de modo  especial, habida cuenta que algunos de  nuestros políticos e intelectuales más lucidos venían haciendo oír sus advertencias sobre el  descalabro que se avecinaba, al menos desde hace una década.

Los chilenos  estamos siendo política y económicamente tiranizados.  Estamos siendo dominados y manipulados por un conjunto de poderes fácticos transversales y entrecruzados que han conseguido escamotear la reconquistada democracia, convirtiendo el proceso político en algo semejante a un fraude y al proceso económico en un asalto en despoblado  que se perpetra cotidianamente.

No es posible imaginar que las cuestiones políticas, económicas y sociales que hoy están colocadas en debate puedan ser resueltas satisfactoriamente en el actual contexto político y económico de un gobierno representativo de la derecha y el empresariado. No pude razonablemente esperarse que quienes provean las soluciones a estos problemas,   sean precisamente quienes tienen en su ADN más esencial la defensa irrestricta y visceral de los conceptos y parámetros políticos y económicos que hoy nos rigen y cuya superación constituyen la base ineludible para alcanzar una genuina paz social, fundada en la extensión de la democracia política y la justicia social y económica.

Los actores sociales movilizados, principalmente los estudiantes, tienen legítimas razones para querer negociar sus reivindicaciones sectoriales sin intermediarios.  Bajo circunstancias normales las cuestiones en debate deben ser debatidas y negociadas en el Parlamento, pero evidentemente, la confianza social en dicha instancia legislativa está muy deteriorada,  y no es imaginable que los empoderados estudiantes, quieran pasar a ser meros espectadores de lo que habrá de venir inevitablemente como proceso negociador.

Ningún movimiento social está capacitado para mantenerse movilizado por tiempo indefinido. Antes que comiencen a sentirse los efectos de la extenuación  y el natural desgaste, los jóvenes movilizados, de modo especial los estudiantes, tienen en sus manos la posibilidad de hacer sentir su voz de un modo rotundo y amenazador.

Concurran  en masa a inscribirse en los registros electorales. Hagan que el país y principalmente los dirigentes políticos de todos los sectores, especialmente los candidatos de toda especie, los vean resueltos a participar activa y decisivamente en las próximas elecciones.

Ahora que nos han demostrado vuestra tenacidad y compromiso, pongan sobre la mesa el factor desestabilizador del stato quo que representaría por sí solo,  el que el viejo y manipulado padrón electoral, ese mamotreto  secuestrado por el binominal y el clientelismo, se vea amenazado de perder su intangibilidad.

Vayan ahora  sobre ese padrón, ese mismo  que los “incumbentes” prefieren mantener intacto y congelado en el tiempo y el espacio, evitando por todos los medios que se vea engrosado  por millones de nuevos votantes hasta ahora no inscritos y especialmente jóvenes. Cuyo entendible descorazonamiento y desconfían los empuja a mantenerse al margen y como meros espectadores de un proceso político que sin embargo los afecta directamente.

Hagan ese gesto, el país se los agradecerá eternamente.

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