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El año de la ciudad como escenario de la política

por 2 enero, 2012

No se trata aquí de defender a la ciudad o de sacralizar el espacio físico, sino más bien de clarificar que las soluciones a las demandas no se logran en la calle, aunque haya que pasar por ella para alcanzarlas. En ese sentido, no está de más recordar el famoso grafitti en los muros de París en Mayo del 68: “no nos encarnicemos tanto con los edificios, el objetivo son las instituciones”.
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El 2011, sin duda alguna, lo recordaremos como el año en que la ciudad volvió a ser escenario de la política. Si bien puede parecer contradictorio que en plena época de redes sociales virtuales, las manifestaciones callejeras hayan vuelto a tener el protagonismo de hace 25 o 50 años, las evidencias del 2011 son claras y contundentes.

La magnitud y alcance mediático de los eventos en Egipto, España, Inglaterra, Grecia, Chile y Estados Unidos, ha marcado la agenda de los últimos meses, e incluso la revista Time recientemente ha premiado al “manifestante” (the protester) como el personaje del año. Esta inédita elección de un actor abstracto y anónimo -caracterizado genéricamente como alguien que sale desde la base de la pirámide a asumir el liderazgo que las elites han rehuido- si bien reconoce el papel de la ciudadanía como conformadora de discurso, pasa por alto el marco que permite que ese nuevo discurso aparezca. Porque si algo ha quedado en la memoria este 2011, incluso más que los manifestantes en sí, han sido los lugares donde se han llevado a cabo las manifestaciones: la Plaza Tahrir en el Cairo, la Plaza del Sol en Madrid, el Parque Zuccotti en Nueva York, o la Alameda en Santiago.

En todos los casos, se trata de lugares centrales -o al menos simbólicos- dentro de la trama urbana de las ciudades que los acogen. Lugares capaces no solo de congregar a los manifestantes, sino también de hacerlos visibles y cuantificables. Llenar la Plaza Tahir, la Alameda, o la Plaza del Sol permite hacer visible la congregación, interrumpiendo en algunos casos, el devenir propio de la ciudad; también permite que los medios capten esa congregación y la transmitan en directo para que así, quienes no forman parte de la manifestación, puedan no solo informarse, sino también medir su impacto.

No se trata aquí de defender a la ciudad o de sacralizar el espacio físico, sino más bien de clarificar que las soluciones a las demandas no se logran en la calle, aunque haya que pasar por ella para alcanzarlas. En ese sentido, no está de más recordar el famoso grafitti en los muros de París en Mayo del 68: “no nos encarnicemos tanto con los edificios, el objetivo son las instituciones”.

En una sociedad donde la opinión pública se genera a partir de las informaciones emitidas por los medios de comunicación masiva, la manifestación callejera es a las masas lo que la conferencia de prensa es a las elites. Y si bien los contenidos de las demandas pueden ser incluso distintos, es la ocupación del espacio público de la ciudad lo que permite homologar a la primavera árabe con los indignados españoles, los estudiantes chilenos, o los “occupiers” norteamericanos. La ciudad, en 2011, dejó de ser un mero soporte y pasó a ser el medio; en ese sentido, no está mal recordar a Mc Luhan quién ya en 1965 anunciaba que “el medio es el mensaje”.

Pero si le creemos a Mc Luhan, entonces ¿Cuál puede ser el significado de ese mensaje político que usa a la ciudad como medio? Hay tres posibles respuestas a esa pregunta.

La primera de ellas es considerar que la política volvió a su lugar natural, la ciudad. El principal sustento de esta respuesta es el argumento de que “política” viene de “polis”, es decir, “ciudad”. No son pocos los que se tranquilizan creyendo que nada de esto es nuevo, sino que tiene más de 2500 años de antigüedad (y solo lo habíamos olvidado). Pero se trata del típico argumento conservador: que cada cosa nueva no hace nada más que devolvernos a las tradiciones; según esa perspectiva, la historia no sería más que el descubrimiento del árbol genealógico de las ideas o eventos. Lo que esta respuesta pasa por alto es que el producto no es separable de las condiciones de producción. La “polis”, el lugar donde en la antigua Grecia se define la política entre iguales, se explica solo gracias a un concepto elitista de ciudadanía (solo quienes están libres de obligaciones), lo que implica una desigualdad de base (diferencias de género, y esclavitud). Así, la democracia moderna le debe a los griegos solo el nombre, ya que el “demos” actual es mucho más amplio e inclusivo, y las actuales escalas impiden que el espacio físico congregue efectivamente a todas las voces (bien sabemos que el mitificado “asambleísmo” no es más que una democracia bonsái, que desaparece si se cambia de escala).

La segunda posible respuesta, es entender que la ciudad es el escenario por excelencia para levantar demandas políticas. En este caso, la ocupación del espacio urbano es una excusa para captar la atención mediática a través de “ejercicios tácticos” –novedosos o añejos- que permitan subvertir el orden habitual y así poder hacer presión. La ciudad -cuya función es ser una matriz que permita el flujo del sistema productivo- pasa a ser noticia cuando se rompe la cadena de eficiencia que le da razón de ser; así, las protestas de Andha-Chile o de las marchas estudiantiles son parte de la misma familia, diferenciándose solo en su escala. Ante esta realidad surgen voces especializadas que ingenuamente claman por un diseño de espacios públicos resilientes [http://bit.ly/rrNWMZ ] , fácilmente refutables bajo argumentos teóricos [http://bit.ly/pln9DO ]  o incluso prácticos: por mas que se trate de prever, lo imprevisible siempre encontrará la forma de ocupar creativamente el escenario urbano, porque solo mediante la subversión del espacio público la demanda política logra encontrar resonancia mediática (el Transantiago o la celebración de un título deportivo son los mejores ejemplos de la ruptura de la rutina como noticia; de la misma forma en que es casi imposible que alguien anónimo logre “hacer noticia” desde un espacio privado en la medida en que no afecte a nada ni nadie). Pero esa relación entre subversión del orden y atención mediática es, a la vez, el karma de esta segunda respuesta a la pregunta del significado, ya que el uso del espacio urbano como forma de acceder a los medios de comunicación puede ser una estrategia fácilmente fetichizada, por muy creativas que sean sus tácticas; y bien sabemos que toda fetichización implica un vaciamiento del contenido original, desvirtuando hasta las demandas más justas.

Pero aun queda una tercera respuesta que, seguramente, es la más sensata. Consiste en entender la ciudad solo como un primer paso para dar a conocer una demanda política ante la opinión pública. Esta alternativa reconoce el poder del espacio urbano como caja de resonancia para publicitar una opinión, pero no se contenta solo con ocupar ese espacio: detrás de ello existe una estrategia de más largo plazo, que le da sentido a la suma de tácticas. En otras palabras, se entiende la ciudad contemporánea como una matriz funcional que, una vez subvertida, permite acceder a aquellos lugares que siendo públicos, no son de público acceso: los espacios del poder. Porque si bien la ciudad es un escenario que permite ejercer presión, no es en ella donde se solucionan las demandas. De la misma forma en que la escenografía nunca es el contenido de la obra, sería ingenuo pensar que el contenido tras la subversión del espacio urbano se encuentre en el propio espacio urbano; más bien, ese espacio se ocupa para exigir algo que está más allá de él. Cuando existe claridad respecto a esto, las tácticas de ocupación o subversión del espacio dejan de fetichizarse, y se entienden como parte de un recorrido mayor cuyo destino no es la ciudad, sino los espacios donde es posible lograr una solución real a las demandas: las instituciones públicas.

Cuando las instituciones públicas fallan en cumplir sus objetivos, y no son capaces de detectar, absorber y canalizar las demandas, éstas últimas se derraman. Y el receptáculo de ese flujo termina siendo la ciudad, donde los cuestionamientos se congregan y a la vez se hacen visibles. De ahí que no sea extraño que en plena época de espacios virtuales, siga siendo el espacio físico de la ciudad el receptáculo de la manifestación pública, pues solo allí se alcanza la visibilidad necesaria para hacer presión y lograr atención mediática.

Pero es necesario recordar que la ciudad no es el contenido, sino solo el contenedor, o más bien el medio cuyo uso implica un claro mensaje: las instituciones –creadas para administrar las demandas ciudadanas- no están funcionando como se suponía. La ocupación de la ciudad como medio solo aparece cuando las instituciones han sido desbordadas, tal como se ha podido ver, con distintos énfasis, en Egipto, España, Chile o Estados Unidos. Por eso es que si pensamos en recordar el 2011 como el año en que la Ciudad volvió a ser el escenario de la política, lo hacemos con la esperanza de que sea un fenómeno exclusivo de este año que termina.

Ojalá el 2012 las instituciones estén a la altura de las circunstancias y ofrezcan soluciones reales  a las demandas ciudadanas, para que no haya necesidad de que éstas se derramen hacia el espacio urbano. Y ojalá que tampoco olvidemos –aún si estamos de acuerdo con el contenido- que el contenedor no es el culpable, y que muchas veces ni siquiera es capaz de soportar tal volumen de demandas. No se trata aquí de defender a la ciudad o de sacralizar el espacio físico, sino más bien de clarificar que las soluciones a las demandas no se logran en la calle, aunque haya que pasar por ella para alcanzarlas. En ese sentido, no está de más recordar el famoso grafitti en los muros de París en Mayo del 68: “no nos encarnicemos tanto con los edificios, el objetivo son las instituciones”.

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