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La obsesión desarrollista de la elite

por 14 enero, 2012

No podemos seguir mintiéndonos pensando que el desarrollo es el promedio del que más gana con el que menos tiene. Para dejar de ser hipócritas primero resolvamos las desigualdades y otorguemos la base mínima para que todos alcancemos esa palabra. De otro modo, estaremos a la vanguardia en mentir económicamente.
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Y vamos camino a la década del 20 y seguimos en la misma condición en la que la Dictadura militar entrego el país al gobierno democrático: en el eterno paso previo al desarrollo. Esta ha sido una de las grandes obsesiones de los distintos gobiernos (especialmente de los sectores de centro-derecha), sin importar a que costo se realice. Mientras que los números den como resultado más de veinte mil dólares per cápita estaremos siempre bien.

Hay que tener mucho cuidado cuando hablamos de desarrollo, porque la economía siempre debe tener rostro humano y no una hoja de Excel que nos muestre resultados. Tanto la Concertación (en su programa de 1989 y en los sucesivos mensajes presidenciales) como la Alianza (a través del eventual programa de gobierno con base histórica del Presidente Allamand, en El desalojo) nos han dicho que hay que alcanzar a toda costa ese desarrollo como en una fijación obsesa. La única diferencia es que un lado ha hecho más énfasis en que hay que preocuparse de los más desvalidos, aunque a la larga siguen siendo lo mismo.

No podemos seguir mintiéndonos pensando que el desarrollo es el promedio del que más gana con el que menos tiene.  Para dejar de ser hipócritas primero resolvamos las desigualdades y otorguemos la base mínima para que todos alcancemos esa palabra. De otro modo, estaremos a la vanguardia en mentir económicamente.

Es verdad, la pobreza extrema y la indigencia se han reducido sustantivamente, los salarios reales han aumentado considerablemente, ser pobre hoy no es lo mismo que hace veintidós años. Hoy podemos acceder a la educación superior con mucha más facilidad que antes y, desde allí, a oportunidades de mejorar nuestro nivel de vida. El acceso al crédito (en cómodas cuotas), nos ha permitido poseer productos y servicios que jamás nos hubiésemos imaginado a principios de los ’90. Y así podemos mencionar los avances en empleo, en salud, en infraestructura para el desarrollo; o hablar de la inserción de Chile en los grandes mercados mundiales.

Incluso, ya no nos comparamos con economías pequeñas, lo hacemos con los gigantes. Hay que dar las gracias por estar en la OCDE porque nos permitió abrir los ojos y darnos cuenta que estábamos mal y que, si queríamos ser un país desarrollado de verdad teníamos que mejorar muchas cosas. Los países ejemplo que integran la cima del club no son tan aberrantemente desiguales ni tienen tantos problemas en el acceso a los servicios básicos, no desmantelan el Estado a los niveles que se hizo en el experimento neoliberal de los ’80 ni tienen las discusiones actuales en educación. Si, estábamos mal, y harto mal.

Hay que recordar siempre que el desarrollo debe tener por delante el rostro de los más pobres y de la clase media que trabaja de sol a sol para poder brindar un colchón a su familia que le permita no andar pensando cómo pararemos la olla mañana. El desarrollo debe tener el rostro del colectivero y del chofer de micro, del obrero de la construcción, del paramédico, del profesor, del gasfíter, del pequeño empresario, de la peluquera, del peoneta.

El desarrollo no se hace desde arriba imponiendo los criterios para que todos alcancemos los niveles óptimos. Se hace entregando herramientas a la gente para que se sienta segura en este mundo moderno, haciéndola gobernante de su vida y líder en su grupo. Se hace entregándole las oportunidades para que su empresa crezca al nivel de los grandes y así brinde a su familia el futuro y el presente que necesitan.  Se hace preguntando a todos cómo harían para salir de la situación en la que se encuentran.

La suma de todos esos esfuerzos dará como resultado el desarrollo definitivo con equidad, no el apuro por ganarle la carrera al resto de los hermanos. Nunca seremos absolutamente iguales, pero más de algo se puede hacer para reducir la brecha.

Se hace confiando en que las regiones pueden más desde la autosuficiencia y la diversidad económico-productiva, se hace desconcentrando el desarrollo y otorgando un incentivo a los profesionales para que vuelvan a su tierra. Se hace confiando en que el Estado será el garante del libre juego económico otorgando una base igual para todos en salud, educación y vivienda, defendiendo a los consumidores de los abusos de la empresa (y no solo acudiendo a él cuando nos conviene). Se hace comprendiendo a ese Estado como el que pondrá las reglas del juego y ayudará a quienes empiezan a alcanzar los niveles óptimos y dejarlo después volar.

El desarrollo se consigue sin abusar del subsidio a la empresa privada (porque es verdad, el Estado no puede cubrirlo todo), pero confiando en que algunas actividades complementarias podrá hacerlas bien. Se alcanza confiando en la innovación y la capacidad individual para emprender, regulando los monopolios que impiden que la gran masa mejore sus posibilidades de vida, haciendo todos los esfuerzos por reducir la concentración económica y otorgar diversidad y apostando por la industria propia incentivando a los empresarios a que ahorren e inviertan en la empresa propia para llegar, un día no muy lejano, a ser autosuficientes y no mandar el cobre en bruto y que vuelvan los cables elaborados desde el otro lado del mundo.

No podemos seguir mintiéndonos pensando que el desarrollo es el promedio del que más gana con el que menos tiene.  Para dejar de ser hipócritas primero resolvamos las desigualdades y otorguemos la base mínima para que todos alcancemos esa palabra. De otro modo, estaremos a la vanguardia en mentir económicamente.

O si no ese día pregúntese: ¿Tiene veinte mil dólares en el bolsillo? Si los trae es que alcanzó el desarrollo.

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