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Editorial: Reforma tributaria y orden político

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Hay que reconocer que, tal vez por primera vez en su período, el gobierno de Sebastián Piñera se apropió de la agenda, ordenando a contramano de su sector. Queda por ver si es capaz de sostener, concretar y capitalizar ese éxito alcanzado.


Independientemente de los contenidos y de la incertidumbre de los resultados finales, el esfuerzo gubernamental por poner el tema tributario a discusión parlamentaria es un éxito del actual equipo político. Si algo se le ha criticado hasta ahora ha sido su falta de habilidad y persistencia para sortear obstáculos y apropiarse de la agenda. Esta vez tuvieron éxito.

Lo tributario ha sido tradicionalmente un tema molesto para todos los gobernantes de turno, y generalmente La Moneda siempre evitó, lo más posible, debatirlo, por los enormes esfuerzos y costos políticos que tiene. Incluidos aquellos entre sus propios partidarios.

Esta vez ha habido diferencias al menos en dos aspectos importantes. El ministro de Hacienda de turno no jugó un papel relevante en los diseños políticos, al menos no públicamente, confirmando que las decisiones de la Hacienda pública las toma el Presidente, y que ese ministerio, en lo grueso, es sólo un soporte técnico del equipo político.

[cita]Dadas las frágiles mayorías parlamentarias, la pregunta es si el Gobierno ya cuenta con el compromiso de algunos parlamentarios de oposición para aprobar su propuesta, o cuál es el margen de maniobra y mejoramiento que se ha planteado para lograr aprobar el proyecto. El peor escenario es que se lo rechazaren, porque no tuvo la flexibilidad para mejorarlo o hacerlo viable. Eso incluye la actitud de los parlamentarios díscolos del propio bloque gobernante, desde los sostenedores del término del impuesto específico a los combustibles hasta aquellos pertenecientes a las bancadas verdes.[/cita]

Lo segundo, es que la operación reforma tributaria para instalarse en la agenda, tuvo que vencer obstáculos importantes al interior del propio bloque gobernante. Primero, de los poderes empresariales y los institutos de opinión política adherentes al Gobierno, y, en segundo lugar, importantes sectores de la UDI, que hace meses abrieron fuego en contra de la idea, calificándola como atentatoria a los postulados de la alianza gubernamental.

Hace poco más de un mes, el senador Jovino Novoa sostuvo que las razones esgrimidas para un proyecto de reforma tributaria son “insostenibles en el tiempo”, e instó a la UDI “a realizar esfuerzos para no perjudicar la inversión”, concluyendo que “vamos a tratar de mejorarlo, pero eso no significa que lo vamos a votar a favor”.

El ejemplo de esta vocería indica la fuerza con que se alinearon las ideas contrarias a la puesta de la reforma en el tapete, y son un indicativo de las dificultades que debió sortear el Gobierno para hacerlo.

De una manera entendible para su rol político, la oposición ha calificado la iniciativa gubernamental como un simple ajuste tributario, dada la magnitud de los recursos que se recaudarían mediante el cambio propuesto.

En estricto rigor ese es otro tema político que recién empieza, pues aunque con dificultades el Gobierno llegó relativamente ordenado con una propuesta, en un ambiente de efervescencia social y demandas ciudadanas, y ahora le corresponde al Congreso decidir cómo evoluciona. Él lleva temas que generarán intensos debates como son los relativos a educación y medio ambiente y, por supuesto, el mecanismo de impuesto variable para los combustibles, forma un tanto ambigua con que se sorteó las demandas de la UDI.

Dadas las frágiles mayorías parlamentarias, la pregunta es si el Gobierno ya cuenta con el compromiso de algunos parlamentarios de oposición para aprobar su propuesta, o cuál es el margen de maniobra y mejoramiento que se ha planteado para lograr aprobar el proyecto. El peor escenario es que se lo rechazaren, porque no tuvo la flexibilidad para mejorarlo o hacerlo viable. Eso incluye la actitud de los parlamentarios díscolos del propio bloque gobernante, desde los sostenedores del término del impuesto específico a los combustibles hasta aquellos pertenecientes a las bancadas verdes.

El tema tampoco es menor para la oposición, pues no es claro que ella esté en condiciones de asumir el costo político, por marginal que sea, de un rechazo global; o que, por otro lado, alguien de sus filas le otorgue un triunfo al Gobierno. En este sentido, la tensión estará puesta en el Senado y en la capacidad negociadora de los adversarios.

No es un tema menor

El éxito del Gobierno es que el actual no es un debate académico acerca de cuánto y para qué necesitamos los impuestos, como sostiene Eduardo Engel, ni un tema doctrinario de Estado como planteó el ex Presidente Lagos al calificarlo como un hecho “elemental porque Chile no es el mismo de hace 20 años atrás”.

Para decirlo en palabras de Samuel Huntington el tema no se refiere a la forma de gobierno, sino al grado de gobierno en la coyuntura actual. Y hay que reconocer que, tal vez por primera vez en su período, el gobierno de Sebastián Piñera se apropió de la agenda, ordenando a contramano de su sector. Queda por ver si es capaz de sostener, concretar y capitalizar ese éxito alcanzado.

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