La disputa por los movimientos sociales
Todo el disciplinamiento popular y la inoculación del ideario neoliberal en diversos ámbitos y formatos de la vida social fue el dispositivo del que se valieron quienes hoy esperan reconstruir lealtades y acuerdos con los actores de la nueva sociedad.
Uno de los síntomas de la enfermedad que padece la política institucional de la viejas oposiciones es la repentina invocación a establecer prontas relaciones con los movimientos y actores sociales, con la esperanza de encontrar ahí las claves que permitan superar la grave crisis de legitimación social que experimenta y que bien puede llevarla a un eventual deceso, como ha ocurrido en innumerables períodos de nuestra historia. Se trata de un acto tardío e ingenuo que arranca de premisas falsas.
Durante el decurso histórico del siglo XX se articularon vínculos fuertes entre partidos, actores sociales y Estado, que hicieron posible la construcción de acuerdos entre movimientos sociales y sujetos históricos y fuerzas políticas impulsoras de proyectos de cambio social. Aquellos entendimientos estaban fundados en relaciones clientelares que hacían posible la reproducción del modelo de relaciones entre pueblo y clase política —las vanguardias de entonces— que tras el término de los escenarios de Guerra Fría se tornaron lejanos recuerdos, y que ya no constituían modalidades apropiadas para los tiempos del neoliberalismo.
Cuando la vieja oposición asumió el gobierno, en 1990, no lo hizo sobre la base de un entendimiento con los actores y movimientos sociales que le brindaron apoyo, basado en un proyecto de transformación del orden establecido por las fuerzas conservadoras y contrarrevolucionarias de 1973, sino por un acuerdo con esas mismas fuerzas que aplastaron la democracia, a modo de compensar la pérdida de poder que experimentarían tras la derrota de octubre de 1988. En rigor, los movimientos sociales fueron traicionados por quienes, una vez llegados al gobierno del Estado neoliberal, iniciaron un despliegue de políticas orientadas al implementar un programa que nada tenía que ver con los anhelos de cambio por los que se movilizaron millones de hombres y mujeres. Claro, esa vez lo hicieron utilizando la memoria de los vínculos con los actores y movimientos sociales de una época ya extinta, pero que daba resultados. Todo el disciplinamiento popular y la inoculación del ideario neoliberal en diversos ámbitos y formatos de la vida social fue el dispositivo del que se valieron quienes hoy esperan reconstruir lealtades y acuerdos con los actores de la nueva sociedad.
El parto de nuevos actores y sujetos sociales que ha producido el orden carente de legitimidad que padece la mayor parte de la sociedad chilena, no sólo ha creado nuevos consumidores como gusta remarcar a los neoliberales, sino que ha creado sujetos críticos que han comprendido que este modelo de sociedad va en rumbo de múltiples colisiones, en primer lugar con la preservación de la vida en el planeta, y con la preservación de la propia sociedad, resultado de las injusticias sociales, las desigualdades extremas, y el abuso de unos pocos desconocido hasta ahora. Estos actores y movimientos sociales nada tienen que ver con quienes responden a un paradigma fracasado y carente de humanidad.
Los movimientos sociales son movimientos transformadores cuyo sentido es cambiar los sistemas de dominación y exclusión, del cual la vieja oposición es percibida como parte integrante. Al menos les pedimos un poco de creatividad al bacheletismo, pues tarde o temprano deberán responder a los mapuches, los jóvenes, los ambientalistas, las minorías, los pobladores, los trabajadores, los temporeros, los pescadores, los campesinos, los estudiantes, entre tantos otros.